Martínez Cerrillo, el hombre que fue lo que Córdoba quiso que fuera


Cerrillo
Fotomontaje con las grandes devociones de Juan Martínez Cerrillo./Foto: Paco Román

 

Con más pena que gloria, como Córdoba suele hacer con sus hijos más preclaros, en la zona del Brillante, se encuentra la calle Escultor Martínez Cerrillo. Un enclave que, con todos mis respetos, no se merece Juanito, por la sencilla razón de que no tiene nada que ver con él, ni con su vida personal, con su trayectoria profesional o con el legado que nos dejó. Ese es el triste homenaje de la ciudad que acogió, casi desde su más tierna infancia, al referente de la imaginería procesional cordobesa contemporánea, sin cuyo concurso, la Semana Santa actual sería impensable. ¿O es que, a caso, podríamos imaginar un Domingo de Ramos sin el revoloteo de esos corazones infantiles cuando pasan bajo la ojiva de San Lorenzo escoltando al Señor de la borriquita; o la alegría de sus nazarenos de gitano y esperanza? ¿O un Lunes Santo sin el empaque del Señor de los letrados? ¿O un Martes Santo sin la algarabía propia de un colegio salesiano escoltando a su Auxiliadora derrochando piedad? ¿Y el Miércoles Santo? ¿Qué sería del Miércoles Santo sin su Paloma de Capuchinos repartiendo paz y humildad por los cuatro puntos cardinales de esta Córdoba desmemoriada, cainita y tabernaria que, en más de una ocasión, ha pretendido negarle el pan y la sal? Nada de esto sería posible sin el concurso de este hombre sencillo, humilde y profundamente humano que fue Juan Martínez Cerrillo.

Juanito el escultor, como cariñosamente era llamado por todos cuantos tuvimos la suerte de conocerlo, nace en Bujalance el 4 de abril de 1910. Desde muy pequeño da muestras de una capacidad innata para el dibujo, el modelaje y todo lo que se relaciones con el arte por lo que, en 1923; la familia decide venirse a Córdoba para que ingrese en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos “Mateo Inurria”. A lo largo de cuatro años, cursa estudios de Historia del Arte, Dibujo artístico y Composición Decorativa, realiza dos cursos de Pintura y uno de Modelado. En esta institución se inicia en la técnica del guadamecí, artesanía que practicará a lo largo de toda su vida artística. En estos años de estudio compagina su labor formativa con el trabajo de operario y aprendiz en el taller de Rafael Díaz Fernández, donde aprende la restauración de obras de arte y en particular de imágenes antiguas. Una vez finalizados sus estudios impartió clases de dibujo en el Colegio Cervantes, aunque su vocación estaba claramente definida por su deseo de trabajar como imaginero, vocación que se veía complementada por el mejor de los apoyos imaginables: su gran fe, porque si algo define como persona a Juan Martínez Cerrillo es su religiosidad cimentada sobre principios sólidamente arraigados, lo que le permitirá insuflar a sus esculturas ese toque imprescindible para convertirlas en imágenes devocionales, especialmente sus vírgenes delicadas de facciones y mirada profundamente maternal, a caballo entre la primera juventud y la madurez que provoca el dolor y los sinsabores de la vida. Sin embargo, en aquellos primeros años en los que el artista todavía no acababa de definir su rumbo vital, Juan necesitaba de un empujón que fuera el detonante para iniciar su carrera como imaginero, y éste vino a consecuencias de su viaje a Sevilla donde se deleitó con los desfiles procesionales del Jueves y la Madrugá del Viernes Santo. La contemplación de aquella explosión de barroquismo de la mano de maestros tan insignes como Montañés, Mesa, Ruiz Gijón o la Roldana lo impulsó a realizar una dolorosa de tamaño más pequeño del natural, que regaló a su madre. Esta primera imagen le abrió las puertas a nuevos encargos.

Óleo sobre table de una vista del patio de su casa de San Rafael./Foto: Archivo Paco Román

Gran devoto del Señor del Calvario, hasta el extremo de ser amortajado con el hábito morado de la corporación de San Lorenzo, colaboró activamente con esta Hermandad, de cuya Junta de Gobierno llegó a ser vice hermano mayor, para la que diseñó y ejecutó, con la ayuda de un grupo de jóvenes del barrio, un paso de palio para la imagen de Nuestra Señora del Mayor Dolor y Esperanza -hoy María Santísima Nazarena-, que durante los años de la contienda civil y primeros de la posguerra fue la titular mariana de la cofradía. Curiosamente, de sus gubias salió la primera imagen de Nuestra Señora del Mayor Dolor que no gustó a la Hermandad, y hoy es la titular mariana de la Cofradía de los Estudiantes de Jaén, conocida popularmente como “La Virgen de los Clavitos”.

De izquierda a derecha: Francisco Román Cano, Don Ángel Mateos y Martínez Cerrillo./Foto: Archivo Paco Román

Hombre polifacético, amable, cercano y siempre de buen humor, en nuestra capital, fue el protagonista indiscutible de los años más difíciles de la España triunfal. Su taller de la plaza de San Rafael, al cobijo protector del Arcángel Custodio, siempre fue un hervidero de cofrades y de amigos que acudían a su estudio para conocer el estado de sus encargos, para concertar nuevas obras con que engrandecer el patrimonio de sus hermandades o simplemente para disfrutar de un rato de charla amable, sosegada y siempre chispeante. En aquel templo del arte, lo mismo “recibían culto” las tallas de más unción que las imágenes de patios, paisajes o procesiones de Semana Santa plasmadas con luminosa paleta de color y pincelada suelta y decidida. También el guadamecí, de profundas raíces mahométicas, lo mismo era transformado en oración a San Rafael que reproducía la extensa iconografía del maestro Romero de Torres. De espíritu inquieto, diseñó el guión procesional de la Hermandad de la Esperanza, fue vestidor de las imágenes que habían salido de sus manos, creó aquellas famosas velas rizadas para las que utilizaba patatas como molde. Recuerdo imborrable de aquellos años de la plaza de San Rafael, fueron sus celebrados belenes con los que nos deleitaba a la chiquillería del barrio, con aquellas escenografías de luces cambiantes y realizadas con papel de estraza, salpicado de una amplia gama cromática, consiguiendo de este modo el efecto de las montañas.

En fin, necesitaríamos muchos gigas de memoria para exaltar la figura de Juanito, un gran artista pero sobre todo, un hombre bueno.

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