Custodio de Córdoba


De labios del recordado fray Rafael Cantueso escuchaba hace años el relato entrañable de lo acaecido a una amiga, viajera en un avión que, de improviso, comenzó, con ruidos y movimientos extraños, a presagiar la inminencia de un terrible accidente. Entre el pavor de los pasajeros se alzó la voz de aquella mujer: “Tranquilos, señores, que yo soy cordobesa, y con los cordobeses está siempre, amparándonos, nuestro custodio, el arcángel san Rafael. No va a pasar nada”. Y de inmediato se obró, inexplicablemente, el primer milagro: el del apaciguamiento de los ánimos. De que, efectivamente, no pasó nada es prueba que aquella cordobesa pudo contar, como una anécdota más, lo sucedido en aquel trance. Prodigios de la fe.

Adversidades como la del relato estimulan nuestra confianza en el poder misericordioso de Dios, en la eficacia de la intercesión de cuantos gozan de su gloriosa presencia. Así lo sintieron aquellos cordobeses que sufrieron los efectos devastadores de la epidemia de peste declarada en 1649, sin duda el inicio definitivo de la masiva devoción de la ciudad al ángel bendito que la guarda. Sustentada en las revelaciones al padre Roelas en 1578, la confianza del senado y el pueblo de Córdoba se plasmaba tras la epidemia en la efigie pública sobre el pretil del Puente Romano, de devoción aún tan viva, o en la imagen pintada por Antonio del Castillo que conservan las Casas Consistoriales. Tras ambas representaciones, el fervor entusiasta de aquel abanderado de la devoción al Arcángel que fue el caballero veinticuatro don José de Valdecañas.

Luego, ya sin interrupción, su imagen coronando torres y frontispicios, alzada en triunfos y veletas, venerada en los retablos de los templos y en paneles cerámicos, urnas y fanales domésticos, impresa en las estampas o fundida en el noble metal de la medalla al cuello. Grabada a fuego en el corazón de la ciudad que lo reconoce como indiscutible símbolo ciudadano.

Casi olvidado el 7 de mayo del juramento a Roelas, su solemnidad del 24 de octubre es, sin duda, el día grande de Córdoba. Por entonces, cada año, las visitas y celebraciones religiosas, las convivencias de las peñas o el perol familiar aúnan la ciudad en armonías que ojalá fuesen la tónica del resto de los días bajo la sombra protectora de las alas del Custodio.

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