Iglesia diocesana, nuestra madre


La celebración de del día de la Iglesia diocesana me hace reflexionar sobre la Iglesia, sobre nuestra iglesia local que peregrina en Córdoba y que es nuestra madre.
Muchas personas no se cansan de criticarla. Presentan todo lo malo que ha hecho a lo largo de sus más de dos mil años de existencia. Nunca se habla de todo el bien que hace. Algún autor representativo dijo en alguna ocasión: “La Iglesia es una anciana señora con muchas arrugas. Pero ella es mi madre y a una madre no se la maltrata”
Sí, la iglesia es nuestra madre porque no ha dado la vida nueva del Señor en el bautismo, nos alimenta con la Palabra de Dios y los sacramentos y sin ella ninguno de nosotros probablemente habría llegado a la fe.
Cierto que la iglesia no es una sociedad perfecta o asociación de gente santa y superior. ¿Quién estaría en ella si fuera así? Es cierto que los escándalos en la Iglesia no se justifican. Pero miremos ya desde su origen: Jesús mismo eligió y se rodeo de gente que le traicionó como Judas o le negó como Pedro.
En la realidad de la Iglesia dentro de la cual vivimos nuestra fe como creyentes, puede haber cosas que no nos agradan (organización, métodos o conductas poco ejemplares), pero si miramos con verdad, hasta nosotros mismos como cristianos no somos lo que Jesús quiere de nosotros. No somos luz y sal de la tierra (Mt 5,13). Lo cierto es que como miembros de la Iglesia, nuestros pecados la ensucian y nuestra santidad la embellece. Los pecados de la Iglesia, que en parte también son los nuestros, no pueden ser obstáculo para ver su misterio. No deben impedir nuestro amor a Ella, ya que de Ella hemos recibido todo lo que somos y creemos como cristianos.
Dios no nos ha querido salvar individualmente. Hemos de amar a la Iglesia porque Jesús mismo la ha fundado, porque es algo querido por Dios para mí, y es signo del amor salvador del Padre. Precisamente por eso, podemos decir que se apoya en el amor con que Cristo la ama. Cristo está presente en Ella y la ama como cuerpo suyo, porque la ha querido unir a El.
Resuenan las palabras de Hebreos, “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre“. De aquí no se retrocede, este es el punto de no retorno para la Iglesia. Permitir un encuentro personal y renovado con el Cristo de siempre que habla hoy a través de la Iglesia. Aquí no estamos ante un dualismo, sino ante una unidad indisoluble, como la única túnica de Cristo, por usar las palabras de San Cipriano. Cristo y la Iglesia son el signo de la salvación puesto en el mundo para anunciar la conversión, confiándose plenamente en el Evangelio que salva.
Estamos ante un desafio que toca a la Iglesia en este momento histórico. Hacer que los cristianos recuperen su propia identidad y el sentido de pertenencia a la Iglesia. El día de la Iglesia diocesana es una buena oportunidad para renovar nuestro amor a la Iglesia.

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