¿Cómo era la vida cotidiana en las casas de patio?


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«…estar juntos y hablar de lo que sea…» (Archivo: Paco Román)

Para concluir esta serie de artículos sobre los patios cordobeses, vamos a referirnos a la vida cotidiana en las antiguas casas de vecinos. Para ello acudimos al periodista cordobés, Ricardo de Montis y Romero (1871-1941) quien realiza un magistral retrato de la Córdoba del último tercio del siglo XIX y primero del XX a través de sus crónicas, luego recopiladas en sus famosas “Notas Cordobesas. Recuerdos del pasado”: Personajes, situaciones, costumbres, paisajes, acontecimientos históricos y cotidianos, nada escapa a su aguda pluma por lo que la casa cordobesa será objeto de varios artículos en los que es descrita con exquisita riqueza y precisión.
Imagen muy ajustada a la realidad de nuestras casas de vecinos de mediados del pasado siglo, aunque aplicable a épocas precedentes e incluso posteriores, nos la ofrece el periodista Sebastián Cuevas, en su novela titulada “La Casa de los Muchos”, obra de corte costumbrista, en la que relata las peripecias vitales de cincuenta y ocho familias que vivieron en esa popular casa, que estuvo situada en Campo Madre de Dios y que desapareció con la urbanización del conocido entonces como “Polígono de la Fuensanta”. Por ella desfilan, como señala el propio Cuevas, todo un enjambre de “menestrales y humildes” aunque sin rencores, en un abigarrado fresco de la Córdoba popular y marginal.
Para Ricardo de Montis la casa cordobesa es como un «…viejo caserón, bañado constantemente por el sol y perfumado por las brisas de la Sierra, donde se vive en familia (…) Porque todos los moradores de cada una de esas casas constituyen una verdadera familia, heterogénea y numerosa, unida por los vínculos del afecto.». Cuando esto escribía se lamentaba de que estas casas típicas solamente se encontraban en los “barrios bajos” de la población que, por entonces, comenzaba a sustituir la vivienda tradicional por los modernos bloques de apartamentos. En términos muy parecidos describe Cuevas su Casa de los Muchos, que fue un «…corral o casa de vecinos donde vivimos la gente que circulamos en esta historia…». La vecindad se distribuía en torno a once patios cuyas paredes estaban cuajadas de «…arriates con sus yuerbaluisas y sus jazmineros y sus miramelindos y sus geranios que durante el día equilibran los tufos. Cuando llega la noche y se echan las pestes ya es una gloria con la querella de la brisa con las damas de noche y los dondiegos». Las habitaciones donde se apiñaba aquella variopinta corte de los milagros eran denominadas «…salas, por engrandecer las cosas y que, en realidad, son un cuarto-alcoba separados por una cortina ajerezada a rayas azules y blancas, como los colchones.».
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El pozo era un elemento central dentro de la geografía
de las casas de patio. (Archivo: Paco Román)

Entre el variopinto paisanaje que poblaba las antiguas casas de vecinos, aparecía en lugar destacado “la Casera”, de quien anota con fina ironía que «… para el desempeño del cargo que ejerce impúsose la mujer al hombre mucho antes de que se hablara de feminismo…». Entre sus funciones destacaba el cierre de la puerta de la calle así como la organización de la mayoría de los servicios y faenas de la casa: cada sábado le tocaba a una vecina barrer la puerta, cada semana se asignaban las vecinas que podían utilizar la pila para el lavado de la ropa, cada mes se daban bajeras a la fachada, cada noche encender el farol del portal, cada vez que se rompía la soga del pozo sustituirla por una nueva y, en general, todo lo que afectaba a la convivencia diaria de la comunidad. A este respecto es ilustrador el siguiente párrafo extraído de obra de Sebastián Cuevas: «…y las mujeres sacaron las escobillas de blanquear y los cubos de cal, que se apagó más de un saco en una pila, y sacaron las brochas de pintar de aceite la cinta de la losa y la ‘Casa de los Muchos’ entró otra vez en su paz y los niños reemprendieron sus juegos y al llegar la noche del domingo todo era contentamiento…».
En su recorrido por la casa de patio tradicional, Montis señala que en la misma existían dos dependencias que destacaban sobre las demás: la habitación más amplia del piso bajo que tuviera ventanas a la calle y el patio. En el primero de los casos, el inquilino estaba obligado a cederla en determinadas ocasiones, tales como la erección de altares para el Jueves Santo, la instalación de cruces de Mayo, o para celebrar velatorios, era el “escaparate” a través del cual la vecindad mostraba al exterior su rica vida interior.
En cuanto al patio, es descrito como una mezcla de jardín y huerto «… encanto de los extranjeros y admiración de los artistas…» en el que sus paredes aparecen cubiertas de «…enredaderas trepadoras, verde yedra y olorosos jazmines; en su frente elévase el macetero, pirámide esbelta llena de flores, que sirve de nido á polícromos insectos y delicadas mariposas; en los arriates que lo rodean hay bellos rosales y frondosos dompedros; en el suelo una alfombra de manzanilla; en la tosca balaustrada de madera, pintada de azul rabioso, que limita la galería del piso alto, innumerables jarras llenas de claveles reventones…». En las fechas que describe Montis, finales del siglo XIX y comienzos del XX, la presencia del dompedro, tanto en los patios como en las fachadas de las casas, era muy frecuente con sus características flores blancas, amarillas, violetas y jaspeadas. Presentaban pavimento de menudas piedras, formando artísticas labores, conocidas como enchinado cordobés. Entre las plantas que lo exornaban, amén de las ya citadas, aparecen los naranjos, el jazmín, el rosal de pasión y el aromo, especie de acacia con ramas espinosas cuya flor es la aroma; los arriates de alelíes, copetes, llagas de Cristo conocidas también como capuchinas, tacos de reina, espuelas de galán, flor de la sangre, marañuela, mastuerzo de Indias o pelón, albahaca «…y otras muchas plantas y flores que ya pasaron de moda, sin que faltaran las yerbas medicinales como las malvas y la uña de león para cicatrizar las heridas…».
Con la llegada del verano y a la entrada del invierno, habitaciones, patios y corrales eran blanqueados con “purísima” cal de Cabra que, en opinión de Montis desinfectaba «… mejor que muchos de los usados en la actualidad y la fachada también blanquábase en los días próximos a la Semana Santa o a la festividad del Corpus Christi…». El patio actuaba como centro vertebrador de la vecindad, además de servir como punto de iluminación y ventilación y buen atemperador de los rigores climáticos, especialmente durante la canícula estival. A él daban todas las estancias de la casa y allí se realizaba buena parte de la vida diaria: lavado y secado de la ropa, preparación de las comidas en las cocinas comunales, etc. De nuevo, es Sebastián Cuevas quien nos ilustra esta realidad: «…La casa olía, como habitualmente, a guisos encontrados, donde la nuez moscada que adobaba alguna gallina sacrificada por atrancársele un huevo, o que beneficiara un guiso de gato, que más de uno de los que amaestraba y pastoreaba la Josefina en el Corralón de Casana, acabó guisado en los fogones de la corrala. Estos olores, digo, se peleaban con el hedor de bullir las coles o el hervor primerizo de un puchero de lentejas, guisos que en la cocina común o en los anafres, junto a los quicios, despedían olores y chisporroteo…». Asimismo, era el centro de reunión en las noches de verano, después de regar el piso, los vecinos se sentaban en animada tertulia hasta que llegaba la hora de ir a la cama, marcada para las 11 de la noche.
Las gentes que habitaban aquella particular corte de Monipodio, tenían una forma de hablar que, si bien no era distinta a la del resto de la población, era «…dueña de un motejerío y una parla marisabidilla, llena de refranes, dimes y diretes que se enseñan y aprenden de unos a otros en esta escuela o miga de perra gorda que son los patios, los corrales, salas y oficialías del lugar, que más parecería un cortijo, de no ser porque está dentro de la ciudad…» Entre ellas eran frecuentes las broncas y trifulcas, siempre relacionadas con la convivencia diaria aunque «…las mismas comadres que por las mañanas se sacan las tiras de pellejo o se arrancan el moño en el lavadero, andan juntas por la tarde…» porque, al decir de nuestro autor, lo importante era «…estar juntos y hablar de lo que sea y no pensar en la miseria ni en el hambre de cada día, que mañana será otro día…». Sin embargo, la precariedad de la situación no era óbice para que en la vecindad existiera un sentimiento muy vivo de solidaridad «…porque, al final, siempre habrá algún vecino que, viendo que no se enciende la hornilla, acuda con una taza de caldo…».
La vida de este enjambre de miseria no exenta de dignidad, discurría lenta y sosegadamente en aquellos patios, especialmente durante la temporada estival, cuando los rigores de la canícula empujaban a sus moradores a refugiarse «…debajo del olor de la noche, que era una revolución de albahacas y damas de noche y flores del naranjo y se contaban las cosas de los veranos, que eso era por temporadas como los juegos…». Previamente, la vecina encargada por la “Casera” de realizar las labores comunes se encargaba de dejarlo todo preparado para el momento de la tertulia, como podemos comprobar a continuación: «…El suelo humeaba, recién regado por Bonosa, que andaba de semana y que, uno tras otro, sacaba cubos de agua del pozo y los echaba por las aceras, por el terrizal, palmeando, por los empedrados junto al portón, mientras que sus hijas y la madre del Siete Veinte y la municipala a la que ayudaban Andrés y Juan, el cochero, regaban macetas, arriates, gradillas del albahaquero y toda la geografía de paredes convertidas en jardines colgantes y patios, que como decimos es una Babilonia con tanta alcayata, tanta maceta por galerías, ventanas, alféizares, alfiles.». Una vez finalizadas estas tareas, todo el mundo sacaba sus «…sillas, las mecedoras y las hamacas a los patios, cada uno cerca de su sala y las conversaciones iban de puerta en puerta…».