¿ Se nos muere la cultura?


Estos últimos días he leído diferentes escritos de personas del ámbito de la cultura en Córdoba manifestando, de una manera u otra, no ya su disconformidad sobre determinadas acciones o proyectos aislados de índole cultural, sino su indignación, desesperación y, en el peor de los casos, resignación, sobre el panorama general de la cultura. Porque el problema no es solo de nuestra ciudad, eso tendría arreglo. Ni del gobierno autonómico o central, que también tendría arreglo. El verdadero problema es que esta situación es casi generalizada en el mundo occidental, viene de lejos y, como sigamos así, irá a peor. Lo que está pasando es que es ahora cuando estamos empezando a ver de cerca la verdadera cara de un modelo que, bajo la justificación del crecimiento económico y la banalización de la cultura para democratizarla, o -mejor dicho- comercializarla,  nos está reflejando el esperpento en el que estamos convirtiendo este concepto donde parece que ya todo cabe.

Pero empecemos por el principio, ¿qué es cultura?. No es fácil de contestar. Todos creemos saber de lo que hablamos, pero cuando nos paramos a pensarlo casi nadie puede dar una respuesta más allá de las frases grandilocuentes. Supongo que por eso es la palabra más buscada del Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Si se toma la molestia de realizar esta búsqueda, no se encontrará con una única definición que le aclare la cuestión, pero al menos sí estará más cerca de entender el porqué de esta complejidad en su significación.

Las dos principales acepciones del término cultura de la RAE se basan en dos perspectivas diferentes que van a determinar el concepto de cultura en la actualidad. La primera sería el conjunto de conocimientos que le permiten a alguien desarrollar su juicio crítico y la segunda el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc. Con todas las imprecisiones que nacen de las generalizaciones, podríamos decir que la primera, aunque bastante modificada, tendría su origen en la propia etimología del término cultura como cultivo del alma, del espíritu que mediante la práctica de la reflexión racional, nos lleva al camino del conocimiento y el perfeccionamiento humano. Es decir, la cultura como resultado de cultivar los conocimientos humanos.

La primera, implica un progreso individual que nos permite desarrollar un espíritu crítico. Por el contrario, la segunda, de más reciente incorporación, hace referencia a los hábitos y capacidades que adquiere un grupo social. Esta última, de clara orientación antropológica, tiene como principios básicos la imparcialidad y la ausencia de juicio para valorar las distintas culturas, es decir, todas las culturas tienen el mismo valor.

Si bien, esta segunda denominación -nacida de la antropología- es esencial porque  aportaba a la idea de cultura un sentido de respeto y tolerancia, necesarios para una convivencia pacífica entre distintos grupos sociales; su generalización, a costa de la idea original de la cultura como conocimientos que adquiere el individuo para permitirle un juicio crítico, supone una pérdida irreparable para la libertad del ser humano. Porque, si no somos capaces de tener ese juicio crítico propio, somos fácilmente manipulables, llegando incluso a hacer lo que más nos perjudica simplemente porque no sabemos qué es lo que más nos conviene. Es más, es ese juicio crítico, el que se consigue a través del conocimiento, el que me permite la verdadera libertad para saber si la cultura que se ha desarrollado en mi grupo social forma parte de mi identidad y me aporta algo como individuo. Más allá de las emociones, sensaciones y prejuicios, es el conocimiento el que nos puede mostrar las pérdidas o ganancias que suponen nuestra elecciones. Y es ese mismo sentido crítico el que es necesario en alguien que ostente un cargo público para que valore las consecuencias de las decisiones de su gestión para la comunidad que representa.

A este panorama ambivalente de indefinición de la cultura con la pérdida cada vez más palpable de su carácter crítico, y una industria cultural más volcada en el entretenimiento de masas, llegó arrasando una crisis que acabó con subvenciones, y dejó desnuda la triste realidad. Una realidad que nos mostró que no se había democratizado la cultura, como nos habían vendido, ya que para ello se debería haber desarrollado una educación que hubiese permitido a la mayoría conocer y, sobre todo, comprender esa cultura que era importante subvencionar. A la hora de la verdad, descubrimos que esa cultura, tan necesaria y de interés general, seguía interesando sólo a unos pocos y que no habíamos hecho lo suficiente para que el gran público estuviese dispuesto a pagar por ella.

Pero aquí ya viene la vuelta de tuerca y, ante la incapacidad de la administración pública para solucionar la cuestión de la cultura y dar una respuesta a las principales demandas del sector (Ley de Mecenazgo, IVA cultural..), la propuesta para salida de la crisis que nos ofrecieron fue la de la innovación a través de las industrias creativas. Y es que se ve que lo de industrias culturales era muy específico para este nuevo panorama donde parece que nadie tiene nada claro. Ya que ahora, bajo el paraguas de la creatividad, entra todo: escritores, publicistas, pintores, diseñadores, medios de comunicación, escultores, informáticos…Es decir, todos aquellos que tengan algo que ver en la producción, promoción, difusión y comercialización de bienes, servicios y actividades de contenido cultural, artístico o patrimonial; sin importar qué papel juega cada cual ni a qué nos referimos cuando hablamos de contenido cultural.  Y aquí la cultura, fruto de esa indefinición y confusión oficial, es una presa indefensa del marketing y la publicidad, que con facilidad se conformará en ofrecer productos en serie de usar y tirar, fáciles de digerir, para un mercado ávido de novedades. Y como nadie sabe muy bien qué hay que hacer, y a muchos de los que detentan cargos en organizaciones culturales ni saben lo que es, ni les interesa la cultura –precisamente ahora que es cuando necesitamos a los más competentes y preparados-, copiaremos modelos sin tener muy claro el porqué ni para qué, pues mientras haya tecnología y esté bien publicitado parecerá que hacemos algo importante. Las ideas y hacia dónde nos lleva todo esto, es lo de menos. Solo importan las sensaciones, las estadísticas y el ahora.

Y si esto fuera poco, como colofón, para que las generaciones futuras sean más manejables y maleables de lo que ya somos nosotros,  las humanidades serán algo simbólico en nuestros planes de estudios, no vaya a ser que al final se den cuenta de lo que verdaderamente han perdido. No vaya a ser que se crean que la cultura pueda ser algo más que una industria, solo medible desde la cantidad no desde la calidad. No vaya a ser que se crean que leer un libro, escuchar música, ir al teatro o a un museo haya tenido alguna vez una finalidad distinta a la de entretenerse, no vaya a ser que descubran que hubo un tiempo en que les servía a la gente para pensar, cuestionar y cuestionarse. No, no vayan a pensar…eso podría ser peligroso.

 

 

 

 

 

 

 

1 Comentario

  1. Enhorabuena por tan estupendo artículo. Yo me acordaba de otra definición de la cultura más de a pie de calle: Es lo que queda cuando te olvidas de lo que aprendiste en el colegio.
    Saludos.

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