Violencia ¿de qué genero?


El hecho dramático de la violencia ejercida por varones contra las mujeres es tan cotidiano lamentablemente que nada más escuchar la triste noticia día tras día se nos enciende el termómetro de la indignación y de los sentimientos y a menudo nos impiden la reflexión sosegada.
Suele ser ocasión propicia, y así ha sido, para que el demagogo o manipulador venda su mercancía ideológica. En primer lugar para colarnos intencionadamente el gazapo del concepto de género, como si los “géneros” golpearan o mataran. Es un concepto nacido bajo el aire de la llamada revolución sexual y que ha ido inoculando la concepción de que la condición sexuada de la persona no es algo dado por naturaleza, sino una opción personal, una elección del individuo, quizá hasta arbitraria. ¡Como si la naturaleza no hablara claro!
El género parece además definirse por oposición a otro género, como una lucha de clases o una dialéctica entre contrarios enfrentados.
Si vamos al fondo de la cuestión y a la vista de este panorama y de determinadas actitudes que circulan en el ambiente, la pregunta es bien sencilla: ¿Qué es lo alarmante, que sea violencia o que se ejerza contra la mujer? A veces da la sensación de que lo relevante no es suscitar una reacción social contra la violencia, sino subrayar que sea contra la mujer. Por supuesto que esto es grave, pero ¿y lo primero?
No parece que la solución venga por otorgar más fuerza al débil para que luche contra el fuerte. No es una contienda de fuerzas enfrentadas. La solución vendrá yendo a la raíz: la convicción del valor sagrado de la persona, el reconocimiento del valor que el otro me exige. Cualquier estrategia educativa o social que pretenda modificar estas actitudes agresivas al margen del valor sagrado de la persona, servirá para poco. Y si sagrada es la persona, también sagrada debe ser la relación de amor entre dos personas. No parece coherente que se insista en una concepción meramente biológica o zoológica de la relación de amor entre dos personas, y luego se apele a la moralidad ante el conflicto. Resulta incomprensible que quienes promocionan una concepción del matrimonio y de la familia como un apaño temporal o circunstancial, no quieran caer en la cuenta de la resaca de frustraciones que esto provoca a veces en las personas.

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