Ni está ni se la espera


Lo que hace ya unos años pasaba por ser la segunda feria de Córdoba, reducida a verbena de mala muerte. Son las fiestas patronales cordobesas, sin patrona, que ni está, ni se la espera.

Allí muy cerca del caimán disecado hay una estructura monumental de carácter religioso y con ínfulas de ermita. Ermita donde mora y recibe culto la patrona de Córdoba, ¿pero tiene Córdoba de eso? Ni yo mismo sabría responder a tenor del protagonismo que tiene la imagen en su propia festividad.

Cada pueblo guarda como un tesoro su propia historia o leyenda, sobre la aparición de una imagen mariana, escondida durante siglos o milagrosamente aparecida y encontrada por algún niño o pastor. En numerosas localidades se celebran las fiestas patronales con gran gozo por parte del pueblo y donde, como no podría ser de otra manera, la imagen, convertida en patrona, ocupa un lugar preferente en el programa de actos y festejos.

Aquí no, La Virgen de la Fuensanta bien podría estar en Fuengirola o Torrox huyendo de las altas temperaturas que tanto calientan las piedras de su ermita y apenas nadie notaria su ausencia.

En el programa de las fiestas, otros años ni siquiera se anunciaba la procesión, que se hará de tapadillo, en un momento donde se moleste lo menos posible, y si no se hiciera muy pocos se darían cuenta. Parece ser que este año sí se anuncia, es un logro haber conseguido que la procesión de la patrona salga anunciada en el programa de las fiestas. En un restaurante normal el plato fuerte sale en la carta, en negrita, aquí ha estado fuera de la carta hasta este año, vamos avanzando.

Esto es Córdoba en estado puro, San Rafael reducido a una excusa para hacer un perol en los villares, y la Fuensanta, esa desconocida imagen eclipsaba por la alargada sombra de un lagarto. San Acisclo y Santa Victoria degradados a simples paisanos ilustres del pasado. Y en San Pedro, la urna que guarda los restos de los santos mártires, clamando al cielo y casi nadie lo escucha.

Córdoba no despierta de una siesta que dura ya demasiado. Córdoba no tiene capacidad para mirar al futuro, pero tampoco para mirar con objetividad su pasado. Noqueada por una larga estela de gobernantes nocivos, a cual peor. Hundida en el fondo del Guadalquivir con los pies metidos en un bloque de hormigón, ya hace tiempo que no respira ni se inmuta por nada.

Los números hablan por si solos. A la cabeza del paro, de la recesión. Se perdió el norte, se perdió la aguja y al final lo que queda es el imán de una maltrecha brújula empeñada en hacernos mirar a la fuerza hacia oriente. Debe ser muy importante que nuestros niños aprendan a montar jaimas y a hacer té moruno, vaya a ser que alguno descubra lo que hay tras la puerta de la ermita y empiece a hacer molestas preguntas.

Las comparaciones con otros pueblos y ciudades, son odiosas. Sin salir de la provincia, y sin salir de la misma semana, tenemos en la provincia otra localidad en plenas fiestas patronales. En Cabra la Virgen de la Sierra lo eclipsa todo, el resto de actividades apenas si resaltan en un programa festivo marcado por la bajada de la sierra del día 4, y su triunfal procesión por las calles del pueblo el día 8.

Me consta que aparte de esos dos actos, hay numerosas actividades, deportivas y culturales. Pero en Cabra, las fiestas patronales son en honor de la patrona, no rinden culto a reptiles disecados.

Quien sabe si el famoso caimán asomó por la subbética primero, y cuando vio el poco caso que la hacían, optó por venirse a Córdoba donde ha conseguido que la gente se olvide del motivo por el que se celebran aquí unas fiestas patronales.

No me separan ni 800 metros de la ermita de la Fuensanta, y lo hacen más de 80 kilómetros de la ermita de la Virgen de la Sierra. Pero estoy más cerca de la que está más lejos, y siento que está muy lejos, la que tengo aquí a mi lado.

No me gustan las fiestas ni las ferias, pero si tengo que acudir a una de las dos, no será a la verbena de mala muerte que van a montar en unos días, aquí justo en mi barrio. Prefiero acercarme a la feria de Cabra, lejos del influjo de un lagarto que vino para quedarse y se trajo con él a muchos otros seres arrastrados, que son los que llevan demasiado tiempo moviendo los hilos de esta ciudad.