Homenaje al sacerdote don Antonio Ruiz Gómez

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Esta historia comenzó en 1970. Dentro de la obra salesiana en nuestra ciudad existía el Centro Juvenil Domingo Savio, el DOSA

Homenaje al sacerdote don Antonio Ruiz Gómez./Foto: Paco Román

Francisco Román Morales. Un total de cuarenta de personas se han concitado en el día de hoy, sábado 11 de enero, en el salón social de la AA. AA. Salesianos, para homenajear a un hombre que marcó su juventud y con el que han mantenido una vinculación muy especial, hasta el día de la fecha. El motivo: celebrar el noventa cumpleaños de Don Antonio Ruiz Gómez. 

Homenaje al sacerdote don Antonio Ruiz Gómez./Foto: Paco Román

Esta historia comenzó en 1970. Dentro de la obra salesiana en nuestra ciudad existía el Centro Juvenil Domingo Savio, el DOSA, del que por aquellas fechas se hizo cargo como consiliario y máximo responsable un curita pequeño y enjuto pero con una fuerza y una determinación imparables, el “Cura” para los jóvenes que acudíamos a diario a disfrutar del tiempo libre, una vez cumplida la jornada estudiantil. Espiritualidad, cultura y deportes eran los pilares sobre los que se asentaba aquella institución. Antonio, gran amante del mundo del cine y el teatro, desde su llegada al “Centro”, decidió impulsar la actividad teatral y fruto de ello fue el montaje de obras tales como “Tiempo de Espadas”, de Jaime Salón; “El Genio Alegre”, de los hermanos Álvarez Quintero, con el espectacular montaje de un patio andaluz, o “El Gran Teatro del Mundo”, del Calderón de la Barca, obra estrenada en el altar mayor de la iglesia parroquial de San Lorenzo con gran aceptación de crítica y público. 

El Genio Alegre.

Sin embargo, la obra que marcó definitivamente aquella época y al grupo que ha organizado el homenaje, fue la adaptación del musical “Góspel”, bajo el título de “Fiesta”. La obra resultó un rotundo éxito, debido a la sabia combinación de música en directo, baile e interpretación, todo ello unido a un mensaje cargado de Esperanza. Fueron muchos los lugares donde se llevó la representación tanto en nuestra ciudad como fuera de ella, llegando a celebrarse una función en el patio de los naranjos de la Mezquita-Catedral. Los intensos ensayos, las vivencias de aquellos años, los viajes, las representaciones, todo aquello hizo que este grupo quedara vinculado con un lazo indeleble, independientemente del rumbo que tomara las vidas de cada uno de sus miembros, cuyo eje vertebrador fue Don Antonio que, en 1980 dejaba el Centro juvenil y la orden salesiana para incorporarse al clero diocesano. La Rambla y Villaviciosa fueron dos de los destinos donde ejerció su labor pastoral, siempre con el mismo ánimo, siempre con la misma fuerza y siempre con la verdad y autoridad que otorga la coherencia en su vida. Todo el mundo recuerda que fue él quien instaló un karaoke en su parroquia para facilitar la participación de los fieles en los cantos litúrgicos. En todas las poblaciones por las que pasó dejó una honda huella tanto por su labor sacerdotal como por su carisma personal, traducido todo ello en numerosas realizaciones materiales y en incontables amigos. Por esto, no es de extrañar que, de forma sistemática este grupo o parte de sus miembros organizara excursiones para celebrar días de convivencia con el “Cura”, allá donde se encontrara.

El Gran Teatro del Mundo.

Por fin llegó la edad de jubilación y, en silencio, con discreción, como él suele vivir su vida particular, se retiró a vivir cerca de su familia, aunque ello no le impide seguir con su labor pastoral colaborando con la parroquia de las Margaritas. Un sencillo regalo que recoge aquellos diez años de intensa ilusión y una frase suya resume todo su pensamiento a lo largo de esta vida llena de entrega y servicio a los demás: «Tienes que ser un niño, para encontrar al niño que llevas dentro». A grandes trazos esta es la historia de un pequeño gran hombre, que merece ser conocida.

Después de la foto de familia y una breve despedida, Antonio inició su camino a casa, discreto, tranquilo, sosegado, sabedor de que la semilla que sembró hace cuarenta años, de algún modo, ha dado buen fruto.

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