Una mirada a la cultura


La Iglesia fundada por Cristo existe para llevar en todo momento y tiempo el Evangelio a toda persona, se encuentre donde se encuentre. Cuando desaparece la búsqueda del genuino sentido de la existencia humana y se sustituye por atajos que parecen una selva de propuestas efímeras, entonces es adecuado hablar de nueva evangelización.

Ponerse al servicio y escucha del hombre para comprender la inquietud que lo mueve y mostrarle una salida que le otorgue alegría y sentido es lo que resume la bella y buena noticia que la Iglesia anuncia.

Hablamos de nueva evangelización porque nuevo es el contexto cultural en el que viven los hombres de hoy, frecuentemente asediados por ideologías que vulneran su naturaleza. En el horizonte aparece el enorme desafío de la secularización. Es como el aire que se respira. Con el pretexto de la libertad y la autonomía, se construye un mundo como si Dios no existiera. La secularización degeneró en secularismo con gravísimas consecuencias para la comprensión de la existencia humana. Esta existencia personal se funda prescindiendo del hecho religioso que queda relegado a un mero aspecto privado que no debe incidir en absoluto en la vida de las relaciones interpersonales, sociales o civiles.

Al cortar este cordón original con Dios y rechazando toda consideración espiritual, el hombre se precipita en una especie de empirismo pragmático que le lleva a valorar sólo el instante y la búsqueda del placer hasta un consumo insaciable que ahoga el corazón.

En definitiva, se ha creado una situación completamente nueva en la que los antiguos valores, expresados por la fe cristiana, se ven sustituidos. En este contexto, Dios se convierte en una hipótesis inútil y en un competidor que hay que eliminar y borrar del mapa. Esa percepción se funda sobre una religiosidad marcada a menudo sólo sobre el sentimiento y es incapaz de mostrar el verdadero horizonte de la fe.

Dios pierde su lugar central y como consecuencia el hombre pierde también el suyo, un eclipse del sentido de la vida que hace que no encuentre ya su posición en la creación y en el mundo.

Silenciar el deseo de Dios inscrito en el interior del hombre es peligroso para el propio hombre que le sumerge en la tristeza, la soledad o el sinsentido. El enigma de la existencia personal no se resuelve rechazando el misterio sino sumergiéndose en él.

El tiempo de adviento que ahora comenzamos es un momento de gracia para experimentar la cercanía de Dios que siempre plenifica al hombre. Como nos decía el Papa Francisco (EG 3): “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por El, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”.