San Pelagio, un mártir gallego en el origen del Camino Mozárabe a Santiago


Pelagio
Imagen de San Pelagio que se venera en la capilla del
Seminario Conciliar. (Archivo: Francisco Román)

San Pelagio, San Pelayo o San Paio en gallego, nace en 911 en la parroquia de Albeos (San Xoán), perteneciente al concello de Creciente, en la provincia de Pontevedra y alcanza la palma del martirio en Córdoba el 26 de junio de 925, durante el califato de Abderramán III, siendo canoniazado por mantenerse fiel a sus creencias cristianas y como ejemplo de la virtud de la castidad juvenil al negarse a mantener relaciones íntimas con el Kalifa. Es recordado por la Iglesia el día en que se conmemora su martirio y, casualidades de la vida, la celebración de San Pelagio coincide todos los años con los fastos de la semana del “Orgullo”, una de cuyas actividades más tradicionales en la capital de la Corte, es la celebración de la carrera de tacones en la calle que lleva su nombre.

Recibe formación de la mano de su tío Hermogio, obispo de Tuy, al que acompaña en 920 a la corte del rey de León, Ordoño II, en apoyo del monarca navarro, Sancho Garcés I de Pamplona que estaba siendo atacado por el califa Abd al-Rahman III, en represalia por la derrota sufrida por las tropas andalusíes en la batalla de Castromoros. El 26 de julio de 920 de nuevo se enfrentan la coalición navarro-leonesa con las huestes califales en el valle Valdejunquera, ante la fortaleza de Muez. La derrota de la coalición trae como consecuencia el cautiverio de los obispos de Salamanca y Tuy, Dulcidio y Hermogio, así como de su sobrino Pelagio que son trasladados a la corte califal.

Al cabo de tres años, Hermogio es puesto en libertad, quedando retenido Pelagio para garantizar el pago del rescate impuesto por Abd al-Rahman. El problema sobrevino al morir su tío, por lo que no fue posible cumplir el compromiso adquirido para su liberación. Tres años y medio va a ser el tiempo que Pelayo permanezca en cautiverio. Durante este tiempo su comportamiento fue “casto, sobrio, apacible, prudente, atento a orar, asiduo a su lectura”. Solía discutir también con los musulmanes sobre temas religiosos y pudo vivir en paz en prisión hasta que el príncipe de los creyentes andalusíes se encaprichó de él.

Placa situada junto al Pontesampaio, que recuerda a los héroes de la batalla desarrollada
en este lugar entre el 7 y el 9 de junio de 1809, durante la Guerra de la Independencia. (Foto: Paco Román)

Cuentan las crónicas que, durante un banquete, Abd al-Rahman le habría formulado, entre otras, las siguientes propuestas: «Niño, te elevaré a los honores de un alto cargo, si quieres negar a Cristo y afirmar que nuestro profeta es auténtico… Recibirás, si aceptas, el que tú eligieres entre estos jovencitos, a fin de que te sirva a tu gusto… sacaré también de la cárcel a cuantos desees…» A tales requerimientos, la respuesta de Pelagio, que por entonces contaba trece años y medio de edad, fue contundente: «Lo que prometes, emir, nada vale, y no negaré a Cristo; soy cristiano, lo he sido y lo seré, pues todo eso tiene fin y pasa a su tiempo…».

Según las mismas crónicas, al-Nā ir pretendió tener relaciones íntimas ṣ con el muchacho, quien lo habría rechazado en los siguientes términos: «¡Retírate, perro!. ¿Es que piensas que soy como los tuyos, un afeminado?…». No obstante este rechazo inicial, el Kalifa siguió requiriendo a Pelagio hasta que, cansado de tanta negativa, ordenó su tortura, posterior desmembramiento mediante tenazas de hierro, y que echaran los pedazos al río para evitar que los mozárabes cordobeses pudieran ofrecerle digna sepultura. No obstante, sus restos fueron recogidos de las aguas y enterrados en el cementerio de San Ginés, mientras que su cabeza fue llevada al de San Cipriano.

A partir del momento en que se conoce el martirio de Pelagio, se suceden los intentos por recuperar sus restos mortales. En nuestro artículo sobre Hasday ibn Shaprut, aludíamos a la novela titulada “El Camino Mozárabe”, de Jesús Sánchez Adalid, donde referíamos una parte de su trama, las gestiones realizadas desde el Kalifato para recuperar el corán de Abd al-Rahman. A cambio, el rey leonés, Radamiro II en la ficción, enviaba una expedición hasta Medina Azahara, presidida por la última reina de Galaecia, Goto Núñez, viuda de Sancho Ordóñez, reconvertida en abadesa del monasterio de Castrelo do Miño (Orense) para, entre otros encargos, intentar obtener noticias directas del martirio de Pelagio y recuperar los restos del joven, al que había conocido en su niñez.

La realidad histórica es que en el año 967, bajo el reinado de Ramiro III, los restos mortales de San Pelayo fueron trasladados desde Córdoba hasta León, donde fueron depositados en el monasterio que lleva su nombre. Posteriormente, entre 984 y 999, su cuerpo es trasladado a Oviedo, donde reposa desde entonces en el monasterio de las monjas benedictinas de San Pelayo de aquella ciudad. El hueso de uno de sus brazos se venera en el monasterio de San Pelayo de Antealtares, en Santiago de Compostela.

Llama la atención la proyección que en el mundo medieval tuvo el martirio de San Pelayo, ya que es santo patrón de un total de 38 poblaciones españolas, repartidas por Galicia, Castiya y León, Cantabria, La Rioja y País Vasco, existiendo una población con el nombre del Santo en el departamento de Córdoba (Colombia), fundada el 6 de mayo de 1777 por Antonio de la Torre y Miranda.

En nuestra ciudad, una calle que reclama una actuación urgente, recuerda su memoria, se encuentra situada en las inmediaciones del Santuario de la Fuensanta, con accesos por Cuesta de la Pólvora y avenida de Nuestra Señora de la Fuensanta.

Fachada principal del
Seminario Conciliar San
Pelagio. (Archivo Francisco
Román)

Como no podía ser de otra manera, son muy numerosas las instituciones religiosas, edificios, ermitas y parroquias que llevan el nombre de San Pelayo o San Paio. Sin ánimo de ser exahustivos, podemos destacar el Seminario Conciliar y el Seminario Menor Diocesano, ambos en nuestra ciudad. También se recuerda su memoria en el Seminario Menor de Tuy (Pontevedra). Ya hemos citados los monasterios de San Pelayo de Oviedo (Asturias), de Antares, en Santiago de Compostela (Coruña) y el desaparecido de León, hoy transformado en la Basílica de San Isidoro. También existe otro monasterio con su nombre en la localidad orensana de Abeleda.

Aspecto que presenta la calle Pelagio en su confluencia con la Avda. de Nuestra Señora de la Fuensanta (Foto: Paco Román)

Por último, hemos de anotar que también existe un puente dedicado a su memoria y que une las localidades pontevedresas de Puente Sampayo y Arcade, famoso porque allí se libró la batalla de Puentesampayo entre el 7 y el 9 de junio de 1809, durante la Guerra de la Independencia, donde todos los años se deposita una corona de laurel en recuerdo de los héroes de aquella refriega.

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