Los valores del consumo


Los días ya cercanos a la Navidad nos hacen ver de una manera exagerada una sociedad de consumo que nos encandila con su maquinaria mediática para hacernos caer en sus redes. Sin duda se perfila cada vez más un tipo de individuo que se podría definir como consumidor compulsivo de novedades de diverso género.
No cabe preguntarse en qué medida influye en las generaciones jóvenes una sociedad que mira al consumismo como valor supremo. Se va imponiendo un estilo de vida asentado en el consumo al dictado del deseo, por supuesto, no de la necesidad. Como consecuencia, el mundo pulsional del hombre se va restringiendo al mero placer, y dada la poca duración de éste, no queda otra que encaminarse a un consumo permanente de bienes que suministren cierto placer para tener la sensación de vivir en un estado de permanente satisfacción.
Si se pone el placer en el punto máximo de los valores, entonces el cuerpo toma una relevancia especial. En nuestra sociedad de la abundancia se va creando poco a poco un culto al cuerpo, y alrededor todo un mercado de fetiches para satisfacer este nuevo culto: las clínicas de los milagros estéticos, las dietas mágicas, los gimnasios del mantenimiento y la perfección, las prendas que realzan o aminoran, etc. Un consumo compulsivo que no repara en las consecuencias de sus excesos.
La estrategia del consumo se ve obligada además a convertir lo nuevo o lo joven en categoría máxima de calidad. Es un clima de exaltación de lo efímero donde es fácil escuchar: “eso no se lleva”, “último modelo”. Consumir lo que es de actualidad se ha convertido en signo de buen gusto y estilo.
Pero el consumo no se reduce a bienes materiales sino que se extiende también al mundo de los valores, de las ideas o del propio arte. Hoy día un intelectual que se precie de tener prestigio no sólo incorpora las última producciones intelectuales por banales que puedan ser, sino el que dice crear novedades. Pero claro, para esto se necesita una fecundidad que pocos parecen tener. Por eso, son hoy intelectuales de prestigio para un sociedad que consume novedades, aquellos que se ejercitan en deconstruir, es decir, romper y tirar, provocar, escandalizar en nombre del oficio de intelectual o de artista.
Como algún autor ha dicho, no hay nada más tedioso que la monótona búsqueda de la novedad.

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