Dios se esconde


Cuenta una historia judía consignada por E. Wiesel que un niño judío llamado Jeshiel entró en la habitación donde se encontraba su abuelo llorando. Con las lágrimas en sus mejillas le contó que su amigo se había portado mal con él, que le había hecho algo muy feo. El abuelo le dijo al niño que le contara lo que había sucedido. El pequeño le dijo: “Jugábamos al escondite y yo me escondí tan bien que no pudo encontrarme. Entonces simplemente dejó de buscarme y se marchó”. El abuelo acarició al pequeño y también con lagrimas en los ojos le dijo: “Sí, eso está muy feo. ¿Ves? Con Dios es exactamente lo mismo. El se ha escondido y nosotros no lo buscamos.
Un cristiano podría decir que en esta historia se encierra de alguna manera el misterio de la Navidad. Dios se esconde. No nos deslumbra con el resplandor de su gloria, ni nos obliga a caer de rodillas para adorarlo. Quiere que entre El y nosotros se de siempre un misterio de amor desde la libertad. El actuar de Dios es discreto y humilde, no arrollador o deslumbrante. No nos obliga, no se impone. Quiere que la criatura se ponga en camino, porque le espera siempre. Dios se esconde en un niño frágil e indefenso. Sin embargo, junto con la Pascua, es la mayor revelación de Dios.
Él nunca nos deja solos en este camino, sino que va a nuestro lado. A través de la creación nos interpela y nos dice: ¡Buscadme! A través de la historia de la salvación nos ha ido dando signos para que podamos acercarnos a El. En Jesús, Dios ha salvado la infinita distancia entre Creador y criatura. El nos busca sin cesar para que podamos buscarlo nosotros.
Estremece caer en la cuenta de ser dignos de tanto amor. Dios que no nos atropella con su poder, pero sí nos abruma con su amor y misericordia. Este es el método de Dios. El Papa Francisco nos recuerda la urgencia de esta misericordia, la única que puede salvar al hombre de hoy: “Sentir intensamente dentro de nosotros la alegría de haber sido encontrados por Jesús, que, como Buen Pastor, ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos”. Sólo desde esta certeza podemos descansar y atravesar cualquier miedo, soledad o duda. Dios quiere conquistar el corazón del hombre con su ternura, nunca con su poder. Dios se esconde en el pesebre y nos espera. Vayamos a Él para que nuestro corazón se llene de verdadera alegría.

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