Chiquilín, veinticinco años


Nunca oculté mi chiquilinismo. De todos los toreros que he visto, Rafael González ha sido el que más me ha emocionado. Me han gustado muchas cosas de otros. La profundidad y la composición de Finito, la honradez a carta cabal de José Luis Moreno, la personalidad de otra época de José Tomás, la magia de Morante, el tiempo detenido de Manzanares… Pero por la razón que sea, y que aún hoy día no logro explicarme, Chiquilín conseguía lo que ningún otro, que no pudiera ver una faena suya sentado tranquilamente en mi localidad. Como si tuviese la razón hechizada, el ejercicio de reflexión que se produce en cada faena quedaba inutilizado por el deseo de que todo saliese bien, que cada remate terminase en su sitio, que la espada entrase hasta los gavilanes, que el toro no tardase en doblar. De taurino pasé, sin conocimiento ni razón, a ser fan.

Puede que Chiquilín no tuviese la depurada técnica de otros, que a veces equivocase terrenos o distancias que, a pesar de mi predilección, detectaba al instante, pero había una razón fundamental que justificaba mi favoritismo, su personalidad. Ese elemento distintivo, propio, esa identidad intransferible que cada cual tiene y que Rafael expresaba de manera rotunda delante de los toros. Quizá no triunfase, o triunfase sólo a medias, que se fuera de puntillas, sin hacer ruido, elegante, agradecido. La no consecución del éxito, o sencillamente el fracaso, tiene tantas explicaciones como ninguna y responde a preguntas que nadie ha hecho. Sin embargo, el fracaso personifica en el perdedor un decoro y una dignidad que niega para el triunfador, a quien acusa de traidor al sacrificar sus decencias en pos de la consecución del triunfo. Quizá sólo sea envidia. Ese honor concedido al perdedor, esa torería, es lo que se llevó para sí el último torero antes de la postverdad, de este tiempo actual que todo lo mide en incomprensibles bytes, y nos dejó a todos añorantes de un pasado más sencillo. Al final, todos hemos sido un poco más chiquilinistas de lo que fuimos y Rafael, en tanto, se ha dedicado a administrar la fortuna de la justicia, esa que a unos concede la fama y las portadas y para otros reserva el honor y la dignidad.

Por eso, este año que se cumple el veinticinco aniversario de la alternativa de Chiquilín, muchos recordaremos su toreo y figura con la añoranza de otras fuerzas e ímpetus por un lado, y, por otro, el anhelo de reencuentro con una tauromaquia basada en la personalidad, aunque tenga defectos, que prime la competencia, la diferencia, la variedad, lo distinto, frente a la perfección mortecina y monocorde que vemos en cada plaza.

Enhorabuena, maestro, por tu veinticinco aniversario. Mi gratitud por tantos recuerdos.

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