Cenáculo


El silencio se abatía sobre una población incapaz de digerir los acontecimientos que habían presenciado apenas unas horas antes: la noche se había abierto paso sobre la luz en apenas unos minutos, el temporal desatado y el terremoto subsiguiente acabaron rasgando el velo del templo, hubo muertos que se habían levantado de sus tumbas y el pánico se había apoderado de una población ingenua y supersticiosa, dominada por el clero. Demasiadas sensaciones y ninguna satisfactoria; demasiadas preguntas y nulas respuestas. Mientras tanto, en el Cenáculo, lo que otrora había sido un lugar abierto, luminoso y risueño, en estos momentos puertas y ventanas permanecían atrancadas, reinaba la oscuridad más absoluta y un abominable olor acre a miedo y pánico se había apoderado de toda la estancia. En su interior, después de la desbandada producida en el Huerto de los Olivos, permanecían, acobardados como ovejas ante la presencia del lobo, la mayoría de los Apóstoles, sólo faltaban Pedro, que deambulaba por las calles como pollo sin cabeza con una sensación a medias entre un miedo paralizante y la vergüenza más oprobiosa; Juan, que había decidido acompañar a María hasta el monte de la Calavera y Judas del que, según algunas noticias sin confirmar, acababa de quitarse la vida víctima de su propia cobardía.

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Foto: Paco Román

A pesar del silencio reinante, una pregunta sobrevolaba las mentes de quienes allí se congregaban presas del terror: ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que de un recibimiento triunfal se hubiera pasado al odio más abyecto? ¿Dónde estaban aquellos que, palmas y ramas de olivo en las manos, unas horas antes habían gritado y vitoreado hosannas al Hijo de Dios? ¡¿Al Mesías?! ¿Tanto era el miedo que sentía el pueblo hacia los miembros del Sanedrín y los romanos? ¿O es que los habían comprado con promesas tan fáciles de formular como volátiles a la hora de cumplirlas?

Arrastrando su cuerpo por las paredes de las callejas más recónditas, evitando que sus pasos superasen los decibelios de un susurro, escondiendo su rostro de miradas que pudieran reconocerlo como seguidor del Galileo, ahogando su pena en lágrimas y vino aguado de los antros más miserables de la ciudad, andando como quien soporta una losa de varias toneladas sobre las espaldas, intentando vanamente arrancarse la vergüenza impregnada a la piel de su cuerpo, ¡al fin!, Pedro llegaba donde se guarecía el resto de sus compañeros. El que había sido el hombre de confianza, designado por el Maestro como piedra angular de su Iglesia, el antiguo pescador altanero y jovial, que no había dudado en blandir su espada ante la soldadesca del templo, se había transformado como por arte de magia: su rostro aparecía ajado, surcado por insondables surcos provocados po el reguero de lágrimas derramadas; su pelo se había vuelto blanco, ralo y se desprendía de forma alarmante. A estas alturas del día, todos eran conocedores de su traición en la madrugada pasada, de sus tres negaciones antes del canto del gallo, tal y como había profetizado el Maestro mientras cenaban. Por ello y a pesar de la penumbra reinante las miradas hoscas de sus conmilitones, incluido su propio hermano, se clavaban en su corazón como dagas emponzoñadas, aunque nadie era capaz de articular la más mínima palabra porque, en el fondo, todos sabían que Simón Pedro sólo había respondido a los estímulos que le transmitía aquel aciago momento y que ellos, con toda seguridad, habrían hecho lo mismo.

Entre tanto, desde la calle, se oyen unos pasos acercándose apresurados hacia el Cenáculo. Víctimas del espanto más insoportable y atenazador, el silencio se hace ahora insoportable mientras que la atmósfera, cada vez más densa, parece poder cortarse con la pluma de un ave. Las pisadas cada vez están más cerca cuando, al cabo, una mano empuja la puerta con firmeza y decisión, son el Discípulo Amado y María. Él viene derrotado, boqueando como pez que acaban de sacar del agua y la mirada perdida aunque regada de lágrimas. María, sin embargo, transmite a quien la contempla una extraña sensación, pues mientras su rostro, a pesar de haber quedado cincelado con las marcas del sufrimiento y el dolor vivido en las últimas horas, en forma de interminables y profundas estrías; su mirada se muestra serena, tranquila, más maternal que nunca pues, a pesar de todo, en lo más profundo de su corazón inmaculado, sabe que los designios del Padre se están cumpliendo al pie de la letra, lo que la lleva a sentir y transmitir una maravillosa emoción, porque sabe que lo mejor está aún por llegar: el fruto de sus entrañas, dentro de tres días, va a resucitar.