La cultura de la esperanza



El debilitamiento ético y cultural de occidente es evidente. Frente al iluso optimismo que no se para a analizar los síntomas de decaimiento, una vez más y como lo fue en crisis anteriores, el cristianismo ha de ser testigo de esperanza y portador de la alegría de la fe que viene de Dios.
Es cierto que el cristiano no puede contentarse únicamente con criticar todo lo que ve mal. Esta actitud de pesimismo derrotista es contraria a su verdadera fe. El cristiano debe infundir esperanza. Una esperanza sobrenatural que viene de un Dios que ama apasionadamente al hombre, a cada persona a la que reconoce una imagen de su belleza infinita.
La espiritualidad del cristiano no es de huido o rechazo del mundo, ni tampoco de una actividad de orden meramente temporal. Impregnada por el Espíritu del Resucitado es una espiritualidad de transfiguración del mundo y de esperanza en la venida del Reino. Como ya dijo San Juan Pablo II, sin fe en Dios no puede haber una esperanza duradera y auténtica.
El cardenal vietnamita Van Thuan, que pasó trece años en las cárceles comunistas de Vietnam (nueve de ellos en total aislamiento) y fue desterrado de su Patria con la prohibición de volver a ella el resto de su vida, fue capaz de escribir estas palabras: “Sé feliz con aquellos que te aman. Sé feliz con aquellos que te odian. Sé feliz cuando todo es alegre y luminoso en tu entorno. Sé feliz cuando el corazón sufre intensamente. Sé feliz cuando todos te siguen. Se feliz cuando te encuentres solo y abandonado. ¿Cómo librarte de la tristeza? ¡Ora! ¿Y por qué rezas? Porque en la oración se encuentra al Señor”.
No podemos llevarnos las manos a la cabeza por lo que vemos ante nuestros ojos, aún con toda su gravedad. A pesar de la crisis de occidente; a pesar de la crisis de valores e identidad; a pesar de los síntomas de vacío ético y descristianización, pese a todo, jamás perdamos la esperanza porque Dios es el Señor de la historia y Cristo su fundamento.
Para esta cultura de la esperanza, hoy más que nunca es necesario contar con hombres y mujeres que tengan a Dios en el centro de su vida, traspasados por Jesucristo y enamorados de Él y su Evangelio, hombres y mujeres de comunión eclesial, que sean sal y luz en medio de un mundo sin sentido y sin rumbo.

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