Jueves Santo


Marcaba la tradición que había tres jueves que relucían más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Lamentablemente, la progresiva secularización de nuestro mundo ha dejado reducido este dicho, al menos en nuestra Córdoba, a la festividad que hoy conmemora la Iglesia universal, la institución de uno de los pilares sobre los que, junto con la resurrección de Cristo, se fundamenta nuestra fe cristiana: la institución de la sagrada Eucaristía, por ello, hoy es un día grande, un día en el que, aunque caigan chuzos de punta, brilla más que el sol, porque celebramos el momento en el que el Hijo del Hombre nos deja, de forma real y verdadera, su Cuerpo y su Sangre. Y esta conmemoración, en Córdoba, reviste un brillo especial, único e incomparable. Una tarde llena de humilde señorío nazareno, de regia caridad franciscana, de torería piconera carmelitana, de luminosa fe esperanzada, de augusta serenidad maternal o de migrante cordobesismo trinitario.

Paso de misterio de Nuestro Padre Jesús de la Fe en su Sagrada Cena.
Paso de misterio de Nuestro Padre Jesús de la Fe en su Sagrada Cena.

Declina la tarde del Jueves Santo y con ella, el astro rey atenúa sus esplendores para postrarse ante el Rey de los astros. Apenas ha comenzado la Semana Santa y ya se acaba, formando parte de esos recuerdos atesorados en el rincón de nuestro corazón, reservado para los momentos sublimes. Poco a poco, el silencio se va haciendo clamor en las inmediaciones del antiguo convento de San Bartolomé. La plaza del Padre Cristóbal y las callejuelas de Carchenilla y Yerbabuena se visten de un silencioso redoble de corazones acelerados y de azabaches refulgentes en su negrura, a la vez que palpitan estrechándose y expandiéndose acompasadamente, como arterias por las que discurre el flujo vital para poder acariciar el rostro sereno y reposado de Nuestro Padre Jesús Nazareno, en el que se reflejan los semblantes sarmentosos, duramente entallados por las adversidades de la vida y surcados por canales de infortunio, de las personas acogidas en el hospital que fundara el venerable Padre Cristóbal de Santa Catalina.
También de orígenes hospitalarios, marcial y legionario, como corresponde al Señor del Gran Capitán; regio y solemne, tal y como nos cuenta su cuidado guión procesional pero, sobre todo austero y franciscano, sangre y amargura, enclavado en el árbol de la vida, preludio de la resurrección, el Señor de la Caridad sobrehumano, exánime aunque vigoroso, abandona su barrio de artesanos, tratantes, posaderos y pícaros, porque de todo tiene que haber en la viña del Señor, para recordar a Córdoba que la fe, sin obras, es fe vana. Que lo que hagas con tu hermano que está en la Tierra, se lo haces a Él mismo.
Apesadumbrado por el peso de nuestras traiciones, de nuestra impiedad y de nuestros tropiezos, desde uno de los barrios más populares y de más solera de esta Córdoba inmemorial, desde San Cayetano, extramuros aunque cercano, con porte y gallardía torera pero con humildad piconera, los hermanos de Nuestro Padre Jesús Caído, cárdeno y azabache, alumbran a su Señor que no se ha rendido bajo el peso de un madero formado con las injustas astillas del pecado, ¡no! Él simplemente se arrodilla para ayudarnos a acompañarle. Para darnos la mano y decirnos: ¡ven y sígueme! ¡Abrazad mi cruz y alcanzaréis la vida eterna!
La tarde del Jueves Santo se viste de pureza y pasión para transmitir el gran mensaje: Que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Y esta realidad tenemos que patentizarla hoy más que nunca, porque existe una Córdoba para la que siempre está nublado. Que sobrevive instalada en el hambre y la miseria, o sometida a la tiranía de la droga, o todo junto. Es la Córdoba de rostro barroco, desencajado, trémulo y compungido que, desde lo más hondo del pozo, busca la Luz con desesperación. Que cuando cruza las manos delante de Cristo, aprieta sus dedos sarmentosos con la fuerza de la desesperación. Y es precisamente a esa Córdoba desheredada a la que se dirige el mensaje liberador de Jesús en su Sagrada Cena.
“¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma…” (Luc.2.35). Desde su nuevo-viejo barrio de San Agustín, lirio inmaculado, transida de dolor, trémula pero serena, la más bella imagen jamás salida de mano humana, realizada por aquel cordobés universal que fue capaz de esculpir a Dios, nos muestra al fruto de sus entrañas, exánime, inerte, céreo, masacrado por la crueldad de la corrección política encarnada por los invasores romanos, los sumos sacerdotes y el Sanedrín. Él ha muerto, pero la Cruz, símbolo de la vida, se mantiene enhiesta cual faro eterno que alumbra el camino de la vida, de la vida eterna. Ella padece su gran momento de angustia, pero una pequeña llama, que sale de lo más profundo de su corazón, le está diciendo que, a los tres días, resucitará.
Rodeado por quienes no tuvieron miedo a nada: María su Madre, el Discípulo amado y María Magdalena. Desbordante de gracia salvadora y de humildad trinitaria, desde el Marrubial y hasta el mismísimo corazón de la Córdoba cristiana y universal, un “sin papeles”, venido desde aquellas lejanas tierras donde el sol poniente hunde sus más profundas raíces, y que pronto se ganó la devoción de sus esparragueros, acogidos por el extraordinario lazo que ofrecen sus portentosos brazos protectores, nos llega un Cristo inmigrante. Aunque en este caso no huye de la guerra, la pobreza o la miseria. En esta ocasión su viaje, sólo de ida, tenía una misión que sólo Él podría realizar, porque si España llevó la fe redentora a América, el Santísimo Cristo de Gracia vino desde allí, para devolvérnosla sublimada hecha arte y genio creador, oración desgarrada en forma de saeta y contemplación mística del gran misterio de la redención.
Hoy es Jueves Santo, el sol ha salido por Poniente y el mensaje del amor fraterno está más vivo que nunca.

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