Niño Dios


Del hieratismo severo de las efigies del Pantocrátor de los ábsides románicos, la iconografía bajomedieval desembocaba ante la indefensa ternura del Niño de Belén adorado en el teatro de los misterios, en trascendental evolución devocional que halló hito culminante la Nochebuena de 1223, cuando en el castro de Greccio Francisco de Asís dispuso en torno al preparado pesebre, convertido en altar, los elementos básicos que con el tiempo definirían la tradición de nuestros nacimientos.

Y de aquellos postulados espirituales, asumidos con entusiasmo, entre otros, por nuestros místicos del Carmelo teresiano, brotaron ideales tan franciscanos como los expresados en carta por el padre Cristóbal de Santa Catalina: “viene ahora hecho Niño para darnos a entender que ni trae boca para reñir ni manos para castigar; que aunque en la verdad trae boca es para llorar nuestras culpas y para consolarnos con palabras de vida eterna. Y si trae manos las trae de Niño, que antes son de regalo que de castigo”.
Para el pueblo creyente la Navidad sigue siendo, ante todo, la fiesta del Verbo encarnado, la celebración de que Dios se ha hecho hombre, y como hombre y como Dios habita entre nosotros. Por eso aparece en los belenes entre cantos de ángeles y aliento de animales. A la luz de la estrella prodigiosa y adorado tanto por magos como por pastores. Ante la pura mansedumbre de la naturaleza y la furia homicida del tirano Herodes.
Presente en las rojas colgaduras de las fachadas o en las figuras bendecidas en los templos para la adoración familiar, la imagen del Niño Dios se prodiga en los conventos femeninos. Como la que, procedente, según constante tradición, del hospitalico del padre Posadas, abandonaba la clausura de Santa Isabel de los Ángeles para recibir culto público los primeros días de cada año, Niño Jesús del Mayorazgo que, cuentan, rubricaba con una sonrisa la dispensa de las gracias. Para él escribía Pablo García Baena:
“Mayorazgo de almas
¿qué sufrir tienes?
Si la heredad del mundo
tú la sostienes.

No estés tan serio…
Sonríe, sentadito
en sede imperio”.

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