Cuando hay voluntad, siempre hay camino


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Arranque del Camino Primitivo en Oviedo. /Foto: Paco Román

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar…
Con la llegada de la primavera, después del Camino que suponen las estaciones de penitencia de nuestras hermandades penitenciales, la Córdoba cristiana se pone en camino: Santo Domingo de Scala Coeli, Nuestra Señora de Linares, la Virgen de la Cabeza o el Rocío, constituyen hitos hacia donde sus devotos dirigen sus miras, sus corazones y sus pasos: Se disponen a peregrinar.
La idea de camino siempre implica el logro de un objetivo, de una meta que, en unas ocasiones tienen carácter físico y real: el trayecto que une Córdoba con Sevilla; mientras que en otras tiene carácter puramente moral o espiritual: búsqueda de la felicidad o de la perfección. En opinión del antropólogo y teólogo gallego Manuel Mandianes, en su libro titulado “El Camino del Peregrino”, la peregrinación nace de la propia naturaleza viajera del ser humano, y el principal motivo que hoy impulsa a miles de personas a realizar el camino es la necesidad de buscar lo absoluto y una conexión con el más allá.
A lo largo de la Edad Media surgen con fuerza tras caminos que aúnan el mundo de lo físico con la espiritualidad, nos estamos refiriendo a Roma, donde se peregrina para postrarse ante la tumba de San Pedro. Sus seguidores recibían el nombre de romeros y eran identificados porque llevaban una cruz. La segunda ruta era la que conducía a los Santos Lugares de Jerusalén, quienes la recorrían eran conocidos como palmeros, porque eran identificados por portar una palma, en alusión a las que utilizaron los judíos cuando recibieron a Cristo en el preludio de la Pascua. La tercera de estas rutas fue la ruta Jacobea que culmina en Santiago de Compostela, ante la tumba de Santiago el Mayor. En este caso, quienes realizan el camino son denominados peregrinos y se les identifica por la concha de vieira.
Vamos a centrarnos en este último por ser un camino que, en los últimos años, ha adquirido una notoriedad que no se recordaba desde los días álgidos de sus inicios.
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Grupo de peregrinos a la salida de Arzúa (La Coruña)./Foto: Paco Román

Cuenta la tradición cristiana que Santiago visitó la Hispania romana en su periplo evangelizador y que en un momento de desánimo, fue la propia Virgen María la vino a la península para confortarlo. Para ello habría navegado en una barca de piedra arribando a la localidad de Muxía, en la Costa da Morte, donde recibe culto bajo la advocación de Nuestra Señora de la Barca. Según esa misma tradición, una gran piedra que existe a los pies del santuario habría sido la nave utilizada por María.
De acuerdo con el libro de los Hechos de los Apóstoles, Santiago es condenado a muerte y decapitado por orden del Rey de Judea Herodes Agripa I, lo que situa el momento del martirio entre los años 41 y 44. De nuevo es la tradición la que cuenta que las reliquias llegaron en una barca de piedra hasta la localidad de Iria Flavia, actual Padrón, donde en la iglesia de Santiago se conserva un cipo de época romana, conocido como “El Pedrón”, donde sería amarrada la nave, origen del nombre actual de la población. Parece ser que hacia el año 812 ó 813 un ermitaño llamado Pelayo o Paio dijo haber visto una estrella posada en el bosque Libredón. Se lo comunicó al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, fueron allí y descubrieron en la espesura la antigua capilla donde se encontraban las reliquias atribuidas al apóstol. La noticia se difunde y llega hasta Asturias, donde reina a la sazón Alfonso II, (c. 760–842), apodado el Casto, quien peregrina hasta allí con su corte y manda construir una primera iglesia en el lugar donde, según la tradición, reposan los restos del apóstol Santiago. Para finales del siglo IX la devoción jacobea se ha extendido por la Europa cristiana, lo que hace que dos siglos después el número de peregrinos aumentara considerablemente gracias a los flujos económicos y culturales que se establecen entre los distintos reinos europeos. Siguiendo esta vía, la Península se incorpora a las corrientes artísticas de la época, primero el románico y luego el gótico, así como a las distintas expresiones artísticas y reformas monacales del medievo, muy especialmente la cluniaciense, que establece toda una red de monasterios en lo que hoy conocemos como el Camino francés. Después del siglo XIV el Camino de Santiago pierde el esplendor de los siglos anteriores y, a pesar de que muchos creyentes siguieron acudiendo hasta la tumba del Apóstol, poco a poco, fue cayendo en el olvido. No será hasta mediados del siglo pasado, tras la creación del Ministerio de Información y Turismo en 1952, cuando la Ruta Jacobea dé sus primeros pasos para su resurgir como vía de comunicación, especialmente con la llegada de Fraga Iribarne al Ministerio, en 1962, cuando el turismo pasó a convertirse en uno de los principales motores de la economía española y el Camino de Santiago recibió el empujón definitivo, hasta llegar a la realidad actual en la que año a año se van superando las cifras de peregrinos.
“El Pedrón”cipo en el que, según la tradición, fue amarrada la nave en la que viajaron los siete discípulos que trajeron hasta España el cuerpo de Santiago del Zebedeo. Iglesia de Santiago en Padrón (La Coruña)./Foto: Paco Román

Tanto para iniciados como para neófitos, el arranque de cada Camino siempre se presenta incierto, aunque pletórico de esperanzas, preñado de anhelos por satisfacer, trufado de momentos para meditar y rezar, repleto de sendas por descubrir, abarrotado de gentes por conocer, sembrado de edificios para visitar, y, ¿por qué no?, salpicado de lugares donde descansar y compartir las vicisitudes de la jornada.
A pesar de lo que pueda parecer, el Camino no requiere un esfuerzo sólo reservado para una élite de elegidos, más bien al contrario, cada día nos sorprende con peregrinos que pasito a pasito, sufriendo cada recodo, peleando con el desaliento, superando sus propios límites, cumplen las etapas al mismo ritmo que quienes presentan mejores condiciones físicas, sólo es cuestión de voluntad, de mentalización y de disposición para superar las dificultades, de manera que una etapa de 15 kilómetros, si al final se alarga hasta los 17, esos dos kilómetros de más acaban convirtiéndose en eternos; y al contrario, si nuestra mente está predispuesta para andar cuarenta kilómetros en una etapa, nos sorprenderemos culminándola pletóricos de fuerza. De hecho, el Camino va preparando al peregrino conforme avanza en su caminar, haciéndolo cada día más fuerte. Por esta razón, el Camino de Santiago no deja indiferente a nadie, independientemente de los motivos que haya impulsado a cada uno a realizarlo.
Como afirma Manuel Mandianes en el libro antes citado, “Todo peregrino sufre una profunda transformación… Todo el mundo se plantea preguntas fundamentales para las que encuentra respuesta durante su peregrinaje”. Lo realmente duro es hacerlo en soledad profunda, consigo mismo.

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