La cuestión de la verdad


En su último libro publicado recientemente (“Últimas conversaciones con Peter Seewald”), Benedicto XVI manifiesta que la relación fe-razón ha constituido parte de su misión: infundir en las personas la valentía para creer. Sin duda, un diálogo que se debe proponer hoy día con más urgencia.

¿Es realmente posible establecer un dialogo entre la fe y la razón? Nosotros proponemos un concepto de filosofía y un uso de la razón en un sentido mucho más amplio y conforme a su origen. La filosofía se pregunta si el hombre puede conocer la verdad, las verdades fundamentales sobre sí mismo, sobre su origen y futuro, o si vive en una penumbra que no es posible esclarecer y tiene que recluirse, a la postre, en la cuestión de lo útil.

Hemos de subrayar cómo esta cuestión de la verdad y su fundamento en relación con la fe, no es una cuestión teórica o abstracta, sino que es una cuestión fundamental de la vida y la historia de la humanidad; esta cuestión afecta a todos los hombres y a todos interpela, en cuanto que en todo hombre se alberga el deseo de conocer la verdad y encontrar respuestas a los interrogantes profundos de la existencia. Aristóteles comienza su Metafísica diciendo que el hombre anhela por necesidad conocer la verdad. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿Qué hay después de esta vida?  Lo decisivo en este planteamiento es que la persona se abre al enigma de la realidad mediante la razón y la libertad. Es como si la razón humana casi pudiera superar sus propios límites naturales porque no está limitada al conocimiento sensorial sino que puede reflexionar críticamente sobre ello, argumentar sobre los datos que obtiene de la observación de la realidad sensible y alcanzar su fundamento.

Lo propio de la fe cristiana en el mundo de las religiones es que sostiene que nos dice la verdad de Dios, del mundo y del hombre, y que pretende ser la religión de la verdad. “Yo soy el camino, la verdad y la vida” encontramos en Jn 14,6. De esta pretensión brota el impulso misionero de la fe. La cuestión de la verdad es la cuestión esencial de la fe cristiana, y en este sentido, la fe tiene que ver inevitablemente con la filosofía y la razón.

Podemos ilustrar esta inquietud por la verdad a través del filósofo C.S. Lewis en un libro de mucho éxito de los años 40, Cartas del diablo a su sobrino. Está compuesto por cartas ficticias de un demonio superior, Escrutopo, que imparte lecciones a un demonio principiante sobre el arte de seducir al hombre. El demonio principiante expresa su preocupación de que los hombres inteligentes leyesen los libros de los sabios y no se les pudiese engañar. Escrutopo le tranquiliza. Le dice: “la única cuestión que con seguridad nunca se planteará es la relativa a la verdad de los leído; en su lugar se pregunta acerca de las repercusiones y dependencias, del desarrollo del escritor, de la historia de su influjo y de otras cuestiones análogas”.

La cuestión de si lo dicho por el autor es o no verdadero, sería una cuestión no científica y nos sacaría del campo de lo demostrable. La cuestión no es la verdad, sino la praxis, el dominio de las cosas para nuestro provecho y utilidad.

Lo que en Lewis aparece en forma de ironía, también lo podemos encontrar presentado en literatura más reciente. Llama la atención un pasaje de Umberto Eco en su novela “El nombre de la rosa”, donde dice: “La única verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión enfermiza por la verdad”.

En nuestra sociedad domina la persuasión de que no hay verdad última, de que no existen verdades absolutas, de toda verdad es contingente y revisable y por consecuencia, toda certeza es síntoma de dogmatismo o fundamentalismo intolerable. De ahí, también puede deducirse que tampoco hay valores que merezcan una adhesión incondicional y permanente. De esta manera, las distintas formas de percibir la verdad por parte de individuos o grupos se hacen objeto de consenso. En definitiva, se pierde la referencia a una verdad última y universal. Sin esta referencia, la posibilidad de una verdad sobre el hombre y el mundo desaparece. Todo tiende a ser arbitrario, y a decidirse según mi gusto y criterio. No hay verdades sino apetencias. Todo está permitido, excepto afirmar algo definitivo y con pretensiones de verdad. En estas estamos.

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