Flagrum taxillatum


Declinaba la tarde de viernes en aquel lugar infecto, díscolo y miserable, destino obligado para escorias y desechos procedentes de todas las guarniciones que vigilaban, con puño y bota de hierro, los limes del Imperio. El tedio y el aburrimiento, salpimentados con esporádicas explosiones de violencia protagonizadas por los zelotes, constituían el complemento ideal para aquel clima seco, en extremo caluroso y permanentemente invadido por preñadas nubes de mosquitos siempre dispuestos a asaetear a todo infeliz que tuviera la desgracia de ponerse a tiro. En aquel antro situado en los sótanos de la torre Antonia, aneja al palacio del gobernador, el ambiente resultaba irrespirable y nauseabundo al mezclarse el olor acre de las salpicaduras de sangre seca dispersas por acá y por allá, con los humores exudados por los cuerpos de unos soldados tan embrutecidos que en poco se diferenciaban de las fieras del circo; de unos esclavos degradados en su condición humana hasta, casi, el absoluto; y de unos reos reducidos directamente a la nada que, continuamente, abarrotaban las instalaciones. Por si todo esto fuera poco, había que unir los efluvios pestilentes de las letrinas y los aromas vomitivos de la bazofia que preparaban en las cocinas, siempre apestadas por manadas de orondas ratas del tamaño de conejos.

Foto: Paco Román

Sin embargo aquel dorado y calinoso atardecer no era como todos los demás. Los acontecimientos vividos unas horas antes, la flagelación aplicada a un desgraciado que poco después rendiría camino en una cruz, había marcado a unos hombres para los que la vida sólo era violencia. En sus oídos todavía retumbaba el restallar de los flagrum taxillatum cortando el aire como acerados cuchillos. Las manos de aquellos soldados que habían disfrutado del dudoso placer de participar en la flagelación del  cuerpo, ya de por sí atormentado y abatido, de ese tal Jesús, no dejaban de temblar y, por más que lo  intentaban, no lograban arrancar de sus curtidas pieles las gotas de sangre que habían brotado del cuerpo de aquel extraño galileo. que se autoproclamaba Rey de los Judíos y que, según les habían contado los componentes de los dos contubernios encargados de llevar a cabo la ejecución, los había perdonado cuando se debatía, entre horribles dolores y espasmos, por capturar sus últimas bocanadas de aire. Los ojos de ese pobre desdichado, cuando sus sienes recibieron las espinas de aquella ominosa corona, se clavaban en sus corazones como las púas en la piel de aquel galileo. La mansedumbre de su expresión durante la burla que le dedicaron cuando le colocaron aquella clámide púrpura, escocía como una herida a la que le hubieran echado sal. Una de las cosas que más los desorientaba, era la serena majestad de aquella piltrafa con apariencia humana con la que se había presentado ante la vociferante turba que encabezaban los sacerdotes, seguidos por los miembros del Sanedrín. Pero lo que más los mortificaba, porque eran incapaces de comprenderlo, fue el amoroso abrazo con que acogió el madero donde iba a ser ajusticiado. Aquello rompía sus embrutecidos esquemas de tantos años al servicio del Imperio.

Foto: Paco Román

La furia desatada por la naturaleza al expirar el condenado, unida a la mansedumbre con la que éste se había entregado a los verdugos en el momento definitivo, sacudió hasta los más recónditos pliegues de sus ajadas, degradadas y escépticas humanidades. No tenían conciencia de lo ocurrido, pero aquellos aterrorizados soldados destinados en el culo del mundo habían vivido, en primera persona, la teofanía más importante de la historia de la humanidad. Ya nada sería igual para ellos y sus conmilitones pues, misteriosamente, un vago sentimiento de paz y conmiseración con todo lo que los rodeaba comenzó a apoderarse de sus, hasta esos momentos, pútridos corazones. ¿Qué estaba pasando aquel primer Viernes Santo de la Historia?

 

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