Para un roto y para un descosido


facista
Pitada en la fachada de la Trinidad./Foto: LVC

Se trata de la palabra maravilla, el “tres en uno” de la gramática, un nuevo paradigma del léxico, que en determinadas bocas vale para un roto y para un descosido.

No tiene ni cien años y nos vino desde Italia. Para unos ideología, para otros un insulto, para muchos no es más que un calificativo ambiguo que da cabida a numerosas interpretaciones. La ignorancia no tiene que rendir cuentas a nadie, por eso se dice que es osada. De una clase de osadía que no implica gallardía ni honor. Muchos abren la boca y la dejan escapar, modulada desde unas cuerdas vocales cargadas de ira. Ira, odio y rencor que no están basados en nada, que se alejan del sentido común y de la coherencia. Un grupo de juramentados cegados por la luz que emana de sus líderes, la llevan siempre cargada para usarla contra cualquiera que se cruce en su camino. Para dejarla escrita en paredes, donde ellos piensen que puede hacer daño a alguien, protegidos con la espesa capa de la nocturnidad, tampoco hace falta mucho valor para eso.

Yo fascista, tú fascista, él fascista… Todos somos unos fascistas. Con una especie de tic nervioso que nos hace subir el brazo derecho como si fuésemos centuriones romanos al paso del César. Por algo Mussolini lo escogería como saludo, a fin de cuentas, trataba de recuperar, en una Italia decadente, el esplendor de la Roma imperial. Pero eso no se han molestado en descubrirlo los que van insultando a todos los que no piensan como ellos. Te dicen fascista pero no saben de donde viene la palabra ni lo que significa, para ellos eres un fascista si no eres como ellos, punto. Tantos millones de neuronas, para llegar a este razonamiento de mono enjaulado.

En la parroquia de la Trinidad, la otra noche, uno de estos analfabetos con ADN de simio, se envalentonó bajo los influjos del humo de un cigarrillo “aliñado”, probablemente. Y escribió la palabra mágica, justo debajo del azulejo del Cristo de la Salud, titular de la hermandad del Viacrucis, hermandad a la que pertenezco.

¿Era Jesucristo un fascista?, ¿Lo serán cualquiera de los tres hermanos que lo portan cada lunes santo? ¿Lo será el que lleva la cruz de guía? O tal vez pensaría que lo somos todos, el cortejo completo. Más las personas que lo ven pasar, el señor que le canta una saeta, el guitarrista que le toca todos los años en la Puerta de Almodóvar. Y hasta el fotógrafo que trata de retratar la procesión. Todos somos fascistas a menos que se demuestre lo contrario. Pero para demostrarlo tenemos que besar el anillo de unos líderes populistas enloquecidos y siniestros, portadores de la única verdad y elegidos para sacar al mundo de la ignorancia en la que lleva milenios sumida.

Sin entrar en detalles que alargarían este artículo más allá de lo deseable, un fascista se localiza por sus actos, por sus palabras. Un totalitario, seguidor de la secta del pensamiento único, a menudo violento, incapaz de mantener su propia ideología dialogando. El fascismo del siglo XXI viene disfrazado de antifascismo. O cuando el remedio es peor que la enfermedad. La medicina que nos traen viene a sustituir una “mal llamada” democracia, con muchas grietas, por una dictadura de corte stalinista donde ni la libertad ni la religión tienen cabida.

Pero sólo era tinta pulverizada en la fachada de un templo, tampoco dan para más, ni por valentía ni por inteligencia. Para ellos es el peor de los insultos. Si no lames las mismas botas que lamen ellos, eres un fascista, y punto.

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