Un paseo por Córdoba


San Lorenzo contempla el paso del Señor de los Esparragueros.
Década de 1940. (Archivo de Paco Román)

Nunca se me borrarán de la memoria aquellas palabras de mi padre cuando me contaba lo que para él significaba la conjunción Córdoba y Semana Santa. Siempre me decía, con la satisfacción de sentirse alguien muy especial por ser cordobés que, llegadas esas fechas Córdoba comienza a dibujar su paisaje con los tonos cálidos, brillantes y vitales que lucirán con todo esplendor, un poco después, cuando estalla ese insuperable mes mayo que la hace única. La Semana Santa, me decía, viene a ser su antesala de luces, colores y olores, cuando el blanco inmaculado del azahar se mezcla con las volutas del incienso; las primeras luces del atardecer por el puente romano, como si de un rey Midas se tratara, visten de oro la arquitectura milenaria que romanos, musulmanes y cristianos nos legaron; en la calle los más jóvenes, entre risas y miradas más o menos indiscretas, comienzan a experimentar los primeros hormigueos del juego amoroso; son fechas en las que el “quejío” de las cornetas se funde con el ritmo de los tambores para realzar el lamento por martinetes o siguiriyas de la saeta; en fin, concluía, te estoy hablando, sentenciaba, de la vida que renace con fuerza.
También me insistía en uno de los elementos fundamentales de la fiesta, en el escenario, de cómo Córdoba se transforma -siempre apuntaba con sorna que los más cursis dicen que en la “Jerusalén celestial”- para vivir con esplendor la semana de pasión. Para ello siempre hablaba de un rey, para unos invasor, para otros santo. En concreto se refería a Fernando III de Castilla, San Fernando, bajo cuyo reinado e influencia esta ciudad vio crecer sobre su solar uno de los conjuntos arquitectónicos más bellos y característicos de la arquitectura medieval española, que conocemos como “iglesias fernandinas”; templos construidos sobre los cimientos otros templos porque siempre ha sido así, todos unidos por el mismo cordón umbilical pero dotados de personalidad e individualidad propia. Esta es la escenografía ante la que año a año se desarrolla la acción, una acción trepidante y cambiante a la vez que serena y sosegada: aquí un cuerpo de nazarenos eleva al cielo sus afilados capirotes; poco más allá el incienso juega con las formas retorciéndose en piruetas infinitas e imposibles; algo más lejos se acerca un ascua de luces titilantes acariciando el rostro de una dolorosa bajo palio. Detrás, silenciosos, solemnes y casi imperecederos, están esos templos. En San Agustín, la mole del envoltorio fernandino, seria y contundente por fuera, acoge una de las más delicadas expresiones del barroco cordobés, donde sabiamente se conjugan la aspereza de la piedra con la blancura de la cal, y sobre ello color desbordante en forma de frescos. En la antigua basílica de San Zoilo, hoy parroquia de San Andrés, su torre barroca se retuerce sobre su eje para participar activamente en la fiesta. Un poco más adelante sendos bucles de incienso, transformados en columnas salomónicas, flanquean una de las entradas al templo dedicado al apóstol de los gentiles, actuando como mudos chambelanes cada vez que pasa junto a ellas la imagen más señera del más universal de los imagineros barrocos cordobeses: Juan de Mesa. Aires morunos otean el horizonte en San Nicolás de la Villa – hubo otro San Nicolás en la Ajerquía pero éste desapareció víctima de la incultura y la desidia – pieza única de una arquitectura que no duda en utilizar la planta de cruz griega para acomodarse a un espacio, en tiempos recoleto, hogaño bullicioso y comercial. Presidiendo la antigua calle del Sol, hoy de Agustín Moreno, la más austera de las torres fernandinas, asentada sobre un antiguo alminar musulmán, dedica sus tres naves y pórtico al Patrón de las Españas, a Santiago, ese que mataba moros sobre brioso alazán blanco. Muy cerca de allí, está la basílica menor de San Pedro, con robusta fachada en la que se mezclan sabiamente el románico de sus contrafuertes con el neoclásico del frontispicio que, a modo de retablo pétreo, da acceso al templo. No muy lejos de este lugar, un sencillo arco de medio punto se abre al compás del antiguo convento dedicado a San Francisco de Asís, remanso de tranquilidad arrullado por el agua y aromatizado por el azahar. En lo alto de su fachada, la figura del rey conquistador preside el espectáculo que se desarrolla a sus pies. Dando un salto en el espacio me llevaba a Santa Marina, barrio con sabores toreros y piconeros por el que, en la noche del Jueves Santo, los espectros de los maestros Lagartijo, Guerrita o Manolete se mezclan con los más humildes de tiznaos de la talla del Pilindo, el Manano o el Retor, acompañando a su Señor Caído. Allí nos vamos a encontrar con otro templo de voluptuosos contrafuertes, a caballo entre el lugar sacro y el reducto más inexpugnable. Para el final siempre dejaba al que, en su opinión y en la mía, consideraba el lugar más mágico y maravilloso de cuantos existen en nuestra ciudad: San Lorenzo. Su antiguo párroco, Don Antonio Gil, dice que es como un barco varado en medio de la ciudad, como un faro iluminando la vida de los fieles, pero para mi padre, además de eso, era la sencillez y la elegancia elevada a lo sublime: su torre, esbelta y elegante como pocas, marca el camino a los figurantes en el drama barroco que se desarrolla a sus pies, mientras que las arcadas de su pórtico de entrada invitan a contemplar la magnificencia de un interior sublimado por la luz que proyecta su pétreo rosetón, provocando en los corazones de cuantos contemplan este espectáculo un sentimiento de pequeñez e insignificancia.
Cristo resucita por San Agustín./Foto: Paco Román

Entre templo y templo calles con nombres tan sugerentes como las del Poyo, Bailío, Cabezas, el Portillo o San Zoilo, habitualmente angostas y ajustadas, parecen ensancharse milagrosamente para acoger a nazarenos, pasos y público, para que fluyan con serenidad y sosiego como suaves mareas mecidas por el mar. Por el contrario, calles de la fragancia como la que recuerda a San Fernando, o avenidas que hablan de toreros, de antiguos oficios o que son escaparate de la arquitectura más contemporánea, cuando llega la Semana Santa parecen acercar sus fachadas para acoger con la intimidad que merece el espectáculo que se desarrolla ante ellas. Esta es Córdoba, así vive su Semana Santa y este es su marco, el que nos legó la historia. Un escenario de jazmines y nardos, noches de ensueño, magnolias en flor, callejas bañadas de luna, rejas floridas, inciensos y azahares. Y siempre concluía de la misma manera, entre paso y paso, entre emoción y emoción, una copa de vino con una tapita de bacalao frito siempre te aclarará la garganta y te aventará el corazón.

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