La Virgen de Agosto


Virgen
Imagen de la Virgen sitiada en la Meryem Ana Evi./Foto: Paco Román

El primero de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus, el Papa Pío XII, proclamaba el Dogma de la Asunción de la Virgen en los siguientes términos: “Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”. De todos modos, antes de que fuese proclamado el Dogma, la fe católica y la tradición en esta creencia se encontraba profundamente arraigada en el pueblo cristiano. De hecho la primera referencia la encontramos en un tratado apócrifo, De Obitu S. Dominae, que lleva el nombre de San Juan, aunque que pertenece al siglo cuarto o quinto.

Aspecto exterior de la Casa de la Virgen./Foto: Paco Román

En Asia Menor, en la península anatólica, la actual Turquía, existe una pequeña ciudad llamada Selçuk (se pronuncia Selchuk), región fértil anclada en lo que, en tiempos de San Pablo, fuera la desembocadura del río Caístro y el puerto de la antigua ciudad de Éfeso, cuyas ruinas se encuentran situadas a tres kilómetros de la ciudad. Pasando por la puerta superior de Éfeso, a unos 9 km. de distancia y a unos 400 m. de altura, en la montaña denominada Bülbül Dag, conocida en la antigüedad como el monte Pión, rodeada por una espesa vegetación arbórea, en medio de un auténtico remanso de paz, se encuentra la que, con el paso de los siglos se ha perpetuado entre musulmanes y cristianos, como la casa de la Virgen María, la Meryem Ana Evi -en turco-, la Madre María o la Panaya Kaulu, la capilla de la toda pura María, la concebida sin mancha original. Tan sólo una pequeña casa, con una fuente en forma de pez ante su fachada, anuncia la presencia humana en este lugar alejado del bullicio de la gran ciudad que fue Éfeso. Los Evangelios nos cuentan que Jesucristo crucificado encomendó su Madre a San Juan, y él se la llevó a esta ciudad, donde vivió los últimos años de su vida, retirada del mundo.

Gracias a las visiones de Ana Catharina Emmerick, en 1880 un sacerdote francés, el padre Gouyet, se dirige a Éfeso para constatar la veracidad de aquellos ensueños y para, quizás, descubrir los restos de la casita de Éfeso. Tras algunas investigaciones, el padre Gouyet llegó a un lugar conocido como Panaya Kapoulou, la «puerta de la Virgen». Efectivamente, hasta comienzos de la década de los sesenta del pasado siglo, existió en esta ciudad de Selçuk una pequeña comunidad griega que mantuvo vivo el recuerdo de la presencia en aquella región de María, celebrando cada 15 de agosto, “la dormición de la Virgen”, esto es, el Tránsito de Nuestra Señora. Ciertamente, aunque aquella casa no es un templo en el sentido estricto de la palabra, aunque no cabe duda de que la atmósfera que allí se respira invita a la oración, al recogimiento y a la introspección. Sendas fotografías de San Juan Pablo II y el Papa Emérito, Benedicto XVI, atestiguan su paso por este lugar tan singular. La pequeña estancia, apenas iluminada por unos cuantos focos y las velas de un lampadario, aparece presidida por una pequeña imagen de Nuestra Señora que invita a la oración a cuantos creyentes aciertan a pasar por aquel lugar.

Dentro de dos días volveremos a celebrar la festividad del Tránsito de Nuestra Señora, la Virgen de Agosto o la Virgen de Acá, para los vecinos del barrio de San Basilio, y pensando en esta solemnidad se me viene a la cabeza el modo como nuestros bisabuelos celebraban este Dogma de fe. Allá por 1919, Ricardo de Montis escribía, con no poca nostalgia -habría que ver lo que diría si levantara la cabeza- lo siguiente: “Día de gran fiesta y de verdadero júbilo para el pueblo de Córdoba era, en otros tiempos, el 15 de Agosto, dedicado por la Iglesia a conmemorar el misterio de la Asunción de la Virgen”. Efectivamente, eran otros tiempos en los que los campesinos de la ciudad, llegados desde sus tajos para pasar unos días de holganza con la familia, vestían sus mejores galas para señalar que aquel, era un día grande. La población se movilizaba en torno a dos templos, el de San Agustín y el de San Basilio, porque en ambos se rendía culto a sendas imágenes de Nuestra Señora del Tránsito y en ambos se celebraba la correspondiente procesión. Además, la conmemoración religiosa tenía su correlato con la correspondiente celebración lúdica, organizándose tres verbenas en honor de Nuestra Señora, dos en los barrios ya citados donde «los mozos obsequiaban a sus novias y amigas con los ‘higochumbos’ o los olorosos ramos de jazmines»; y una tercera ante la Virgen de los Faroles donde, además, podían degustarse las dulcísimas arropías de Matea y sofocar la sed «con agua tan fresca y exquisita como la del caño gordo». En ninguna de estas verbenas faltaban los pequeños puestos de toscos juguetes, donde no podían faltar las tradicionales campanitas de barro, cuyo recuerdo todavía pervive en la Velá de Nuestra Señora de la Fuensanta.

Nuestra Señora, la Virgen de Acá para el vecindario de San Basilio./Foto: Paco Román

En cuanto a las procesiones, de Montis destaca la solemnidad y brillantez de la que se celebraba en San Agustín, aunque la de San Basilio, igualmente esplendorosa y digna, gozaba de un carácter más típico y popular. En ella, los vecinos del barrio se disputaban el honor de acompañar a la Virgen, bien portando sus andas, bien alumbrando el recorrido con un cirio y todos engalanando balcones y fachadas «a guisa de colgaduras, ya la colcha blanca de ganchillo o la de lienzo rameado de vivos colores; ya el vistoso mantón de Manila, ya la sábana llena de encajes y bordados».

Durante el recorrido procesional por las calles del Alcázar Viejo, éstas se veían inundadas de sonidos y ruidos, ensordecedores pero simpáticos y agradables, donde el repique de las campanas de la parroquia era contestado por el estallido de los cohetes; las notas de la banda de música encontraban su contrapunto en los gritos de los vendedores de papeletas para la rifa de un par de pichones, un borrego o el melón de descomunal tamaño, cuyo producto iba destinado al culto junto con las monedas recogidas en los cepos que, conveniente mente agitadas por los postulantes, provocaban un constante tintineo al paso de la comitiva. A todo ello, se unía «el continuo clamoreo de la turba de chiquillos exclamando en todas partes: ¡Viva la Virgen de acá!».

Campesino cordobés de finales del siglo XIX.
(Foto J. Laurent, Archivo de Francisco Román)

Lamentablemente, en nuestros días, la celebración de la Asunción de la Virgen se ha transformado en el “el puente de agosto”, la fecha que marca el punto álgido de las vacaciones estivales; es la “Virgen de Agosto” en el mejor de los casos. Corren malos tiempos para la fe sencilla y la alegría sana. Menos mal que, para quienes vivimos y amamos la Semana Santa, nos queda el consuelo de que la celebración de la Virgen del Tránsito, en su barrio de San Basilio, aunque no reviste el esplendor de antaño, supone el punto de encuentro donde todos acudimos para iniciar, de facto, el nuevo año cofrade.

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