La cuestión de la verdad II


El hombre se siente empujado continuamente por la necesidad de encontrar un porqué a cada instante de la existencia, desde los más comunes hasta los más decisivos. Este es el ejercicio más propio de la razón y la libertad del hombre, que se ve solicitado a buscar la solución que de sentido a todas sus preguntas.

Pues bien, cuando el hombre no se detiene e indaga en los porqués con totalidad, buscando una respuesta última, entonces toca el culmen de su razón y se abre a la religiosidad. El hombre religioso no es, entonces, el que se abstrae de la realidad huyendo a otros mundos, sino el que la observa apasionadamente, con intensidad y lealtad, para penetrar en el misterio de lo real.

La metafísica empezó a buscar soluciones a los grandes interrogantes que emanaban del corazón y que no se podían acallar. Y la metafísica, que era capaz de interrogarse, no siempre era capaz de responder. Es así como la metafísica se abre felizmente a la trascendencia. Esta trascendencia es la frontera de la razón humana con el enigma de lo sagrado. La finitud del hombre está ontológicamente abierta a la infinitud.

Si el hombre está abierto constitutivamente al Misterio (la religiosidad como culmen de la razón), el efectivo conocimiento de ese Misterio, inaprensible para las solas fuerzas naturales y dado gratuitamente, no sólo no mortifica o limita las posibilidades del hombre sino que las satisface plenamente. Para el hombre buscador de infinito, el encuentro con la Revelación y su adhesión a ella por la fe, no sólo no es una amenaza a su autonomía sino que es la gran condición favorable para su realización, más allá de toda medida.

El abandono de la verdad por parte de la razón significa ceder a una cultura filosófica que excluye la metafísica a causa de la imposición del paradigma o modelo de la razón científica. Sólo cuenta lo que se puede medir, pesar, cuantificar. En esta corriente, la fe es relegada a la subjetividad, al ámbito privado e intimista sin poderse valer en el plano cultural y racional.

Desde el siglo XVIII un conjunto de pensadores ha intentado convencer a occidente (y lo ha conseguido) de que el hombre es un ser radicalmente finito, sin anhelo de infinitud, incapaz de trascender más allá de si mismo. Una concepción del hombre radicalmente inmanente; no debe aspirar a nada, más que a sí mismo. Es la primera vez en la historia del pensamiento que se postula una imagen absolutamente inmanente del hombre. Desde Fontenelle a Sartre, pasando por Hume, Condillac, Lessing, Comte, nos neokantianos de Mamburgo, Marx, Nietszche, Carnap, Marcuse, Adorno, etc, se ha ido fabricando la tan débil carta magna de la finitud.

Del asombro filosófico de los griegos se ha llegado a la nausea sartreana que quiere enterrar al hombre en la muerte de la mentira. En verdad, han sido tres siglos de inquietud, de desconcierto, de cavilaciones que han desembocado en el nihilismo y la desesperación. La persona y la sociedad, a la larga, no soportan el escepticismo y el vacío de sentido porque son contra la naturaleza propia del hombre.

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