Réquiem por un rociero


Tratando de rellenar una página en blanco, de repente escucho unas detonaciones, parecen fuegos artificiales. Se me había pasado, es la salida de la hermandad de Córdoba hacia el Rocío. Un repique de campanas que no consigo escuchar en la distancia anuncia que ya salen los romeros hacia la aldea.

Y pensando en el Rocío, enseguida me viene a la memoria el recuerdo de un rociero de pura raza. Enseguida recuerdo que los que le conocimos y compartimos con él experiencias y momentos cofrades, iniciamos este 2018 de la peor manera que se puede iniciar un nuevo año, acudiendo a un funeral. Todavía olía la plaza de las Tendillas a cava derramado en el suelo cuando pasé para dirigirme a la plaza de la compañía a dar el último adiós a Manuel. Juraría que aún quedaba alguien por alguna esquina, con el gorrito y el matasuegras, tratando de superar la resaca de la noche anterior, mientras yo trataba de superar que se había ido.

Algo se muere en el alma, cuando el amigo se va. Con guitarras y castañuelas, hay otra forma de rezar. No sé si en el Rocío pasan lista, pero si la pasan, alguien este año no va a estar.

O quizás sí, pero de otra forma. Se nos fue Manuel, que no sabía si era más cofrade que rociero, que lo mismo rezaba a Jesús en el Sepulcro, que a la Blanca Paloma. Porque las medallas colgadas al cuello parecían solaparse la una con la otra dando sensación de ser una sola, porque una sola era la Fe que tenía.

No sabría explicar el motivo por el que, tratando de llenar un folio blanco, me acordé de Manuel, o de ese vacío que deja, el amigo que se va. En las arenas, entre surcos de carreta y pinos, Doñana despierta en mayo cada año, con cánticos de romero ansioso por llegar, pero una mala tarde cuando ya agonizaba diciembre, el ansia por llegar pudo con el corazón del rociero.

Manuel entendió como nadie que se podía ser “de negro” en la plaza de la compañía, en viernes santo, para luego escapar a la ermita blanca de la marisma y seguir rezando, entre palmas y alegría. Las dos caras de una misma moneda para pagar con ella un silencio que ahora se quiebra con el alboroto de las carretas y unas campanas que repican.

El misterio de la vida, lágrimas en una fría mañana de enero para terminar, al sol del mediodía, de un caluroso mes de mayo, por acordarme de un cofrade rociero, de un rociero cofrade. Acordándome de un amigo, de un cristiano, encuentro ahora el hilo que me hace cubrir con finos trazos de tinta a modo de palabras, este enorme espacio en blanco que llevaba tiempo pendiente de afrontar.

Los caminos del Señor son inescrutables, quizás lo son también, en parte, los caminos que conducen al Rocío, llenos a estas horas de peregrinos, con más alegría y fe que palabras para explicar el motivo por el que acuden. Tal vez se trata de acudir a la luz sin dudar, sin buscar más explicaciones. Tal vez la vida consiste en llenarse los pies de polvo, de tropezar numerosas veces, de caerse, de levantarse, de llorar, otras veces de reír, de cantar y bailar sin perder nunca de vista la flecha que te va marcando la dirección correcta. Y llevar tu propio ritmo, para unos en silencio, para otros entre palmas.

noche
Procesión de la Virgen del Rocío./Foto: Víctor Olivencia

Alguien notará la ausencia de Manuel, un cirio menos alumbrando en un cortejo de negros nazarenos, para que llegue mayo, y en la marisma, entre las infinitas estrellas que se dejan ver una noche en el camino a la aldea, quizás hay brillando una más.

 

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