De luces y de pocas luces


Sales una mañana de octubre para ir al trabajo, a estas alturas ya no te fijas en casi nada. Has hecho del trayecto que hay entre tu casa y tu trabajo un rápido y monótono paseo.

Nunca te fijas en nada pero hoy te fijas en algo, en un escaparate de una tienda ves un disfraz infantil de vampiro y un rótulo en inglés que te invita a que celebres “halloween”. Se trata de una festividad importada de la cultura anglosajona, infantil por encima de cualquier otra cosa. Aunque muchos adultos se han sumado a la celebración como si fuera un macabro carnaval de noviembre.

Para unos divertida, para otros demoníaca, y para los comerciantes es una ocasión de hacer caja. Creo que no merece dedicarle ni un párrafo más, el sentido del ridículo hace tiempo que languidece en esta sociedad. Enseguida lo aparto de mi pensamiento, miro la hora y aunque no he terminado de acostumbrarme al cambio horario de este pasado fin de semana, me doy cuenta de que no voy bien de tiempo, toca acelerar la marcha.

Doblas la calle, cruzas por un paso de peatones casi pidiendo perdón a los vehículos motorizados por tenerse que detener. El móvil te ha pitado un par de veces, será alguno de esos grupos de Whatsapp, luego lo miro.

Un par de calles más y habré llegado al trabajo, y no se lo que me espera, desde que se nos vino encima la crisis, ha resultado ser una formidable excusa para todo. Una celebración interminable de un halloween para adultos donde el recorte de derechos laborales da más miedo que los afilados dientes del vampiro, y donde el fantasma, es el del paro. Existe un haloween real donde a los contribuyentes se nos chupa la sangre hasta la última gota.

Todavía tengo por delante metros de calle para fijarme en otro detalle. En una de las avenidas principales de la ciudad, unos operarios están montando luces. No se trata de poner nuevas farolas, están montando luces navideñas. No salgo de mi asombro, aún voy en manga corta. Me viene a la memoria el comentario que mi mujer me hacía el otro día al llegar de hacer la compra del super. Y es que ya están a la venta los mantecados y los turrones. Hay quien no entiende el dicho de que no por mucho madrugar, amanece más temprano.

Por un lado te están vendiendo una crisis brutal que obliga a tus jefes a recortarte tus derechos, por otra, pretenden hacer una pre-navidad de dos meses donde ya puedes ir haciendo las comprar típicas. Donde las calles por las que pasas ya estarán iluminadas con miles de lucecillas de colorines. En el super ya no sabrás donde han colocado tus magdalenas favoritas y donde en la tele, tal vez pongan alguna película entre interminables anuncios de perfumes…

Nació un niño, dicen que nació. No sabemos cuando y la tradición o algún concilio pre-medieval lo fijó al filo de la madrugada del 25 de diciembre. Tal vez se trata del nacimiento más importante de todos los tiempos, digno de recordar y de celebrar. Lo que no tiene sentido, es toda la parafernalia que le han echado encima, el afán desmedido por adelantar y alargar hasta mucho más allá de lo razonable, una noche. Una única noche donde la luz le empezó a recuperar terreno a la oscuridad.

Casi me doy de frente con la puerta, absorto en mis pensamientos y medio indignado. Tengo por delante un día duro y estos pensamientos no me pueden acompañar más allá del vestuario.

En el escaparate de la tienda aquella, alguien entrará y comprará el disfraz de vampiro. En la avenida principal, los operarios seguirán a marchas forzadas montando las luces que no tardarán en estar encendidas. En el super no se donde estarán las magdalenas de mi desayuno, el cuerpo aún no me pide empezar el día con un mantecado.

Pero quedan dos meses para la celebración del nacimiento, la luz que eclipsa a las bombillas de colores se está gestando en un vientre materno, el pesebre está lleno de paja del que se alimentan los animales, el portal o el establo donde va a nacer el más grande está sucio y maloliente… Y la humanidad demuestra cada día más que tiene muy pocas luces, aún rodeado de miles de ellas por todas partes.

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