El nuevo ateísmo


La vivencia del Adviento que nos prepara para la venida del Señor me hace reflexionar sobre algunas propuestas del panorama cultural que irrumpen con cierto éxito en Occidente procedente de Estados Unidos. Los católicos nos preparamos para el nacimiento del Hijo de Dios, mientras que algunas corrientes claman por eliminarlo por completo del panorama. Agrupadas se les ha llamado “el nuevo ateísmo”, un ateísmo más bien vulgar y chabacano.
En efecto, se trata de un ateísmo con poco fuste y fundamento, superficial, más interesado en simplificar la historia que en investigarla, aunque de gran repercusión mediática. Ahora estos nuevos ateos salen al espacio público para declarar que Dios no existe y que hay que deshacerse de la religión contando con el beneplácito de no pocos medios de comunicación social.
Sus argumentos, lejos del debate de ideas serias, buscan sobre todo la provocación y la controversia, con un lenguaje que pretende vender su producto y dar publicidad especialmente entre los jóvenes. Es más un movimiento social que una posición intelectual ideológica.
Algunos divulgadores de este nuevo ateísmo son R. Dawkins, Ch. Hilchen, M. Onfray o Cl. Dennett (este último menos hiriente que los anteriores) que promueven slogans como: la ciencia desmiente la fe, la religión como un parásito o un laicismo excluyente y postcristiano. ¡Como si el laicista o el ateo fueran neutrales!
El nuevo ateísmo surge como reacción frente a la ocupación de la vida pública por parte de cristianos evangélicos, especialmente en Estados Unidos. Su pretensión es fracturar el vínculo secular existente entre el cristianismo y occidente, que ha sobrevivido a pesar de muchos procesos de secularización, aunque quizá este sea el más grave de todos.
Aunque las actitudes beligerantes de estos nuevos ateos invitan muy poco al diálogo, sin embargo es importante considerar estos desafíos y preguntarse en definitiva, por qué la cuestión de Dios irrumpe de un modo sorprendente en nuestro mundo, o por qué estas posiciones absolutistas ganan adeptos.
Es útil recordar las palabras de Benedicto XVI cuando hablaba de una laicidad positiva que deja espacio a la dimensión religiosa, que es fundamental en el espíritu humano y que viene a garantizar el derecho de cada persona a vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, también en el ámbito público. La mejor manera de responder a estos desafíos es formar a los creyentes para que conozcan mejor su fe y el esfuerzo por mostrar la racionalidad de ésta. La fe, en efecto, no es una creencia ciega ni un acto irracional sino que dispone de razones. Los sentimentalismos o fideísmos no son reacciones adecuadas para un católico. Una fe firme requiere una razón audaz, como recordó Fides et Ratio.

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