Entre dos aguas


Y lo bien que sonaba aquella guitarra, tan española ella, en manos del genial guitarrista. Quizás cuando al músico le empezaban a rondar por la cabeza los primeros acordes del conocido tema, eran los españolitos los que se iban al norte en busca de una vida mejor. No pensábamos que tan entrados en el siglo XXI iban a volver a irse lejos muchos españoles, a buscarse fuera, una vida que aquí no pueden tener.

Curiosamente, mientras unos se van, por las fronteras del sur, otras personas, procedentes de otros sitios, no descansan en su empeño de intentar venir a España. Vaya usted a saber lo que les han contado, quizás que nuestros ríos son de leche y miel. O tal vez les han dicho que aquí no se escuchan tiros, y por nuestros ríos sigue bajando agua. Es posible que sólo sea eso lo que les han contado, y con eso basta.

Alguien dijo una vez que la paz consistía en cambiar la guerra de sitio, porque la guerra es una constante en la humanidad, abras el libro de historia, por donde lo abras. La guerra se atascó durante décadas, y ahí sigue, en el continente africano, para mayor alivio de otros muchos lugares que viven en paz, sólo porque la guerra está en otra parte.

En estos días es imposible sentarte a la mesa durante el almuerzo ignorando lo que vomitan los telediarios, que alguien quiso ponerlos a la hora de comer, seguro que no por casualidad.

Lo cantó Rocío Jurado, soy de España y mis venas son cuerdas de guitarra, guitarra que en las mejores manos hacen sonar los acordes de “entre dos aguas”. Entre dos tierras, en un mismo planeta, entre dos mundos, el de la paz y el de la guerra. El de las oportunidades y el de la desesperación. Nadie puede dar la espalda y nadie puede nacer condenado, no es culpable el que viene, ni el que se va.

A quien le interesará que África no consiga remontar, que sea el caldo de cultivo de las mayores miserias de todo el planeta, a quien le interesará la guerra, en lugar de la paz. Quizás a todos los que la vemos lejos, precisamente porque queremos que siga lejos y no se venga aquí cerca.

También hay quien está valiéndose de este drama para hacer estrategia política, para salir en la foto, para dar una imagen. Hay inmigrantes que han llegado con grandiosa cobertura mediática, y otros llegan con nocturnidad, sin luz ni taquígrafos. Hasta para ser inmigrante, hay que ser afortunado.

Ni son ángeles ni son diablos, son humanos, con sus grandezas y sus miserias. Algunos caerán en las redes del delito, quizás otros sean un regalo de Dios para este país que está embobado, atascado en dimes y diretes de la época de nuestros bisabuelos. El futuro no lo conoce nadie, porque todavía no ha pasado y depende de nosotros lo que tenga que pasar. Tal vez esa maldita guerra que lleva décadas atascada  en territorios africanos de un giro y llame a nuestra puerta. En cierto modo la estamos llamando entre todos, a media voz de momento. Tal vez llegue un día en el que seamos nosotros los que estemos entre dos aguas y ya no suenen de fondo los acordes de guitarra, porque estarán silenciados por el desgarrador llanto de quien no le queda otra que remar para alejarse de su tierra.

No se puede ser cofrade sin ser cristiano, y no se puede ser cristiano, devorando manjares en la mesa, impasible, mientras el telediario vomita y no para. Cuando no es una valla es una barca. No se puede dar la espalda, pero tampoco podemos abrir de par en par la puerta, se trata de salvarlos, no de ahogarnos todos juntos, en un desconocido punto, entre dos aguas.

No es momento, tal vez, para hablar de capirotes, de procesiones o de bandas. Sí lo es para hacerlo de cruces, de penitencia, de pies descalzos. De cadenas que hay que romper, si queremos estar cerca, sólo cerca, de quien hace dos mil años venció a un imperio, sólo con palabras.

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