Dios ha salido a nuestro encuentro


Dios ha salido a nuestro encuentro. La fe cristiana hace esta proclamación inaudita, que cobra especial realismo en estos días de Adviento, preparación de Navidad, en donde los hijos de nuestra madre la Iglesia celebran con gozo el nacimiento de Jesucristo, el hijo de Dios.
Dios, en efecto, ha franqueado la distancia infinita que separa al hombre de su Creador cuando en la Encarnación se ha hecho “Dios con nosotros”. La primera amistad de Dios para con el hombre, su primera cercanía, se encuentra ya en la creación misma donde la presencia del Señor inunda la tierra. Más aún, el hombre es hecho “a imagen y semejanza de Dios”, es decir, capaz de vivir una relación original con El y acogerlo en su compañía. La tragedia del pecado es que esa cercanía original se convirtió en la distancia de la soledad, del mal y de la desconfianza, hasta el punto que el demonio presenta a Dios como enemigo del hombre (Gen 3, 4-5).
Ante este drama, Dios no se repliega indiferente en su misterio infranqueable, sino que en las sucesivas “alianzas” del Antiguo Testamento se aproxima gradualmente a los hombre a lo largo de la historia de la salvación del pueblo de Israel. El punto culminante de esta Alianza lo encontramos cuando Dios se acerca tanto al hombre por amor, por nuestra salvación, que envía a su propio Hijo amado, encarnado por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de la Virgen-Madre, Maria.
Las manos divinas que abrazan con ternura a Adán, en el capitel de la catedral de Chartres son una síntesis magistral de esa conciencia del pueblo cristiano que sabe que Dios es amigo del hombre, desde el principio y para siempre. Alguien, no algo, en quien reposar confiadamente porque nos acoge con un amor incondicional, inmerecido, y para siempre.
Para ayudar a esta reflexión me quiero servir de uno de los himnos que rezamos en la Liturgia de las Horas cuyos versos dicen así: Iesu dulces memoria/ dans vera cordis gaudia/ sed super mel et omnia/ Eius dulcis praesentia. La presencia de Jesús es buena y dulce. Estas palabras hacen pensar en hombres que expresaban así una relación cierta con el misterio de Cristo, reconocido y amado como verdaderamente presente. Esta presencia amable de Jesús aparece como el fondo misterioso pero seguro de todas las acciones de la vida, porque dona una alegría que de otro modo sería imposible (dans vera cordis gaudia). Ojalá crezcamos cada día en esta experiencia.

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