El sacrificio de los reyes


Por pura salud mental, he preferido darle descanso a  la pluma durante esta época invernal y festiva, conocida como navidad en nuestra cultura occidental. Los que me conocen saben lo que opino sobre el deterioro de una festividad que ya no es lo que era, como otras tantas cosas, que ya no son lo que eran.

Pero siempre quedarán detalles, pinceladas de una humanidad sublime, mezclados con una carga demasiado grande de miserias, igualmente humanas, que nos lastra como una pesada cruz y nos hace caer una y otra vez desde el principio de los tiempos…

Como sociedad, somos poseedores de un tesoro inmenso, de valor incalculable, se trata de la infancia. Que soporta la carga sobre sus hombros de un futuro terriblemente incierto. Siempre será la única esperanza que nos quede, para resolver unos problemas que estamos creando hoy mismo. Que venimos creando desde siempre, y que creemos que tendrán arreglo en el futuro, ese mismo futuro que será el presente de los que hace pocas horas, destrozaban con sus manos los envoltorios de sus regalos navideños.

Los niños y sus ilusiones. Mucho se ha escrito sobre las caritas de los niños cuando reciben su regalo, de manos de un rey mago, de los de verdad. Porque hay reyes magos que existen de verdad. Personas de otra pasta, de una nobleza superior, capaces de seguir donde otros muchos pararían. Si ellos mismos no sabrían explicarlo, cómo esperan que lo haga yo, que tengo la capacidad justa para juntar unas letras con las que contar cosas, pocas veces tan hermosas como este sacrificio de reyes. Unos reyes tan magos como los que en su día acudieron a un portal guiados por una estrella, a adorar a un Niño diferente y especial.

Cuando se habla del espíritu de la navidad, yo nunca lo he entendido. La navidad que nos ha llegado a nuestros tiempos está enferma. Pero una cosa es lo que yo crea y otra muy diferente lo que crean otras personas. Personas que en un determinado momento, después de un interminable día de trabajo intensísimo, prefieren meterse en el papel y en los ropajes de los tres magos del oriente, y mostrar la cara amable de esa navidad que yo no consigo entender. Y hacerlo con los niños, con los que tienen la obligación de arreglar lo que nosotros mismos estamos destrozando.

Tengo el convencimiento de que hoy me tocaba hablar de esto, de un sacrificio de reyes. De unos hombres, de carne y hueso, que acudieron a su puesto de trabajo por la mañana temprano, el día 5 de enero, y no pararon hasta bien entrada la madrugada del 6. Y es en este momento justo cuando los hombres se volvieron reyes, sin necesidad de corona ni manto. Cuando eligieron darle la espalda al merecido descanso, e iniciaron un reinado de ilusión que duró unas pocas horas…

A pesar de mi enorme escepticismo, no tengo reparos en reconocer, que en estos Reyes Magos, sí creo.

 

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