Cuando nos roban la identidad


Llevo tiempo alejado del toro. Por lo común, las cercanías, lejos de apariencias, desenfocan las distancias, los tiempos y las medidas. Por eso, de vez en cuando, uno necesita alejarse de su toro para volver a calibrar espacios, dimensiones eimportancias. Y no pensaba volver, quizá no lo haga. Cuando una emoción pura, como son los toros, es manoseada por manos turbias, el resultado provoca el inmediato rechazo. Y ese manoseo viene de dentro, del propio entramado taurino, de los que ven la inmediatez del negocio, olvidando –normalmente por incultura, la dimensión de lo que tratan. Son los que llevan a efecto un ceremonial único, que caracteriza nuestra cultura, con formas abyectas y fondos interesados. Gentes cuya simpleza envilece lo sagrado, que mideimportancias según el número de espectadores o de orejas cortadas, que te amenazan sin pudor por una simple crítica, que hablan de búsqueda de la pureza en tanto amasan lo deshonesto adornado del exabrupto más sonoro. Son aquellos que excluyen al aficionado porque lo que quieren es público. Todos esos han conseguido mi hartazgo y el de otros muchos aficionados. No hacen falta antitaurinos, ellos solos se bastan.

Pero a pesar de los mercaderes de lo taurino, la tauromaquia es parte de nuestro patrimonio y su importancia va más allá de lo que alcanza su capacidad de destrucción. Ese patrimonio lo haformado su ritual propio y los hombres que lo han ejecutado, los toreros. Estos, transformados en héroes y mitos, regalan a la sociedad valores que les son útiles en la vida ordinaria en tanto que esta les recuerda con estatuas y calles o venera los lugares íntimamente relacionados con su vida y obra. Este recuerdo, esta mención pública de lo que estos héroes devuelven a la sociedad, también se ha visto últimamente perjudicada y es la cuestión, aunque mínima, que me ha despertado de la distancia con la que veo el hecho taurino. Lapasada semana hemos sabido del robo de la escultura que señalaba en Molinos Alta un lugar de la ciudad íntimamente relacionado con Guerrita. También hemos sabido del uso definitivo que va a tener la casa de Manolete, un bar, otro más.Pueden llamarle como quieran, Academia de Gastronomía Cordobesa, Local Gourmet Edition, Andaluz Culinary Center, da lo mismo, un bar. Y no es, ni mucho menos, que yo tenga nada en contra de los bares, ni de la iniciativa privada que, como poco, evitará que la “jaula del Monstruo” se marchiteante nuestros ojos. Mi molestia, en esta ocasión no gira contra los taurinos, sino contra los administradores de lo público. ¿No hay otro destino para un inmueble señero de Córdoba que un restaurante? ¿No se responsabiliza nadie de la pérdida de una escultura pública?

Instalado en el convencimiento de que el patrimonio, salvado el molesto posado ante los medios de comunicación junto con la obligada promesa de la inminente actuación, le importa a muy pocos, cabe ahora la reflexión sobre la pérdida de identidad que supone que nos birlen una escultura pública que recuerda lo regalado por un torero hacia la sociedad que le vio nacer. Si de verdad importasen las cosas del toro no hubiese dado igual el robo del relieve de Guerrita. Si de verdad importase nuestro patrimonio se hubiese articulado desde hace mucho tiempo algún nuevo destino a un inmueble único en nuestra ciudad. ¿En todos los años que lleva cerrada la casa de Manolete, no ha surgido por parte de las instituciones públicas ninguna iniciativa para albergar allí un centro cultural en torno a la figura de su último dueño?

Copiamos lo de otras ciudades prescindiendo de lo que nos hace excepcionales, de lo que nos distingue. Dejaremos de ser únicos para ser sucursal de cualquier otra iniciativa inventada que funcione no se sabe dónde. El despilfarro de lo nuestro, la eliminación de nuestras señas identitarias. ¿Hay responsables de esto? Claro que sí. Y en este caso no son los taurinos.

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