Un encuentro… que pudo suceder


San Juan Evangelista de la hermandad de las Penas de Santiago./Foto: Álvaro Córdoba

Una semana después del tercer día, después de la convulsión vivida en las jornadas precedentes, Jerusalén se desperezaba lentamente, rumiando todavía los acontecimientos, queriendo digerir el cúmulo de sucesos que habían estremecido hasta los cimientos del templo de Salomón. Por si eso fuera poco el anuncio de la resurrección de Cristo chirriaba, tanto para el nacionalismo autocrático de los judíos, como con el pragmatismo y el racionalismo exacerbado de las autoridades romanas, que incluso llegaron a publicar un bando amenazando de muerte a quien osara profanar las tumbas, especialmente de los fallecidos recientemente, queriendo tapar de este modo lo que para ellos había sido era un fallo imperdonable de los guardias que custodiaban el sepulcro.

Mientras tanto, en el Cenáculo, después de las primeras horas, de los primeros días de pánico e incertidumbre, poco a poco, la vida se iba rehaciendo, la primera visita de Jesús había insuflado ánimos y, sobre todo, habían sido perdonados por su cobardía, aunque seguían guardando toda suerte de precauciones para no despertar las iras de las autoridades religiosas judías y, mucho menos, llamar la atención de las fuerzas de ocupación, siempre dispuestas a sacudir sus gladios contra las poblaciones sojuzgadas y muy especialmente contra la población hebrea, siempre díscola y levantisca. En este ambiente de permanente vigía, cuando los Apóstoles tenían que abandonar la seguridad y el calor de aquel recinto, lo hacían como conejos que se sienten vigilados por la rapaz. Por esta razón, cuando aquella mañana, Juan, el Discípulo Amado, fue interpelado con un bronco y atronador: “¡detente, galileo!”, su mundo se derrumbó en un instante. Un sudor frío, muy similar al que preludia la muerte, se adueñó de todo su cuerpo. Incapaz de reaccionar, de pensar e, incluso, de   articular palabra, detuvo sus pasos inseguros y se encontró a punto del desmayo. Se encontraba ante  un contubernio de la guardia romana, integrado por ocho hombres que, por su corta edad e indumentaria, pertenecían a la línea de los hastati, protegidos con varias placas de bronce sujetas con correas de cuero que tapaban el corazón y parte del pecho, completando su equipo con el correspondiente escudo. Aquella visión le pareció la muralla que protegía la ciudad. Armados hasta los dientes, miradas oscas, desafiantes, despreciativas y chulescas, propias de quienes piensan que son el ombligo del mundo. Al frente se encontraba un legionario de más edad, barba de varios días; su cara aparecía surcada por una gran cicatriz que la recorría en diagonal, provocándole en la boca un rictus a caballo entre la sonrisa, el desprecio y el asco. Aquella apariencia, ya repulsiva de por sí, se veía completada con un gran hueco negro ocupando el lugar donde, en tiempos mejores, lució una espléndida dentadura.

Tras unos segundos titubeantes, la mirada fría y calculadora del romano se clavó en la temerosa y huidiza de Juan, que no se atrevía a mirarlo con fijeza, por temor a una reacción airada del mílite. Sin embargo, un breve destello de humanidad surcó la faz del legionario. Lo recordaba, ambos se reconocieron. La cara de Juan se había quedado clavada en un corazón de roca, acostumbrado a infligir los más duros castigos sin sentir la más mínima conmiseración, pero sin embargo lo recordaba con toda claridad, porque él había sido el encargado de llevar a cabo el suplicio del Galileo: fue él quien se regodeó durante la flagelación, fue él quien lo llevó hasta la extenuación durante el horrible recorrido hasta el Gólgota, y también fue él quien se encargó de que sus hombres lo clavaran en el madero que, a duras penas, había arrastrado hasta aquel lugar de muerte y odio. Lo recordaba a los pies de la cruz, en aquel terrible trance, sosteniendo a la Madre del ajusticiado. Un escalofrío recorría su cuerpo, cuando rememoraba la furia con que la naturaleza había reaccionado una vez consumada la ejecución. Aquella atronadora tormenta, el azote de la lluvia, la fuerza del viento y, sobre todo, aquel estremecedor terremoto que a punto estuvo de acabar con la capital de los judíos. Sin embargo, había algo que lo atormentaba, especialmente por las noches de aquella Galilea ardiente y reseca que impedían conciliar el sueño: el recuerdo de la mirada serena, dulce, compasiva, llena de amor, a pesar del sufrimiento, de aquel desdichado que tan sólo había cometido el delito de declarase Hijo de Dios. Por eso y porque había oído rumores a cerca de la presunta resurrección de aquel hombre, el encuentro con Juan tuvo efectos balsámicos sobre su mente y, muy especialmente, en su corazón. Quería, como si en ello le fuera la vida, que aquello fuera algo más que un rumor de mentes calenturientas. Necesitaba, casi imploraba, noticias ciertas que confirmaran que aquel Nazareno estaba real y verdaderamente vivo.

Sus miradas se entrecruzaron, ahora era él quien tornaba sus ojos suplicantes, mientras que Juan, interpretando aquella expresión interrogante, lo consolaba con un simple pestañeo que resultó ser una auténtica declaración de amor al prójimo que lo absorbía. No intercambiaron palabras, no fue necesario. Una inclinación de cabeza y cada cual siguió su camino. Pero algo había cambiado, una extraña e inexplicable sensación de paz se apoderó de su alma: El Espíritu de Jesús Resucitado estaba anidando en el corazón de aquel romano.

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