La Feria de Mayo: Siete siglos de tradición cordobesa


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Feria de Nuestra Señora de la Salud./Foto: Archivo de Paco Román

Por Real Privilegio otorgado por Sancho IV al Concejo de la ciudad en 1284, Córdoba, disfrutaba de dos ferias francas dedicadas a la venta de ganados y productos agrícolas, cuyas fechas de comienzo eran los primeros días de Cincuesma (Pentecostés) y primero de Cuaresma, con una duración de quince días cada una. Posteriormente, a partir de 1422, la feria de Cincuesma comenzó a celebrarse con carácter fijo en los primeros días de mayo. En 1492, mediante un arancel dado en Zaragoza, los Reyes Católicos ratifican la celebración de ambas ferias, fijando el primer día de cuaresma y el primero de mayo para la celebración de cada una de ellas. Por fin, en 1566, Felipe II, confirma el privilegio otorgado por Sancho IV.
En 1665, un hecho milagroso tiene lugar extramuros de la ciudad, frente a la Puerta de Sevilla. Dos labradores, Simón de Toro y Bartolomé de la Peña encuentran una pequeña imagen de la Virgen en un pozo, cuyas aguas devuelven la salud a cuantos enfermos las toman. Para conmemorar tal hallazgo se construye una pequeña ermita junto al pozo y comienza a celebrarse una velada en los primeros días de la Pascua de Pentecostés que, con el transcurso del tiempo es transformada en feria por el Concejo de la ciudad, que se acoge al referido Privilegio.
En 1803, la feria se traslada a las proximidades de la Puerta de Gallegos, con el fin de acercarla a la plaza de toros que por aquellas fechas se encontraba situada en el Campo de la Merced, aunque no será hasta 1820 cuando se fije con carácter definitivo su lugar de celebración, en los terrenos del llamado Campo de la Victoria, anejos al exconvento del mismo nombre. Posteriormente, ya en 1866, el Ayuntamiento compra el antiguo cenobio para demolerlo y ampliar de este modo el terreno destinado para la feria, pues, por estas fechas, ya se había quedado pequeña.
Tras diversos contenciosos entre la Hermandad de Labradores y los comerciantes de la ciudad en 1905, el Ayuntamiento establece la fecha del 25 de Mayo como comienzo de la tradicional feria cordobesa. Un hito en el alumbrado público de Córdoba es la electrificación de La Feria. Tuvo lugar en 1924 y la Memoria editada por el Ayuntamiento lo hace constar así: “En la ornamentación del Campo de la Victoria, se han utilizado elementos nuevos, constituyendo la principal mejora, la sustitución del alumbrado de gas, por el eléctrico. Millares de lámparas, con pantallas de papel de colores, pendientes de cordones, cruzaban en todas las direcciones, los paseos, con guirnaldas de flores luminosas, le daban un aspecto verdaderamente fantástico”.
¿Cómo era la feria de antaño? Jiménez Lora realizaba la siguiente descripción en El Comercio de Córdoba, correspondiente a la feria de 1934:
«…En el llano donde hoy donde se asientan los jardines del Duque de Rivas, frente a los pabellones, se instalaban las barracas de espectáculos, las buñolerías, cerrado el marco por la larga fila de casetas de juguetes, de dulcerías y de joyas, que se extendían también por la otra acera de casas del Paseo de la Victoria.
Se decoraba vistosa y artísticamente la Puerta de Gallegos, y de noche, la iluminación menos espléndida que ahora, envolvía el paraje en un tono un tanto crepuscular y poético de noche serena y andaluza bajo el plenilunio del florido Mayo…»
Mientras que Antonio Ramírez López, director de la citada publicación, en la correspondiente a mayo de 1935, capta de esta forma el ambiente de feria:
«…Mañanas de mercado con sus escenas típicas de tratos, picardías y gracejo gitanos; desfile de caballos piafantes, coches enjaezados, automóviles señoriales, jinetes flamencos, amazonas tocadas con el castizo sombrero cordobés, jacas postineras de Cañero, tenduchos de trajinantes y toda la confusa algarabía del ferial, con sus imprecaciones y sus risas, sus pregones o cantares, bajo un sol deslumbrante […] Los botijistas -forasteros llegados a la ciudad por ferrocarril, en convoyes especiales denominados “trenes botijo”- invaden los paseos; háblase de toros y toreros. En la aristocrática Caseta de la Amistad suena el jazz-band, a cuyo ritmo las parejas bailan incasables; […] en el fino cristal de las copas fulge la esmeralda de nuestros vinos que inyectan en las venas calor, alegría y elocuencia; ante los ojos atónitos desfilan esculturas femeninas, luciendo los primeros trajes de verano […] y por último las noches tibias y primaverales en que la feria refulge como viva ascua de oro […] No es aquella Córdoba plácida y serena de Séneca ni la discreta de Baroja; es la ciudad hirviente, pasional y andaluza que se transforma, por arte mágico, en estos días, inyectando en sus venas el virus del vértigo y la savia de la jovialidad y la alegría…»
Desde 1820 hasta 1993 la feria se celebrará en estos terrenos, si bien los últimos años de su ubicación en el corazón de la ciudad, resultó sumamente conflictiva, tanto por el colapso que provocaba, como para los vecinos de la zona que tenían que sufrir estoicamente la semana que duraba a fiesta. Con el fin de resolver los problemas que venían planteándose, en 1994, la feria se traslada a su ubicación actual en el Arenal. En total fueron 128 años los que el Paseo de la Victoria acogió a esta feria, bien es cierto que con algunos cambios en su emplazamiento ya que, a comienzos de la década de los sesenta, se asentaba en las proximidades de Vista Alegre, pasando después a los Jardines de la Victoria, propiamente dichos. En la década de los setenta, debido al incremento del número de casetas, el recinto ferial fue ampliado con los Jardines de la Agricultura, mientras que en la década de los ochenta se dejaba libre esta zona para ampliar la feria por los Jardines de Conde de Vallellano, situación que permanece inalterable hasta su traslado al Arenal.
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Portada de la Feria de Nuestra Señora de la Salud./Foto: Paco Román

Con el traslado a su ubicación actual, la feria va a ganar en monumentalidad, especialmente en la portada que, los primeros años va cambiando siempre sobre la base de los arcos de la mezquita y la torre de Hernán Ruiz, aunque al final se optó por mantener la portada que todos conocemos en la actualidad, a fin de abaratar costes. También se vio aumentado el espacio destinado a la denominada “Calle del Infierno”, así como el destinado a casetas, aunque en los últimos años venimos asistiendo al lamentable espectáculo de que su número va en constante reducción debido, tanto al elevado costo que supone el montaje de una caseta, como al incremento del nivel de exigencia por parte de las autoridades encargadas de que la fiesta se desarrolle con los máximos niveles de seguridad para la ciudadanía.
Por otra parte, el traslado de la feria al recinto del Arenal ha traído consigo un notable cambio en los usos y las costumbres de los cordobeses, lo que ha provocado la aparición de las llamadas discocasetas, frente a las que se han posicionado las denominadas casetas tradicionales. Frente a las clásicas sevillanas, las músicas latinas o provenientes de otros lugares del planeta se han ido haciendo un hueco, degradando en gran medida la celebración tradicional. Si a ello unimos los macrobotellones, si no autorizados sí consentidos por los distintos gobiernos municipales, que han preferido mirar para otra parte, el panorama que se dibuja sobre la feria de Nuestra Señora de la Salud, comienza a llenarse de demasiadas sombras.

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