Judas Iscariote


Imagen de Judas del misterio de la Sagrada Cena./Foto: Paco Román

Al borde de un pequeño barranco pestilente y vomitivo porque el fondo estaba sembrado de inmundicias y despojos de todo tipo, junto a un escualido  y retorcido olivo en el que había colocado una soga con un nudo corredizo al final, el esparto ya rodeaba su cuello acariciando aquella piel cetrina, acartonada y curtida por los vientos del desierto galileo, como si fuera una serpiente que está a punto de contrar sus costillas para acabar con la vida de su presa. Su cabeza hervía como un caldero a punto de explotar: luces y sombras, rostros monstruosos, gritos, figuras amenazantes que se retorcían y se desvanecían, frío y calor, todo se sucedía con velocidad de vértigo. La sangre y la adrenalina se mezclaban en un cóctel que arrebataba la conciencia y henchía las arterias hasta el límite del colapso. Quería arrancarse la piel a jirones para desprenderse de cualquier adherencia que recordara su pasado inmediato. ¡Hice lo que debía! ¡Hice lo que debía! ¡Sólo cumplí con mi deber de ciudadano y hombre de fe! -se repetía casi de forma espasmódica-. ¡Qué loco estuve! ¿Cómo no me dí cuenta antes? ¿Cómo no supe ver que sólo era un vendido y un cobarde? -se reprochaba con vehemencia-. Pero, pero… -las ideas y las palabras lo asaltaban a borbotones-. ¡¿Cómo se puede tener la osadía de decir que hay que entregar al César lo que le corresponda?! ¡Eso es colaboracionismo y traición! ¡Colaboracionismo! ¡Sí!, con quienes oprimen al pueblo y apostasía contra Dios y su Ley: ¡”Amarás a Dios sobre todas las cosas…” Eso dice Moisés y eso nos lo repitió Él hasta el hartazgo! Y cuando se ve en una situación comprometida, se desvanece como la espuma del mar.

El mensaje del que, hasta hacía pocas horas había sido su amigo, probablemente su mejor y único amigo, martilleaba su mente y su corazón intentando justificarse desesperadamente: ¡Era suicida y conducía al pueblo directamente al abismo! ¡La represión podría haber sido brutal y despiadada! Con la que está cayendo, ¿¡a quién se le ocurre prometer el reino de los cielos, a una pandilla de vagos desarrapados, a las prostitutas, a los publicanos!? ¿¡Qué pasa con los que permanecemos fieles al mensaje de Dios y el Templo!? ¿De qué va? ¿Qué pretende, que reine la anarquía? ¿Eso es lo que quiere? ¿Que nos comamos los unos a los otros? ¡Un poco de cordura, por Dios! ¡Ah! ¿Y lo de los pacíficos…? ¡Cobardes! ¡Eso es lo que son,  un atajo de cobardes que adornan con palabrería su canguelo, incapaces de enfrentarse al poderío de Roma!

La falta de complicidad de su conciencia hacía que aquellos razonamientos, concienzudos y argumentalmente casi perfectos, lo acercaran a pasos agigantados hacia el borde de su propio infierno. Sentía sobre sí, como grabado a sangre y fuego, el estigma de la ingratitud, la vileza y la deslealtad: ¡Si Tú -gritaba con desesperación a los cuatro vientos y a todo aquel que estuviera dispuesto a ofrecerle un poco de calor humano- me has designado para interpretar el papel de traidor universal, y ni siquiera me has dado la oportunidad de elegir mi propio camino! ¿Por qué me atormentas ahora? ¡Él me prometió los misterios del Reino! ¿Y… qué ha hecho? ¿Quién ha traicionado a quién? ¡Eh, responde! ¡No me queda tiempo! ¡Mi representación ha concluido y quiero conocer tu veredicto! ¡Contesta, Dios, contesta! ¡Yo no quería…! ¡Yo no quería este fin, sólo que… ellos también me engañaron! Los sumos sacerdotes y el Sanedrín me dijeron, me aseguraron que sólo le iban a dar un escarmiento, que lo iban a asustar y que luego lo dejarían libre, después de haberlo puestro frente a sus contradicciones y sus miedos, ¡pero no! Yo no sabía que sus intenciones eran entregarlo a los romanos para ejecutarlo, ¡Yo no lo sabía! ¡No lo sabía! ¡Tienes que creerme, por compasión!

Presa del miedo, asaltado y asaeteado por los demonios que habían atormentado su vida, y muy especialmente aquellas horas aciagas, ciego de dudas, ira y remordimientos, su pie resbala, el dogal que le rodea el cuello se cierra bruscamente. Un crujido seco. Un ligero pataleo. La última bocanada de vida… Ya no hay esperanza. Silencio… ¡Muerte!

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