La O, con un canuto


Como de toda la vida ha rezado el dicho popular, en capitulares, no saben hacer la o, con un canuto.

Se ve que los cofrades no son vecinos, no son ciudadanos, no pagan impuestos, y no tienen derecho a hacer uso de instalaciones municipales, como hacen otros colectivos. Sin abandonar la senda de los dichos populares, la culpa al final es de la corporación de la O, por pedir peras al olmo, ni más ni menos.

Al final la pro-hermanad de la O, saldrá de una carpa montada para la ocasión, en las proximidades del templo, ante la negativa de las autoridades municipales de permitirles salir desde el centro cívico. Dicho sea de paso, tiene poco de centro, y mucho menos de cívico, y a la vista está.

Debe de molestar mucho, en las huestes de la caverna, el olor a incienso y las lágrimas de una Madre que ha perdido a su Hijo a manos del fanatismo y la sinrazón. Los descendientes de aquellos fariseos, con otro nombre y otras siglas, siguen insistiendo en ponerse de parte del malhechor. Veinte siglos para esto.

A fin de cuentas se trata de la penúltima vuelta de tuerca de una corporación municipal que está dando sus últimos coletazos sin perder la compostura. Ni otras cosas que tampoco han perdido porque no  tienen. Es de justicia reconocerles ese mérito. Coalición de perdedores, que lo único que han ido haciendo durante esta legislatura que ahora termina, es perder. Han perdido numerosas oportunidades para demostrar que la ciudad con ellos, podía avanzar, han debido de perder también el canuto, con el que podrían hacer la o, con el que podrían  haber hecho algunas cosas, más redondas.

En la plaza de Mahatma Gandhi quedan los restos de lo que fue una prisión, reconvertidos en centro cívico. Muchos han comparado a Gandhi con Jesucristo. Quizás, el hombrecillo famélico tuvo, y perdonen la expresión, los mismos cojones que Cristo, aunque no convirtiera el agua en vino ni resucitara después de ser asesinado por los suyos.

Para nuestros dirigentes municipales, era mucho pedir dejar salir a la Madre de Dios desde los restos de una prisión. Una Madre que dio a luz en un establo hace dos mil años porque se topó con la misma miseria humana y no hubo un sitio digno para que pudiera parir. En dos mil años no hemos avanzado nada, o si me lo permiten, hemos ido para atrás.

El próximo sábado de pasión, La hermosa Dolorosa de la O, saldrá, lo hará llorando como no podría ser de otra manera, motivos no le faltan.

Las bisagras de esas puertas, cerradas a cal y canto, quizás crujan de la vergüenza mientras algún dirigente municipal, sentado en un cómodo sillón en su despacho, deshoja una margarita a la que ya le quedan muy pocos pétalos.

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