El eclipse de Dios y el desierto del hombre


Asistimos a un cambio de época incierto en el que no sabemos bien a dónde nos dirigimos. No sabemos qué será de Europa. Parece claro que los valores que han sostenido la sociedad hasta ahora han perdido su vigencia. El “universo cristiano” que lo empapaba todo se ha difuminado y la presión del secularismo hace que ni los propios cristianos reconocen ya su novedad. Impera la ideología de la praxis, el relativismo y la seducción de la eficiencia y lo inmediato. Todo esto envuelto en un emotivismo exacerbado que sólo se guía por el “me apetece”. Gabriel Amengual ha descrito magníficamente algunas de estas manifestaciones en la vida ordinaria (“Presencia elusiva”, (Madrid, 1996) aludiendo al pragmatismo, a la vida intrascendente -frivolidad, indiferencia, apatía- hedonismo/esteticismo, fragmentación e imposibilidad de utopías o proyectos globales, disolución del yo por exceso de atención, derrumbamiento personal etc.
Por supuesto, a Dios a que eliminarlo de toda la esfera pública y en todo caso relegarlo al ámbito privado e interior. Cerrado en sí mismo, en un individualismo exasperado, el hombre de hoy pierde de vista al otro. Cada uno con su suerte. Una errónea concepción de la libertad que elimina la responsabilidad por el hermano y lo encierra en un fortín subjetivista y cómodo. La sociedad que se proclama civilizada se encuentra cada vez más inmersa en el círculo de la muerte y sin ningún rumbo. El problema fundamental radica en el eclipse de Dios que supone un empobrecimiento ético y espiritual del hombre.
Se observa un radical hundimiento de aquel consenso institucional que era la base de la sociedad europea en general. Sin este consenso moral ninguna estructura política o jurídica se sostiene. Si los principios éticos que sostienen todo el tejido democrático no se rigen más que por el consenso social, entonces su punto de apoyo es demasiado frágil. Este es sin duda un verdadero desafío. ¿Cuál es la fundamentación ética de las deliberaciones políticas? ¿Estaremos a merced de lo que a cada uno se le ocurra?
Todo el panorama social y cultural tiene su consecuencia directa en la vida de las personas. Resulta urgente una reflexión sobre el hombre. ¿A dónde nos conduce esta nueva forma cultural? ¿El propio hombre es más feliz y más humano? Los rasgos de su conducta, más o menos generalizada, parecen llevar a la deriva. Demasiados dramas humanos.
Entender la complejidad de los problemas es decisivo a la hora de trazar un diagnóstico y marcar una dirección.
Ante el naufragio humano y moral más o menos generalizado es fundamental la tarea de la Iglesia y el humanismo cristiano. Hasta ahora el sentido religioso, de fe y ciertas tradiciones eclesiales siguen arraigadas en una generación ya madura de personas, pero ¿hasta cuánto tiempo más? No será diluyendo la fe como se logrará acercar a los que se han alejado o a los indiferentes, sino en la medida que seamos capaces de proponer la radicalidad de la fe. Quizá en el futuro el espacio público de la fe eclesial será reducido pero su fuerza transformadora y regeneradora será como la de los primeros cristianos.
Llaman la atención las palabras del joven J. Ratzinger escritas en 1968: “Cuando Dios haya desaparecido totalmente para los seres humanos, experimentarán su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. La Iglesia tendrá que comenzar todo desde el principio”. Después de cuarenta años, esta percepción de Benedicto XVI adquiere toda la actualidad.

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