El Hijo de Padre


Foto: Paco Román

La situación en los calabozos de la torre Antonia resultaba asfixiante. Un calor sofocante, unido a las humedades provocadas por las filtraciones de las conducciones de agua del edificio, convertía la atmósfera de aquel antro en irrespirable. A ello se unía la más absoluta oscuridad, el hacinamiento de los reos, como si fueran ganado que va a ser sacrificado, y la continua presencia de ratas que acudían atraídas por los excrementos e inmundicias de aquellos desechos humanos. Por ello, cuando la guardia sacó al reo de su cubículo entre empujones e insultos y, a través de una trampilla salió al exterior, el choque con la luz del día lo cegó. No entendía nada. El clamor de la turba, poco a poco, se fue haciendo diáfano y pudo comprobar con estupefacción que coreaban su nombre y que exigían su inmediata liberación. ¿Qué estaba pasando? Tampoco entendía qué hacía allí otro reo al que acababan de aplicar un durísimo correctivo: la cabeza coronada de espina, cubierto con una clámide púrpura y portando una caña entre sus brazos, todo un remedo de la representación de la realeza. Lo peor de todo, es que aquel desdichado, apesar del castigo que le habían infligido, no había perdido su dignidad humana, muy al contrario, su sola presencia intimidaba a la soldadesca y al populacho, e imponía respeto al mismísimo Poncio Pilato que se debatía en un mar de dudas. Por un lado, su esposa, Claudia Prócula, le había hecho llegar una nota en la que le pedía que dejara en paz a aquel justo. Por otro lado, la muerte de aquel sedicioso podría acarrear serias consecuencias, por ello, y a pesar del desprecio que sentía hacia los judíos, el procurador romano había ofrecido liberar a un reo con motivo de la Pascua, pues se enfrentaba a una situación delicada, muy lejos de estar bajo control, ya que esta no era otra simple trifulca común, sino que abarcaba directamente una seria posibilidad desestabilizar su Procurado. Aquello no tenía ni pies ni cabeza porque, lo más increíble, el pueblo se inclinaba a su favor. ¡Pero si él estaba condenado a la crucifixión por ser el enemigo público número uno por liderar una facción, muy activa y violenta, de los zelotes! ¡Y lo que es peor, habían sido los sumos sacerdotes quienes lo habían entregado a los romanos para congraciarse con éstos! En cualquier caso se encontraba en aquella situación y no había motivos para desaprovechar la ocasión que el destino le ofrecía. Además, aquel hombre no era nadie para él, no lo conocía, no sabía su nombre ni el motivo por el que había sido detenido, torturado y estaba a punto de ser condenado a la crucifixión. Como mucho, pensaba, era otra víctima del celo de los sumos sacerdotes unido a la violencia de las tropas invasoras.

Efectivamente Iesous ho Barabbas o Bar Abbâ en arameo que, traducido al castellano, significa “Jesús Barrabás” -el hijo del Padre-, era el líder de una banda de zelotes que había provocado numerosas escaramuzas con a las tropas de ocupación, ocasionándoles cuantiosas bajas, y que se presentaba ante el pueblo como un mesías, prometiendo la liberación del yugo romano. Sus orígenes eran oscuros, sus más íntimos decían que era hijo de un hombre acaudalado, del que había heredado y dilapidado entre caprichos, juergas y mujeres, una ingente fortuna, de ahí que fuera conocido como el hijo del padre. Cuando se arruinó, no teniendo nada que perder, se había entregado a la lucha armada contra los romanos, llegando a ser el jefe de aquel grupo que ahora se encontraba a punto de ser crucificado. Sea como fuere, se encontraba en un momento clave, su vida pendía de un hilo y del capricho de los sumos sacerdotes que no dejaban de agitar al populacho para presionar a Pilato.

Tras unos minutos que se le hicieron eternos, el procurador pide una palangana y, lavándose las manos, dicta sentencia: «No soy responsable por la sangre de este hombre». A lo que la multitud respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes». No pudiendo reprimir su alegría, Barrabás da un brinco a la vez que lanza un grito estentóreo: ¡Libre! Al punto un soldado, a la vez que le expele un desabrido ¡vete!, le da un fortísimo empujón que lo hace rodar por la escalinata de la torre Antonia. No dando crédito a todo lo sucedido, se abre paso entre la muchedumbre que, agitada por los sacerdotes, grita su nombre hasta el paroxismo: ¡Barrabás! ¡Barrabás! ¡Barrabás!

Como alma que lleva el Diablo, Barrabás se aleja de aquel lugar buscando la seguridad de su guarida. Sus seguidores que aún continúan en libertad ya están celebrando la noticia, que se ha extendido como una mancha de aceite. En cuanto llega a aquel antro pregunta por su esposa, Raquel, pero ella no se encuentra allí. Le informan que ha abandonado el grupo para seguir a ese Jesús, Hijo del Padre, que acaba de ser condenado a muerte a la vez que él era liberado. Poco le falta para caer de bruces, no puede salir de su estupor: ¡aquella piltrafa humana se llamaba igual que él! ¡aquel desdichado – al igual que él- también predicaba la liberación de los judíos y ofrecía la instauración de un nuevo reino! ¡Que había andado haciendo el bien, curando a la gente de sus males y que se había enfrentado a la hipocresía de escribas, fariseos y sacerdotes del templo! ¡Además! ¡Pilato no había encontrado culpa alguna en aquel hombre, mientras que él era culpable y era él quien salía libre! ¿¡Quién había orquestado aquella farsa!? ¿Qué pretendían conseguir enfrentándolo con el otro lado del espejo? Porque en este caso, el otro lado era el bueno y lo ponía frente a sus alborotos, a sus robos, a sus asesinatos, toda una trayectoria delictiva que nunca se había cuestionado y, mucho menos, lo había llamado al arrepentimiento, pero que en este momento lo ponía en una crisis radical y absoluta, porque aquello era incapaz de, siquiera, comenzar a atisbarlo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here