Campanitas de barro

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Como cada año, en los días primeros de septiembre ha resonado por el aire de Córdoba el tintineo inconfundible de las campanitas en manos de los niños, inconscientes, en su tierna inocencia, de su alta condición de muñidores de la convocatoria del recuerdo, de la llamada a revivir lo que fuimos y quiera Dios que nunca dejemos de ser.

Escucho su tañido y me veo, como ellos, con mi campanita sonando por las veredas entre huertas que ya no existen, de vuelta con los míos tras cumplimentar a la todavía Copatrona en la visita fiel de cada 8 de septiembre, que entonces no era fiesta laboral, ni falta que le hacía para que los cordobeses acudiésemos en masa, como hoy, a invocar en el santuario su bendito nombre de Fuensanta.

Como centro de todo, la imagen venerable que a mediados del siglo XV era modelada, según la estética del maestro Mercadante de Bretaña, como icónica enseña de la serie de prodigios iniciada años atrás con la aparición de María Santísima y los mártires Acisclo y Victoria al cardador Gonzalo García, junto a la fuente milagrosa brotada a los pies del cabrahígo. Prodigios continuados en el tiempo y testimoniados por la serie incontable de exvotos depositados a sus plantas siglo a siglo, entre ellos el caimán de las antiguas leyendas entrañables y las absurdas polémicas recientes. Prodigios incesantes del amor misericordioso de la Madre cuyo patronazgo sobre la ciudad (sorprendentemente aún puesto en duda) era oficialmente reconocido en las letras pontificias que decretaban su coronación.

De barro cocido, como ella, las campanitas de la Fuensanta son, como ella, llamada a la alegría. De esa alegría manifestada en la vieja antífona cordobesa:¡Alabada seas, Santa María de la Fuensanta!, que sin palabras vocea año tras año el repique de las campanitas. De ahí el anhelo emocionado de aquellos versos:

El ocho de septiembre

tañed campanas,

mis niños, a la Virgen

de la Fuensanta.

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