El laberinto de las opiniones


El respeto que se le debe a la opinión ajena le ha concedido a la propia opinión un derecho intocable que le permite circular con todo el descaro. Incluso se convierte en fundamento de derecho, eso sí, con la sola condición de que sea mera opinión. Estamos acostumbrados a oír en tertulias, cuando se les puede escuchar, “es mi opinión”, para cerrar así cualquier otra réplica. A ningún moderador de tertulia se le ocurrirá afirmar que tal opinión es una tontería, ni por supuesto, ordenar la calidad de las opiniones. Sería acusado inmediatamente de intolerante, fundamentalista, autoritario y, si el sujeto de la opinión es hombre, hasta de homófogo.
Sería bueno recordar que una opinión no es una simple ocurrencia espontánea al hilo de lo que se habla, ni tampoco una emoción ideológica. Una opinión es un juicio fundado en la razón. Si no es así, es un prejuicio. Un juicio fundado en la razón supone razones para justificarlas, construir razonablemente la opinión.
A muchos forofos empeñados en fomentar la libertad de expresión y el respeto a las opiniones ajenas, no estaría mal recordarles que lo primero es enseñar a tener opiniones respetables por la calidad de su razonabilidad. Sin duda, todas las personas son respetables, tengan las opiniones que tengan, por ser personas; pero no son respetables en sentido de razonables todas sus opiniones. Por supuesto que las opiniones enriquecen, pero con algo de fundamento en su juicio, porque de lo contrario, es un laberinto del que no se puede salir. Así ocurre con la mayoría de las tertulias, que al finalizar, nos quedamos sin nada en un tremendo “girigay”.
Se anima a exponer las opiniones con todo desparpajo, pero se olvida a menudo enseñar a construir una opinión fundada en la razón y el conocimiento. Se propaga exponer sus ocurrencias pero no se enseña a escuchar para ponderar razones. Se dice que todas las opiniones son iguales, pero no se calibra el fundamento que tienen. El imperio de la opinión, con el destierro de la verdad, nos encierra a menudo en un laberinto del que no podemos escapar.

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