Una hermandad sin capirotes


hermandad
Nazarenos de la hermandad Universitaria./Foto: Víctor Olivencia

No me pregunten por qué hablo hoy de la hermandad Universitaria, pero mis motivos tengo…

Ninguna hermandad ha sido en Córdoba más atacada, apedreada o cuestionada su propia existencia que esta. Fundada no hace muchos años por un grupo de estudiantes donde uno de ellos, quizás de los más comprometidos, falleció en un accidente de tráfico, quedando ese empuje inicial frenado por las circunstancias, por la fatalidad.

Tiempo después otras personas retomaron el empeño de fundar una hermandad en el seno de la Universidad. Tal vez con la intención de demostrar que en las universidades españolas, no entran todos los estudiantes a las capillas semidesnudos con intención de profanarlas. Los hay que entran a rezar en ellas.

En la parábola del sembrador, no todas las semillas caían en buenos sitios para germinar. Tratar de sacar adelante una hermandad en el seno de una universidad, en esta España del siglo XXI, que ya adelantó Azaña hace más de 80 años, que había dejado de ser católica, y que casi ha dejado de ser España, es todo un reto.

Un reto por el que merecería tener el respeto de todos. Toda ayuda es poca en este caso donde se vuelve tan cuesta arriba el pasillo que te conduce a una sencilla capilla universitaria.

Pues no es el caso, desde numerosos frentes cofrades ha sido, y es, duramente criticada, con la boca chica, y con la boca grande, con esta hermandad no se cortan. Por activa y por pasiva, por escrito y a viva voz en cualquier taberna o reunión de cofrades. Hasta el extremo de desear que desaparezca.

Su pecado es su particular idiosincracia, por decirlo de modo laico, su puesta en escena. Cuando una abrumadora mayoría de hermandades cordobesas se ha ido a mirar en el mismo espejo para repetir hasta la saciedad los patrones cofrades hispalenses, la hermandad Universitaria ha tirado por otros derroteros. Ha ido a mirarse en espejos de más allá de despeñaperros y eso no se le perdona. Una hermandad de estética castellana en el corazón de Andalucía es un sacrilegio, sobre todo para quien no ha ido nunca a Castilla en semana santa.

Con dos maravillosas imágenes titulares, una Dolorosa que enamora nada más mirarla, y un Crucificado que te deja sin palabras y te hace helar la sangre al contemplarlo. Pero… Aparte de ser una hermandad de silencio, que ya no están de moda, los pasos sobre los que procesionan las imágenes no son del gusto del personal. Y los hábitos penitenciales de sus penitentes, tampoco. Para unos, pecado venial rozando el límite, para otros condenación eterna sin posibilidad de salvación. En Córdoba puedes llevar capirote de cartón o de rejilla. Llevar túnica de cola recogida o capa, incluso llevarla casi por las rodillas. Tu cortejo puede llevar por cada nazareno adulto a cuatro niños jugando con la cera del cirio, pero no se te ocurra vestir a tus penitentes con un hábito de capucha en lugar de capirote, porque eso es incompatible con la semana santa andaluza. Es lo que hay.

Lo cierto es que, por unas cosas y por otras, la hermandad no despega. Con pocos apoyos en su propio entorno natural, y con numerosos cofrades poco menos que deseando su desaparición, presenta unos números muy pobres. Con un cortejo tan cortito que no necesitas forzar mucho la vista para tener frente a ti a los dos pasos en un mismo encuadre. Expulsada de su sede original por otro grupo de católicos menos dados a los actos de fe en plena calle. Con problemas para mantenerse en el actual, representa casi a la perfección el drama de muchos cristianos, en estos tiempos.

Aquel que tenía potestad para abrir la boca y dejar mudos a los demás, optó por permanecer en silencio. Desde entonces hay quien ha sabido llevar su cruz en silencio, y quien ha preferido hacer mucho ruido, y si puede ser que la cruz se le lleve otro. Hay quien ha recibido pedradas, se ha callado y ha continuado con su labor, y a quien le ha impactado una mota de polvo en un ojo, y ha puesto el grito en el cielo.