La Fiesta de la Cruz y las cruces populares


Acabamos de celebrar la primera Semana Santa del futuro, en la que se ha recuperado lo que nunca debimos perder: la adoración al Santísimo Sacramento en el primer templo de la Diócesis. Una vez más, desde tiempo inmemorial, la cruz de Cristo, que nos marca el camino, la verdad y la salvación, ha sido y siempre será el centro de la celebración, más allá de advocaciones, devociones, recuerdos, sonidos, olores o lugares. La cruz con la que los cristianos somos identificados desde que comenzó la historia de la redención. Por esta razón, no es de extrañar que, cuando llega el epicentro de nuestro ciclo festivo anual, marcado por el mes de mayo, sigamos viviendo en torno al símbolo de nuestra fe cristiana, en coherencia con nuestros orígenes culturales y religiosos, aunque ahora lo hagamos de forma bulliciosa y jovial: las Cruces de Mayo.

La Cruz de Mayo del Pozanco, una de las más laureadas de la historia del concurso de Cruces de Mayo./Foto: Paco Román.
La Cruz de Mayo del Pozanco, una de las más laureadas de la historia del concurso de Cruces de Mayo./Foto: Paco Román.

Efectivamente, con la fiesta de las cruces se inicia el ciclo festivo del Mayo cordobés. Originariamente, señala el profesor Cobos Ruiz de Aldana, “la cruz de mayo marcaba una época en la que los cordobeses salían a los campos a recoger flores para adornar el árbol santo de la cruz”, presente en todas las casas cordobesas, mientras que los niños se afanaban construyendo pequeñas cruces que servían de excusa para pedir algunas monedas a sus mayores. También era tradicional la instalación de pequeños altares en los portales de las casas y que las mozas asediasen a los transeúntes pidiéndoles un chavito para la cruz. En estos altares se colocaban fanales con las imágenes de San Juan o del Niño Jesús, se alumbraban con los mejores candelabros de la casa y las paredes eran cubiertas con colchas de damasco o finísimos manteles de hilo. El exorno floral estaba constituido por las macetas de gitanillas, geranios y manzanillas que, habitualmente, cubrían las paredes del patio.
Según relata Ricardo de Montis, los barrios donde se celebraba con más entusiasmo la fiesta de la Cruz eran el del antiguo Matadero, hoy avenida de las Ollerías y calles adyacentes, así como el barrio del Espíritu Santo. El 3 de mayo era el día en que las cruces de la plaza de Moreno y la que se encuentra delante de la iglesia de San José, eran adornadas con flores y plantas aromáticas, mientras que en las fachadas de las casas colindantes sus balcones y ventanas eran engalanados con mantones de Manila y colchas de vivos colores, sus paredes aparecían tapizadas de monte y el suelo alfombrado con mastranzos y juncias.
La fiesta se prolongaba durante todo el día, los vecinos de estos barrios se congregaban en los alrededores de la cruz, donde bailaban al son de guitarras y laudes, mientras que los niños jugaban y correteaban alrededor de los mayores.
Personajes típicos de esta festividad eran los gallegos que habitualmente trabajaban como mozos de cuerda. Éstos se concentraban junto al Arco Bajo de la Corredera, para recorrer la ciudad portando una cruz al son de las castañuelas, el tamboril y la gaita. Al día siguiente, en la parroquia de San Pedro, celebraban una solemne función religiosa.
En mayo de 1953, el Ayuntamiento de Córdoba convocó el primer concurso popular de Cruces de Mayo, contando para ello con la inestimable colaboración de las peñas cordobesas, a las que en fechas posteriores se han unido otras agrupaciones como clubes, asociaciones vecinales y, de forma mayoritaria, nuestras hermandades y cofradías que compiten, en más ocasiones de las que serían razonables y deseables, para conseguir los distintos premios establecidos, además de recaudar fondos para sanear sus siempre maltrechas economías.

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