El patio cordobés: sus orígenes


Patio de calle Postrera, 28../Foto Paco Román

Con la llegada de la primavera, la ciudad de Córdoba experimenta una eclosión de olores y colores, vida que se traduce en su inigualable Mayo festivo, conjunto de celebraciones entre las que reluce con luz propia el Festival de los Patios Cordobeses, patrimonio inmaterial de la Humanidad desde 2012.
En 1933 se celebra el primer concurso de patios cordobeses, promovido desde el Ayuntamiento de la ciudad. Hay autores, como Solano Márquez, que han llegado a afirmar, con cierta dosis de razón, que esta tradición «… no es nada más que un concurso de embellecimiento de patios populares en peligro de extinción ya que a los menestrales les está dando por abandonar sus típicas casas de vecinos (o sea, habitación con derecho a cocina y W.C., que son comunes) en las que la pobreza y el hacinamiento se disimulan con cal y macetas…», aunque afortunadamente la inmensa mayoría ha visto algo más que pobreza enmascarada en nuestros tradicionales patios.
Para poder entender este fenómeno cultural, primero hemos de preguntarnos ¿qué es un patio? Originariamente, un patio fue un simple agujero abierto en el centro de la edificación, a través del cual la casa recibía luz y ventilación en sus estancias, a la vez que creaba un microclima que protegía a los habitantes de los rigores del exterior. Dicho de otro modo, el patio es aquella parte de una construcción que carece de techo y que, por lo general, se destina a la recreación para que los moradores o los usuarios del edificio puedan disfrutar al aire libre. La ventaja de los patios es que permiten hacer uso de un espacio abierto en cuanto a su diseño, pero privado en cuanto al acceso. A este respecto, cabe señalar que la casa de patio es un fenómeno típico de los pueblos que habitan la cuenca mediterránea.
El diseño del patio puede tener diferentes características. En las casas destinadas a viviendas de una sola familia, suele ubicarse en el fondo o en la entrada de la residencia. Cuando se trata de inmuebles que alojan a varias familias, en cambio, el patio suele situarse en el medio del edificio. Es frecuente que un patio combine zonas pavimentadas con otras donde el suelo está formado por tierra o césped. Cuando la totalidad de la superficie al aire libre de una casa está cubierta de césped, se habla de jardín y no de patio.
Patio en la plaza de San Rafael, frente a la iglesia del Juramento. /Foto:Archivo Paco Román

El patio puede estar rodeado por tapias que lo separen de otros patios vecinos o de la vía pública, o rodeado completamente por el resto de piezas del mismo edificio. En todo caso será una zona sin techo, opcionalmente cubierta con porches, galerías interiores con columnas, vigas o arcadas para soportar la estructura del cobertizo. Su suelo puede estar pavimentado, o poseer una zona ajardinada. En cualquier caso, suele disponer de un sistema de drenaje o de evacuación del agua de lluvia para evitar así su acumulación. Como veremos a continuación, las casas romanas, o domus, solían disponer de un depósito de agua, o impluvium, que se llenaba directamente con la lluvia.
¿Cuál es el origen del patio cordobés? Hay autores que trasladan sus orígenes a las civilizaciones orientales de Persia o Arabia, donde indudablemente se dan este tipo de construcciones, si bien en el caso de nuestros patios hemos de buscar sus raíces más lejanas en la antigua Grecia. Los griegos construían sus casas normalmente de adobe con una distribución organizada en torno a un patio central interior, que destacaba por su sobriedad y ausencia total de elementos ornamentales. En estas casas solía reservarse la zona más alejada de la calle, y del propio patio central, para las dependencias de las mujeres, las cuales estaban organizadas en torno a un jardín privado.
Este tipo que podríamos calificar como básico, pasa al mundo romano. En la antigua Roma, las familias ricas vivían en domus, casas amplias y confortables que se organizaban en torno a un patio central denominado atrium. Además de la domus existían otros dos tipos de viviendas: las villas o casas de campo de las clases más acomodadas y las ínsulas o casas de vecinos, propias de las grandes ciudades como Roma, carentes de patio y con nulas condiciones higiénicas. A la domus se accedía a través del vestíbulum que conducía a un patio cubierto llamado atrium con una abertura central llamada compluvium y un pequeño estanque, era el impluvium, donde se recogía el agua de lluvia que se guardaba en una cisterna subterránea. A diferencia de sus precedentes griegos, el atrium constituía el escaparate donde la familia propietaria hacía alarde de su nobleza mediante la exhibición de las estatuas de los antepasados, junto a las que se instalaba el altar para los lares o dioses del hogar. Por influencia griega, al fondo de la vivienda acabó construyéndose un patio ajardinado rodeado de columnas llamado peristilo, que acabó convertido en el centro de la vida de la casa.
Cuando la península Ibérica es conquistada por las huestes musulmanas en el 711, se encuentran con la herencia dejada por romanos y visigodos, transformándola para adaptarla a su cultura y religión, creando un mundo interior que gira en torno al patio. Vista por fuera, la casa musulmana carece de elementos que puedan indicar lo que se encuentra en su interior, si acaso, el único elemento alusivo al nivel social era la puerta, indicativa de que se era un buen musulmán pues en ella aparecía grabada la fecha en que había peregrinado a la Meca y se colgaban los recuerdos traídos del viaje, razón por la cual cuidaban con esmero tanto la talla como la decoración de la misma. En consecuencia, para el mundo musulmán la casa se entiende como el núcleo doméstico “el harén”, territorio inviolable de la mujer, en torno al cual se desarrollan las demás funciones de la misma. En ésta, las áreas de los hombres y las de las mujeres quedaban separadas por una cortina de estera o tela que era religiosamente respetada, respondiendo de este modo a las prohibiciones y exigencias del Corán, aunque esas obligaciones ya existían con anterioridad. En este sentido, la altura del muro debe ser tal que las zonas domésticas de la casa no sean vistas desde el exterior. No hay huecos en la parte baja y, de haberlos, tienen que estar por encima de la altura de los ojos de los transeúntes. En la planta alta los huecos suelen tomar mayores dimensiones, pero en cualquier caso, incluso los que se abrían al patio, se cerraban por celosías y cuerpos saledizos, o ajimeces, de manera que en caso de que el marido invitara a algún pariente o amigo, la mujer pudiera conocer lo que ocurría en su casa y participar de la vida social y doméstica, sin ser descubierta.
En la cultura islámica el patio está presente en todas las construcciones. La vida al aire libre y un cielo radiante condiciona la localización de las habitaciones y determina la existencia del patio, por lo que el sol es el responsable tanto del diseño de la vivienda como de la decoración de las fachadas a base de relieves poco profundos o decoraciones planas. Elemento fundamental en esta arquitectura es la presencia de agua en abundancia, signo de posición social a la vez que elemento fundamental para el reposo y la comodidad.
Para concluir esta breve descripción de la casa árabe, hemos de referirnos a su entrada. Razones de seguridad y, sobre todo, para facilitar el regreso de las mujeres al harén, hacen que ésta sea retorcida, angosta y única hasta llegar a la amplitud y luminosidad del patio.
La conquista castellana en 1236 no supone la transformación del urbanismo cordobés, por lo que se va a mantener intacta la trama viaria de calles estrechas e irregulares, donde van a destacar las grandes parcelas ocupadas por conventos, casas palaciegas o edificios públicos, correspondiendo las de menor tamaño a las viviendas cuya tipología responde a la heredada casa-patio. Esta estructura va a mantenerse, prácticamente inalterable hasta mediados del siglo XIX cuando, la necesidad de ofrecer albergue a la creciente población inmigrante, procedente de las zonas agrícolas, hace que muchas de las antiguas casas nobiliarias pasen a convertirse en el precedente más inmediato de las modernas casas de vecinos, habitadas por gentes carentes de recursos que se van a ver obligadas a malvivir hacinadas en cuchitriles compartiendo cocina, lavaderos, pozo y letrinas con el resto de moradores de la vecindad. Poco a poco, estas gentes humildes van a ir transformando el patio en una sinfonía de colores, aromas y olores. Primero será el encalado de las paredes, luego llegarán las plantas y las flores: macetas con aspidistras, helechos, geranios, jazmines, nardos, rosas, gitanillas, claveles, damas de noche, dompedros y un largo etcétera que transportan a tiempos pasados plenos de misterio y exotismo.

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