Nada nuevo bajo el sol: Poncio Pilato


Poncio Pilato./Foto: Paco Román

A lo largo de la Historia son muchos los gobernantes que han convertido sus mandatos en auténticos calvarios para sus súbditos o ciudadanos, mientras que ellos y sus conmilitones, en muchos casos surgiendo de la nada, han logrado amasar fortunas cuantiosas y vivir como auténticos dioses. Siempre ha habido emperadores, sátrapas, reyes, generales, dictadores, da igual el término que, en su debilidad, han sido muy duros contra los débiles y muy blandos frente a los que les plantaban cara. A los primeros se les reprime con dureza y con segundos se contemporiza. En nombre de la libertad, del pueblo, de los parias de la tierra, de la patria y hasta de Dios, se han cometido, y se siguen cometiendo, las barbaridades más atroces, tal y como podemos comprobar con sólo mirar a nuestro alrededor. En esto, el comportamiento humano no ha cambiado un ápice a lo largo de los siglos, porque al final todo se reduce a una sola premisa: mantenerse en el poder cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Poncio Pilato./Foto: Paco Román

Uno de estos personajes es el espurio prefecto de Judea, Poncio Pilato el que, atemorizado por el nacionalismo judío, firmó la sentencia de muerte de Cristo. Un mandatario que “se ha convertido en un símbolo tradicional de la vileza y de la sumisión a los bajos intereses de la política”, en palabras de José Antonio Pérez- Rioja en su “Diccionario de Símbolos y Mitos”. Pilato era débil y su torpeza en el uso de la fuerza lo hacía ser violento y sanguinario. Inflexible y duro pero práctico, era desconsiderado hasta el hartazgo, siempre dispuesto al robo, a la corrupción y al abuso de poder. Su naturaleza, indolente y carente de iniciativa, tampoco ayudaba mucho a llevar la vida que, en teoría, correspondía a un gobernador romano. Si a ello se unía su falta de interés por conocer y comprender la mentalidad del pueblo judío, el cóctel resultaba explosivo.

Originario, probablemente, del territorio samnita próximo a Benevento (Italia), pertenecía a la familia de los Poncios, del Orden Ecuestre, clase inmediatamente inferior al estamento senatorial más aristocrático, por lo que estaba obligado a “hacer carrera” en palabras del teólogo José Antonio Pagola. Su boda con Claudia Prócula, perteneciente de la misma gens que los emperadores, le permitió escalar puestos en la administración romana. En el año 26 es designado para el cargo de prefecto de Judea a instancias de Sejano, mano derecha de Tiberio, enemigo de Agripina la mayor -viuda de Germánico- y decidido antijudio. Establece su alojamiento oficial en Cesárea Marítima, situada a unos cien kilómetros de Jerusalén, a donde se desplazaba con motivo de fiestas y ocasiones especiales, como era la celebración de la Pascua. En la Ciudad Santa se alojaba en el soberbio palacio de Herodes Agripa y no en la Torre Antonia como tradicionalmente se ha creído. Su trayectoria política en tierras judías estuvo trufada de errores, fracasos y derramamientos de sangre de inocentes, debido a sus serios y continuos encontronazos con la población; unas veces topaba con lo que, en términos actuales, sería la rama política, encarnada por el sumo sacerdote y el sanedrín; en otras ocasiones era con la rama armada o terrorista, según desde donde se mirase, representada por los Zelotes. Filón de Alejandría lo define como un hombre “de carácter inflexible y duro, sin ninguna consideración”.

Nada más llegar a aquel territorio, relata el historiador judío y ciudadano romano, Flavio Josefo, se le ocurrió sembrar la torre Antonia, cuartel general de las cohortes romanas, de estandartes con los rostros del emperador Tiberio, lo que provocó la airada respuesta de la población, dada la situación de la torre en el ángulo noroccidental del Templo, que no dudó en cercar el palacio oficial de Cesárea Marítima. Arrodillados, con la cabeza hincada en suelo, mantuvieron el cerco durante cinco días con sus respectivas noches. Cuando les mandó las tropas para disolverlos, estos ofrecieron sus cuellos para que los degollaran, preferían morir antes que apostatar de sus creencias. Al final, Pilato no tuvo más remedio que ceder, dar marcha atrás y retirar los estandartes. En el fondo de la cuestión estaba su odio profundo hacia los judíos y su falta de respeto hacia los pueblos conquistados. En este punto la política romana era clara: respetar las creencias de los súbditos del Imperio, asumiendo en su panteón las deidades de los los nuevos territorios, pero él no estaba dispuesto a respetar la doctrina oficial, siguiendo instrucciones de su valedor, Sejano. Sólo después de la caída de éste, en el año 31, comenzó a respetar al pueblo judío, tal y como se le había ordenado.

En otra ocasión, con motivo de la construcción de un acueducto que abastecería la ciudad desde una distancia de casi 40 km., buscó financiación en las arcas del Templo, amenazando con subir los impuestos si no se accedía a sus deseos. Un auténtico sacrilegio a ojos de los judíos, que acabaron aceptando bajo la condición de que se ocultara el origen de los fondos, y de que el principal flujo de agua fuera para los depósitos del propio Templo, pero el acuerdo fue descubierto, provocando otra vez las iras del pueblo. Para acabar con la revuelta infiltró entre las masas a un numeroso grupo de legionarios, disfrazados de campesinos, pero que iban armados con sus gladios reglamentarios, y estacas, provocando una masacre.

Tres o cuatro años después de la crucifixión de Jesús, hacia el año 36-37, provocaría otra matanza, esta vez en Samaria, concretamente en Tarante, en el monte Gazirín. Donde, según relata Flavio Josefo, se habían reunido los samaritanos, al parecer, para buscar el tesoro de Moisés. Aquello acabó con la crucifixión de los cabecillas y la disolución de los allí reunidos. Este acontecimiento sería la causa de que el gobernador de Siria, Vitelio, decidiera destituirlo de su puesto.

Dejamos para el final su actuación de más significado: el juicio a Jesús. Corría el año 784 de la fundación de Roma. Los Evangelios sinópticos no se ponen de acuerdo en los detalles, aunque sí coinciden en señalar a Pilato como el brazo ejecutor de los deseos del sumo sacerdote y el sanedrín, pues era él quien poseía la “Ius Gladii”, es decir la potestad para condenar a muerte. Y es aquí donde nos ofrece todo un recital de lo que es un mal gobernante. Convencido de la inocencia del reo, primero intenta ganar tiempo enviándolo a Herodes, pero éste se aburre, tiene miedo y devuelve a Jesús al prefecto. Para este momento la presión sobre Pilato es enorme. Por una parte está su convencimiento de que el Galileo es inocente. Por si ello fuera poco, es su propia esposa, Claudia Prócula, la que le pide que no se mezcle en un asunto tan turbio como pretenden los judíos, condenando a un inocente. Pero por otra parte, está la presión que ejercen Anás, Caifás y la mayoría del sanedrín, que agitan al pueblo en el convencimiento de que así doblegarán la voluntad del romano. En esta tesitura decide aplicar un correctivo al acusado para tratar de conmover a los que lo acusan. La flagelación casi acaba con su vida. Podrían haberle aplicado el suplicio de varas o “perberatio”, pero consintió que se lo administrara con el “flagrum taxillatum”, con una capacidad de desgarro infinitamente superior a la flagelación con varas. La exposición al público del Galileo, lejos de conmover a sus acusadores, sólo consiguió exacerbar los ánimos y la situación se complicaba por momentos. Pilato sudaba y no veía una salida, mientras que los judíos gritaban cada vez más, sabedores de que estaban a punto de lograr su objetivo: la crucifixión de Jesús. Recordando la tradición de liberar a un preso por la festividad de la Pascua, decide dar a elegir entre Jesús de Nazaret y Iesous ho Barabbas o Bar Abbâ, líder de una facción muy violenta de los Zelotes. La reacción de Anás y del resto de sacerdotes y levitas, no se deja esperar: “¡Si lo pones en libertad, no eres amigo de César! ¡Todo el que se hace rey se opone a César!”(Jn. 19:12) En esta tesitura Pilato lo tiene claro, lo primero es su cuello, su estabilidad y su posición por lo que, con el gesto simbólico de lavarse las manos, se desentiende de aquel despojo humano, suelta a Bar Abbâ y manda crucificar a Jesús. Los que odian a Roma consiguen su voluntad, convirtiendo en cómplice suyo al que tiene que defender al Imperio. De nuevo, la presión, la amenaza y el chantaje de los poderosos sacerdotes doblegan la débil voluntad del procurador. Éste, tras caer en desgracia bajo el poder de Calígula, acaba desapareciendo sin dejar rastro. Hay fuentes que afirman que acabó suicidándose; otras hablan de que fue desterrado a la Galia, donde moriría; mientras que otras afirman que tanto él como su esposa acabaron abrazando el cristianismo y que, incluso, murió mártir. Curiosamente, en la Iglesia Ortodoxa griega, en la etíope y en la Copta egipcia Claudia Prócula y Poncio Pilatos son venerados como santos.

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