Cardenal González, algo más que una calle de mala nota


ZEFERINO GONZÁLEZ
Retrato del Cardenal González (Archivo Francisco Román)

En nuestro acercamiento a los grandes personajes que se recuerdan a lo largo y ancho de nuestra ciudad, nos encontramos con un personaje que debiera ser reconocido con independencia de la calle que lo evoca, identificada, desde tiempo inmemorial, con el oficio más antiguo del mundo pues, por algo en sus inmediaciones se situó la mancebía, el punto donde se concentraban las “vividoras del amor”, en palabras de Julio Romero de Torres. En tiempos pretéritos fue una de las vías más importantes de la ciudad, al formar parte del camino real que unía el norte con el sur peninsular. De ella tenemos noticias ya en época califal, pues comunicaba con una puerta denominada “la Nueva”. Con posterioridad, y por tramos, será conocida con distintos nombres, entre los que cabe citar: Puente de la Pescadería,  Arquillo de los Calceteros, Cordoneros, Platerías, Torreznos, Herrerías, calle de Vallinas o Carrera del Puente. Una zona que, en palabras del recientemente desaparecido, Alfonso Gómez, “ha sido cantada en nuestra literatura más universal como refugio durante siglos de pícaros y truhanes, busconas y rameras…” que “…junto a posadas y mesones agrupó lupanares y prostíbulos, llegando a la segunda mitad del siglo XX en estado de franca decadencia” y, en la actualidad, formando parte del parque temático en que se ha convertido el centro histórico de la ciudad. Efectivamente, como ya habrán imaginado, nos estamos refiriendo a la calle Cardenal González.

Fray Zeferino González y Díaz Tuñón, OP, nace en Villoria (Laviana-Asturias) el 28 de enero de 1831, en el seno de una familia de labradores, y muere en Madrid el 29 de noviembre de 1894. Con 13 años ingresa en Ocaña en la Orden de Predicadores. En febrero de 1849, con 17 años recién cumplidos, parte para las misiones en Filipinas, donde se ordena sacerdote en 1854. Imparte las disciplinas de Teología y Filosofía en la Universidad Santo Tomás de Manila. Por problemas de salud regresa a España en 1866, haciéndose cargo de diferentes cargos, hasta que el 5 de julio de 1875 es nombrado Obispo de Córdoba, tomando posesión de la silla de Osio el 25 de noviembre de ese mismo año. En 1883 asume el Arzobispado de Sevilla, siendo proclamado Cardenal y titular de Santa María Minerva de Roma el 10 de octubre de 1884. Un año más tarde pasa a la Sede Primada de Toledo, donde ostentó por primera vez el título de Patriarca de las Indias. En 1886 se encuentra de vuelta en Sevilla, permaneciendo en la capital hispalense hasta 1889, año en el que presenta su renuncia por motivos de salud.

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Aspecto actual de la calle Cardenal González en el que se aprecian
algunas casas que necesitan ser rehabilitadas (Foto PacoRomán)

Por si esta brillante trayectoria no fuera suficiente, también desempeñó el cargo de Canciller Mayor de Castilla, fue académico de la Romana de Santo Tomás de Aquino, de la de Buenas Letras de Sevilla, de la de Ciencias Morales y Políticas (1873), académico de la de Historia y Senador del Reino. Por último, también fue designado académico de la Real Academia Española de la Lengua en 1893, si bien el nombramiento no llegó a sustanciarse debido a su fallecimiento en 1894, aunque dejó escrito su discurso de ingreso.

Detengámonos en su etapa como prelado de nuestra diócesis. Como ya ha quedado apuntado, ocupa la sede de Osio entre 1875 y 1883. En palabras del canónigo archivero de la Catedral, don Manuel Nieto, fray Zeferino es una “figura estelar del episcopado cordobés”. Como destaca el profesor Palacios Bañuelos, tres notas fundamentales destacan en la personalidad del mitrado: su labor pastoral, su faceta de pensador y filósofo y su preocupación social.

Como pastor realiza visitas periódicas por toda la diócesis. Moderniza el Seminario Conciliar. Encomienda al guatemalteco José A. Ortiz Urruela la dirección espiritual de los seminaristas. Preocupado por la formación intelectual del clero, adapta sus estudios al bachillerato civil. Realiza un intensa vida misional y de renovación con el apoyo de los Misioneros del Corazón de María y de la Compañía de Jesús. Ordena a los párrocos visitar semanalmente las escuelas para seguir la enseñanza religiosa de los niños. Introduce la práctica de los ejercicios espirituales, tanto para sacerdotes como para seglares. Reinstala en Córdoba la Juventud Católica y expande las Escuelas Dominicales. Reorganiza el Boletín Eclesiástico de la diócesis. Establece en el Seminario un colegio privado incorporado al Instituto provincial de segunda enseñanza, y escuelas de latinidad vinculadas al seminario en las poblaciones, para facilitar la formación de los más pobres.

En su faceta de filósofo promueve adhesiones a la doctrina tomista y apoya la idea de organizar en España academias de Santo Tomás en relación con la de Roma, de la que formaba parque como ha quedado anotado. Destaca la publicación, entre 1877 y 1881, de la segunda y tercera edición en castellano y latín de su “Philosophia Elementaria”, su “Historia de la Filosofía”, primera escrita en español, y la biografía de Osio.

Por último, desde el punto de vista social, además de organizar una Sociedad de socorros mutuos para el clero y costear el sostenimiento de una casa refugio para los sacerdotes ancianos o enfermos, crea los Círculos Católicos de Obreros, sin duda, su aportación más destacada, en sintonía con los movimientos que se estaban produciendo en la Europa del último tercio del siglo XIX, que culminarían con la publicación, el 15 de mayo de 1891, de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII, que recogía la aportación social del siglo muy especialmente de los católicos, y cuya preocupación sería “la situación de los obreros”.

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La calle Cardenal González forma parte del recorrido por nuestra ciudad
del Camino Mozárabe a Santiago de Compostela, tal y como se aprecia en el
azulejo de la izquierda. (Foto PacoRomán)

¿Qué eran los Círculos Católicos de Obreros? Básicamente fueron instituciones que intentaban acercar a patronos y obreros para lograr restaurar la armonía entre las diferentes clases sociales, respetando las desigualdades naturales. Nacen íntimamente ligados a la religión católica y a los movimientos regeneracionistas de la época, con el fin de salvar o prevenir el socialismo y el anarquismo, triunfantes en la Europa de la época, tal y como se recoge en el documento fundacional de los Cículos Católicos de Córdoba, una circular de fray Zeferino, fechada en Córdoba el 22 de enero de 1877, donde leemos sus principios inspiradores: “… atención preferente á la educación de las clases populares, la suerte de los obreros y la salvación de aquellos… es sumamente fácil que el pueblo sea engañado y seducido respecto á la manera de realizar sus aspiraciones legítimas, á subir, progresar y mejorar su condición material y social… Vivimos un tiempo en el que el pobre obrero y el jornalero del campo se ven asediados por las malas doctrinas que llegan hasta ellos por mil caminos ocultos. Vivimos en un tiempo en el que el tribuno ambicioso, y el político audaz, y la hoja volante, y el periódico impío, y la novela licenciosa, llevan hasta las últimas capas de la sociedad, los principios de irreligión y de inmoralidad, las ideas antisociales, el mal, en fin,  en todas sus esferas y manifestaciones. Por eso es preciso no ya solo oponer doctrinas á doctrinas, principios á principios, é ideas á ideas, allí donde el mal se ha desarrollado, sino también preservar al pueblo contra el contagio de ese mismo mal en todas sus fases, penetrando al efecto en la ciudad y en la aldea, en la fábrica, en el taller y en el campo de labor… Es llegada la hora de combatir el mal en todos los terrenos y con sus propias armas… Es llegada la hora de sacudir ese marasmo y esa indolencia en que yacen y vegetan la mayor parte de los católicos de nuestros días…“.

Como podemos comprobar del atinado diagnóstico que realizara fray Zeferino, salvando la distancia en el tiempo, nada nuevo bajo el sol: falta de formación a nivel general, producto de políticas partidistas y sectarias en materia educativa; corrupción institucionalizada; demagogia política; relativismo moral y renuncia a los principios inspiradores de nuestra sociedad. Si a  ello unimos el fracaso de los modelos clásicos de organización política y social, el cóctel está servido, por lo que resulta absolutamente necesaria un nuevo movimiento regenerador inspirado en el humanismo cristiano.