San Álvaro de Córdoba


Con la restauración de la Iglesia cordobesa tras la conquista fernandina resurgía aquella fe comunitaria que había escalado cumbres de heroísmo en el testimonio vital de sus mártires, los de la antigua Colonia Patricia y, siglos más tarde, los mozárabes de la Córdoba omeya, hombres y mujeres que, llegados algunos desde remotos lugares, con su sangre derramada fecundaron el bimilenario solar de la ciudad, tejiendo con sus vidas ofrecidas la corona gloriosa de los Mártires de Córdoba.

Cercanos los dos siglos de cristianismo renovado, la santidad volvía a admirar a los cordobeses en la palabra y la obra del reformador dominico fray Álvaro de Córdoba. Tan suyo lo hicieron los nuestros, que con los años obviaron las fuentes documentales que evidencian su origen zamorano, y a golpes de entusiasmo devoto forjaron el relato de su linajuda cuna cordobesa y su profesión religiosa en el insigne convento de San Pablo el Real, como recoge, con idéntico entusiasmo, fray Juan de Ribas en la biografía del que es, ante todo, el primer santo de la Córdoba recristianizada.
Tan santo y tan de Córdoba, que tras su muerte en Escalaceli, entre espontáneo repique de campanas y un prodigio de luces alumbrando aquella noche del 19 de febrero de 1430, el pueblo de Dios comenzaba a rendirle, sin obstáculos, el culto establecido por la Iglesia para los santos, con manifestaciones como las procesiones con su imagen, el culto a sus reliquias, las peregrinaciones a Santo Domingo, la difusión de los milagros… Luego, aunque sin desacreditar oficialmente las casi dos centurias de culto continuado, nuevas disposiciones pontificias obligaban a iniciar el proceso de beatificación a comienzos del siglo XVII, concluido en 1741 al serle otorgada la calificación jurídica de beato, que, obviamente, tanto extrañó a los cordobeses desde el inicio del proceso del que siempre fue tenido por santo. Extrañeza que, lamentablemente, no es tanta en los últimos años, tras la erección de la parroquia que lo tiene como titular nombrándolo según lo jurídico. En contraste, como santo lo aclaman, como siempre lo aclamó Córdoba, su céntrica calle, un instituto, su Real y Fervorosa Hermandad o la lápida entrañable que en San Nicolás conmemora su bautismo.
Hace años, Benedicto XVI nombraba doctora de la Iglesia a la monja alemana Hildegarda de Bingen, titulándola como santa por la vía de la canonización equivalente, reconocimiento pontificio de un culto inmemorial que en lo esencial poco se diferencia del tributado por Córdoba a san Álvaro, modelo de penitencia y oración, instaurador de la devoción del viacrucis, reformador ejemplar… Títulos más que suficientes para extender su culto a la Iglesia universal, ajustando, de paso, la cuestión a la enseñanza evangélica sobre la relación entre el hombre y la ley. Claro está que desde Roma no han de venir a averiguar a Córdoba.

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