La Semana Santa de anteayer


En marzo de 2002, la Agrupación de Hermandades y Cofradías, entonces presidida por Francisco Alcalde, con el apoyo de CajaSur, entidad propietaria del archivo del fotógrafo Ricardo Rodríguez, organizó una exposición sobre la Semana Santa de Córdoba. Con el fin de poder ofrecer una perspectiva lo más exhaustiva posible, se estimó conveniente dividir los fondos en dos etapas, la primera, correspondiente al período comprendido entre 1942 y 1969, dejando para el año siguiente el período que va desde 1970 hasta 1984, año de las últimas fotografías con las que tuve la inmensa suerte de trabajar pues me cupo el honor de actuar como comisario. Por razones que desconozco, lamentablemente, aquel proyecto no se vio culminado con la segunda parte programada para el año siguiente y, sobre todo, con la publicación de un catálogo que recogiera una amplia muestra de lo que fue la Semana Santa cordobesa desde 1942 hasta el referido año de 1984.

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Reproducción del folleto donde se vierten los comentarios sobre la Semana Santa de 1945. Archivo Paco Román.

¿Cómo es la Semana Santa que recoge Ricardo en sus instantáneas? ¿Se puede hablar de una esencia cordobesa frente a influencias foráneas? Resulta evidente el hecho de que nuestra Semana Santa ha evolucionado de forma paralela al régimen político, social y económico surgido tras la guerra por lo que, casi, podríamos hablar de una etapa de autarquía, coincidente con la que se vive en España desde el final de la contienda hasta mediados de la década de los cincuenta. Esta etapa inicial vendría seguida por otra de apertura hacia el exterior en la que, desde el punto de vista estrictamente formal, comienzan a llegar modelos e influencias foráneas. Mientras que, desde el punto de vista político-económico, nuestra Semana Mayor se va a convertir en un reclamo turístico más, utilizando palabras de Julio Martínez Velasco, en su libro titulado “La Semana Santa de Sevilla, de ayer a hoy”, «…al factor religiosidad y al factor arte hubo de añadir, indefectiblemente el factor espectáculo, con proyección turística…»
Como ya ha quedado apuntado, la labor profesional de Ricardo se inicia poco después del final de la Guerra Civil, por lo que sus primeras fotografías nos hablan de una sociedad de posguerra, desgarrada y rota por tres años de lucha fratricida que ha dejado a España sumida en la más profunda de las pobrezas, en las que la presencia del estamento militar y los símbolos del poder resultan determinantes. Es una Semana Santa pobre, en el sentido literal de la expresión, donde se recurre a la instalación de focos para iluminar las imágenes, dados los precios casi prohibitivos de la cera. Es una Semana Santa más conceptual que formal, más preocupada por el mensaje evangélico que por la forma de presentarlo. O dicho de otro modo, nuestras hermandades responderían a un modelo prebarroco muy alejado de las exuberancias recargadas que poco a poco se van imponiendo en nuestros días y que no son sino reflejo de la sociedad actual.
En otro orden de cosas, no podemos dejar de lado las imágenes que aparecen en segundo plano y que, en ocasiones, llegan a cobrar tanto o más protagonismo que los motivos centrales de las fotografías: paisaje urbano ya desaparecido, niños famélicos, o la inquietante ausencia de público, en general, por lo que podríamos afirmar que en nuestra ciudad no surgió con tanta fuerza, aunque evidentemente lo hubo, el prurito aparecido en capitales de provincias limítrofes, donde la religiosidad popular fue utilizada como refugio seguro para hacer desaparecer o, al menos, soslayar antiguas veleidades liberales, cuando no actividades abiertamente republicanas o izquierdistas.
Otro de los aspectos sobre los que merece la pena reflexionar a la hora de acercarnos a aquella Semana Santa, es la abrumadora mayoría de hermandades que rinden culto a un crucificado, en detrimento de los tradicionales nazarenos, de tanta raigambre en la geografía andaluza, por no hablar de la casi inexistencia de pasos de misterio. A esta característica habría que unir la reutilización de pasos desechados por hermandades que pasan al patrimonio de otras de nueva creación; o la escasa presencia en los cortejos procesionales de pasos de palio completos. Las pocas imágenes marianas que procesionaban en estas fechas, generalmente, tenían el cielo como dosel.
Como conclusión de cuánto hemos expuesto en estas breves líneas, hay que resaltar el hecho de que Ricardo nos muestra una Semana Santa en formación, carente de recursos y de identidad, ésta última motivada por la falta de tradición provocada por más de 125 años de vida larvaria cuando no de absoluta inactividad. Nos muestra una Semana Santa clasista, propia de una ciudad de interior que permanece encerrada en sí misma aunque, paradójicamente, carente del apoyo popular que se le presta en el resto de Andalucía. En cualquier caso, lo que no se puede dejar de afirmar es que Ricardo nos presenta una Semana Santa viva, con presencia de reminiscencias que nos trasladan a un pasado que bien pudo ser de esplendor.
Curiosamente, hace ya unos años, cayó en mis manos un documento único y cuya imagen sirve para ilustrar este artículo y que contrasta de forma diametral con lo que podemos observar en las fotografías de Ricardo, muy especialmente en las correspondientes a la de la década de 1940. Se trata de un folleto titulado “Semana Santa en Córdoba. Procesiones 1945”, donde aparecen recogidas las hermandades que hicieron estación de penitencia aquel año en el que la hermandad del Rescatado, por temor a la lluvia, suspendió su salida procesional del Domingo de Ramos, trasladándola a la noche del día siguiente. Hasta ahí, nada de especial, salvo la curiosidad de poder conocer de primera mano el programa previsto para aquel año. Lo que hace único a este documento es que en él aparecen recogidas las impresiones que le produjo aquella Semana Santa a su anónimo autor. Si quisiéramos resumir con una palabra sus conclusiones, no sería otra que: demoledoras. En nombre de una esencia cordobesa en vías de extinción, no deja títere con cabeza. Transcribimos a continuación el texto íntegro, pues consideramos que merece la pena su difusión y conocimiento:
«Impresión de estas procesiones:
La Semana Santa de 1945, ha sido una continuación contumaz de los desaciertos que vienen inspirando los de los años anteriores. Sevillanismo ridículo.- Negocio en las cofradías. Graves problemas económicos creados por exceso de lujos. Negación de la personalidad de las Cofradías, agrupadas, para buscar dinero mediante un sableo encubierto.
Soluciones crematísticas preñadas de fracasos.- Pregón de Semana Santa trayendo a Sanchís, para no recaudar ni los gastos.- Reñidura de Sanchís por lo de la imitación de Sevilla.- Sermón de las Siete Palabras de Suárez, organizado por la Agrupación, con silla de pago y sin éxito.- Crisis mortal de la saeta por no vibrar el alma popular ante imágenes nuevas. Estreno de iconos de Vírgenes, a porrillo.- La Virgen de las Angustias ha visto su paso convertido, por el excesivo tamaño y desproporción, en un capitoné. Los aditamentos, antiestéticos dan tono de carroza de carnaval a sus andas. El gasto de importar la Banda de los Policías Armados, resulta innecesario para los de la Caridad.
La matraca en silencio absoluto.- Los músicos del Ayuntamiento tocando “Tosca” (el adiós a la vida) detrás del Señor de la Caridad.»
Como indicaba más arriba, el panorama que describe no podría ser más calamitoso, triste y alejado de las esencias cordobesas: Sevillanismo, recurso al pregonero profesional para garantizar el éxito de público, presencia de una banda foránea como atracción para el público o la interpretación de “marchas” que en nada tienen que ver con la Semana Santa… ¿Qué pensaría nuestro ignoto amigo si hoy levantara la cabeza?

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