Son de tambores


Esplendorosa, la luz de la mañana otoñal alumbraba la vieja plazuela de Jesús, el monumento al padre Cristóbal, la puerta de la iglesia de Jesús Nazareno, abierta con motivo de la exposición en homenaje al gran pintor Antonio del Castillo. Aunque, a decir verdad, pocos de los que traspasaban el acceso lo hacían por motivos artísticos. Entre ellos, una pareja adulta con un niño pequeño en un carrito. Entraron, se acercaron a las imágenes de Nuestro Padre Jesús y de la Nazarena, y antes de salir nos comentaba ella, refiriéndose al niño: “No podemos pasar por una iglesia abierta sin entrar. ‘Pompón’, nos dice, señalando hacia dentro”. Y aclaraba: “La Virgen es la Igen, el Señor es Pompón”. Y en esto, la criatura alzaba el índice hacia el Cristo del Consuelo, visible al fondo de la capilla de las hermanas: “Pompón”. Para él no había pasado desapercibido.

Sabe Dios en qué momento y lugar, en qué manifestación procesional de cada primavera quedaba asociado en su pequeña mente el son de los tambores con la persona de Jesús de Nazaret. Si el encuentro con él constituye la esencia del ser cristiano, un paso importante era dado aquel día en cualquier calle de Córdoba. Algo parecido me sucedió en el despertar del uso de razón, en aquel encuentro inolvidable con la Virgen de los Dolores un lejano Viernes Santo en que, tan niño, percibí todo de oro el luto de su manto. Tal vez no seamos suficientemente conscientes los cofrades, distraídos con frecuencia en afanes meramente personales, de la importancia, tantas veces trascendente, de nuestra labor.
Y no solo en lo tocante a lo procesional. Con ajustados, a veces casi inexistentes horarios de apertura, infravaloramos los cristianos el potencial evangelizador de nuestros templos, inmejorables escenarios no solo de celebraciones litúrgicas o actividades culturales, sino también del encuentro personal con lo sagrado en el silencio ante los sagrarios o las efigies devocionales. En el caso que evoco, solo unas semanas antes aquella pareja y aquel niño hubiesen pasado necesariamente de largo ante una puerta cerrada.
Afortunadamente, no fue así aquella mañana. Finalizada la visita, el pequeño era aleccionado en los principios de la buena educación: “Di adiós”. Y él, desde su tierna inocencia, obediente exclamaba con su media lengua: “Adiós, Pompón”. Sentí ganas de comérmelo a besos.

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