Córdoba en la literatura viajera del XIX


Patio de San Basilio, 44./Foto: Paco Román

El mundo de la Ilustración de finales del siglo XVIII despierta un interés inusitado por el conocimiento y, de ahí, la necesidad de viajar. Estos primitivos turistas van a dar origen a un género literario: la literatura de viajes y sus autores serán conocidos como los “viajeros románticos”, personajes que van a sentir una especial atracción por nuestro País y muy especialmente por el triángulo determinado por las ciudades de Granada, Sevilla y la propia Córdoba. Seguimos en este apartado los trabajos publicados por el profesor López Ontiveros en su obra titulada La imagen geográfica de Córdoba en la literatura viajera.
En las postrimerías del siglo XVIII, Antonio Ponz en su “Viaje de España, en que se da noticia de las cosas más apreciables, y dignas de saberse, que hay en ella”, en el Tomo XVII, encuentra que «el caserío es mejor por dentro que exteriormente. Las casas por lo común tienen sus patios, con pórticos de columnas de mármol, y en ellas jardines de flores, naranjos y otros árboles, y sus fuentecillas de agua perenne. Las habitaciones cómodas, espaciosas y muy aseadas, con sus resguardos para el estío». Se está refiriendo a las casas nobiliarias que todavía perviven en la ciudad. Esta afirmación va a ser una constante entre estos curiosos empedernidos: trazado laberíntico de las calles de la ciudad, casas blancas con ventanas enrejadas y patios con galerías. Por otra parte, también coinciden en señalar como algo genuinamente cordobés «sus frutos y flores tropicales», o africanas, que no se alojan desde luego en los jardines públicos -escasos en la ciudad e inexistentes en el casco histórico- sino en patios, huertas y jardines privados y en los balcones. De entre aquéllos las plantas más exaltadas son la palmera, el naranjo, el limonero e incluso el platanero.
Patio de la casa del Marqués de Medina Sidonia./Foto: Archivo de Paco Román

A mediados del siglo XIX, ante los patios de Córdoba, el francés Godard, en su obra titulada “L’Espagne. Moeurs et paysages, histoire et monuments”, utiliza las expresiones “paraíso terrestre” y “jardín del Génesis” como podemos comprobar a continuación: «He aquí sus calles estrechas, pero pavimentadas y limpias; sus casas blancas con rejas verdes y en el centro de las casas construidas en cuadrado, esos patios, rodeados a veces de galerías en arcadas. Este es el salón, el parterre, el paraíso terrestre pues en comparación no valen nada las habitaciones más suntuosas de los palacios del Norte. Los plataneros de hojas inmensas, los naranjos, los limoneros, los jardines los llenan con sus suaves emanaciones y los decoran con sus flores y frutos; ellos expanden su frescor delicioso, aumentado frecuentemente por el murmullo inagotable de una fuente. Un poeta lo hace notar: Dios no ha colocado a nuestros primeros padres en un palacio, sino que todos los pueblos, como el Génesis, han ubicado la felicidad en un jardín.
En medio de los ardores del verano, cuando el turista camina con dificultad (…), su frente sudorosa recibe al pasar por el umbral de estas moradas encantadoras los efluvios olorosos y refrescantes de los patios misteriosos»; mientras que el americano Alexander S. Mackenzie en su viaje por la España del primer tercio del siglo XIX escribe: «… las casas se enjalbegan primorosamente de blanco, cada una de ellas con ventanas enrejadas y sus zaguanes, y encima un balcón saliente, adornado con narcisos, claveles y rosas, y de vez en cuando un pequeño limonero…».
Por último, Edmondo de Amicis, ya en las postrimerías del siglo XIX, realiza un viaje por la España de Amadeo I de Saboya. A estas alturas de siglo la ciudad apenas ha cambiado con respecto a décadas precedentes, aunque sigue despertando en el viajero las mismas sensaciones:
«La calle es estrecha; las casas pequeñas como las cabañas que se elevan sobre las colinas artificiales de los jardines, son casi todas de un solo piso, con ventanas a poca distancia del suelo, techos que se alcanzarían con el bastón y paredes resplandecientes de blancura. La calle da la vuelta; miro; no veo a nadie, no oigo ni un paso, ni el menor rumor… Me meto en otra calle; casitas blancas, ventanas cerradas, soledad, silencio… Por encima de muchas azoteas se elevan las palmeras de los jardines de las casas…».
Sin embargo, cuando su admiración estalla es a la hora de hablar de los patios, estas son sus palabras:
«¡Un patio! ¿Cómo describir un patio? No es un patio propiamente tal, ni un jardín, ni una sala: es a la vez estas tres cosas. Entre el patio y la calle hay un vestíbulo. A los cuatro lados del patio se elevan cuatro columnas que sostienen a la altura del primer piso una especie de galería cerrada de grandes vidrieras; sobre la galería se extiende un toldo que da al patio. El vestíbulo se halla embaldosado de mármol y la puerta, con columnas que rematan en bajorrelieves cerrada por un ligero enverjado de hierro de bonito dibujo. En el fondo del patio, frente a la puerta, se eleva una estatua; en el centro una fuente y alrededor sillas, mesas de labor, cuadros y macetas de flores. Corrí a otra puerta: otro patio, paredes cubiertas de yedra, y un círculo de nichos con estatuas, bustos y urnas. Miré por una tercera puerta: un patio con paredes adornadas de mosaicos, una palmera en el centro y alrededor una masa compacta de flores. Una cuarta puerta: después del patio otro vestíbulo, después de éste un segundo patio, en el cual se ven otras estatuas, otras columnas y otras fuentes. Y todos estos atrios y estos jardines son tan hermosos y limpios que se podría pasar la mano sin ensuciársela por las paredes y el suelo: y frescos, perfumados e iluminados con una luz incierta y vaga que aumenta la belleza y el misterio…
¡Ah!¡No es un suelo! ¡Madrid, Italia, Europa están lejos de aquí! Aquí se vive otra vida, se respira el aire de otro mundo: ¡Estoy en Oriente! ».

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