¿Qué te pasa Europa?


El Papa Francisco nos sorprende siempre con su frescura y llama a las cosas por su nombre. Con motivo del premio Carlomagno 2016 concedido por su aportación a Europa, el Papa nos regaló una reflexión profética que por incómoda ha pasado un tanto desapercibida. Denuncia con rotundidad una Europa cansada, envejecida, egoísta, que olvida sus raíces y los principios que la ha hecho grande. Una Europa levantada entre guerras que ha sabido construir la unidad, la democracia y la libertad, en el mejor sentido de la palabra.
Con dolor y preocupación, Francisco pregunta a Europa: ¿qué te ha sucedido Europa humanista y de grandes hijos?, e invita a repensar la senda del futuro en donde Europa sea madre, socorra a los pobres y defienda los derechos humanos fundamentales. Sin duda palabras graves y un diagnóstico que señala en su fondo la grave crisis de identidad, política, moral y religiosa de Europa. Europa apostata de sí misma, y por consiguiente de Dios. Se ha quebrado la relación fe y razón, parte esencial de la herencia cultural europea.

El cristianismo no nace en Europa, pero Europa sí nace con el cristianismo. Europa sufre un cortocircuito. No se puede suscitar un sentido de pertenencia a una realidad nueva destruyendo la identidad forjada en tantos siglos. Samuel P. Huntington expuso hace ya años con acierto la idea del choque de civilizaciones que lejos de convergir en una convivencia pacífica se autoafirman en su propia cultura e identidad augurando relaciones conflictivas. Lamentablemente los hechos le dan la razón. Si Europa no tiene identidad, otra cultura ocupará su lugar. No es posible construir una casa común renegando de la propia identidad y del conjunto de valores universales que el cristianismo ha contribuido a forjar, desempeñando un papel no sólo histórico y primordial, sino la función de fundamento de Europa. Algunos líderes políticos prefieren arrinconar o eliminar nuestras raíces y entablar diálogo con civilizaciones ajenas. El tiempo dirá.

También Francisco nos llama a la esperanza y nos invita a repensar una Europa integradora, de familias, más preocupada de los rostros humanos que de los números, una Europa centrada en las personas, en el ser humano como imagen de Dios, único, irrepetible y de una dignidad extraordinaria. Pero la crisis no es exclusivamente un aspecto negativo, porque nos permite expresar un juicio de valor sobre cuanto se vive y obliga a encontrar formas más adecuadas para el futuro.

Los cristianos estamos invitados a abandonar el cansancio o la indiferencia y a contribuir en la tarea de construir una nueva Europa, rica de ideales y libre de ilusiones falsas, una Europa inspirada en la verdad perenne del Evangelio. Para esto es imprescindible que los cristianos participen y estén presentes en la vida pública, junto con una acción cultural eficaz y permanente: cómo presentar el cristianismo al hombre de hoy, cómo mostrar su belleza y humanidad, cómo mostrar que no es una traba sino condición de su verdadero progreso, cómo hacer fecundo un diálogo fe-razón, cómo provocar una reflexión sobre el amor de Jesucristo muerto y resucitado.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here