Por un plato de lentejas


Por más que moleste o indigne a muchos, a menudo en el lenguaje coloquial se nos escapan expresiones o dichos populares que emanan directamente de la Biblia. Escrita mucho antes que el manifiesto comunista, la constitución española o los estatutos de autonomía, todo hay que decirlo.

Esaú, hermano gemelo de Jacob, parece ser que fue el primero en salir del vientre materno y con eso se ganó el privilegio de ser el primogénito, detalle tan importante este en la antigüedad. Tiempo después le vendió a su gemelo la primogenitura por un plato de lentejas, y de ahí salió la expresión. No estoy al tanto de los detalles de aquel intercambio, pero para la historia quedó, y por desgracia no deja de repetirse.

Cada uno ocupa el espacio que ocupa, ya sea físico, virtual, intelectual o político. Cada uno es quien es, ni el hábito hace al monje, ni unos tacones de aguja te convierten en una diosa de la seducción por si mismos. Máxime si la naturaleza te dotó de atributos masculinos, con lo que la cosa se complica aún más. No siempre querer es poder, sobre todo cuando quien lo ejerce desde las instituciones lo retuerce, y se vende por un miserable plato de lentejas.

El objetivo primario de la supervivencia, inspirado en los más ancestrales instintos animales que aún arrastramos, es lo que mueve al político moderno. Y no es otro instinto que el de perpetuarse en el cargo. No confundir con la cadena perpetua a la que someten al pueblo, legislatura tras legislatura, tras unas siglas que no significan nada y unos colores que sólo engañan a la vista de quien los ve.

De colores va la cosa, de un hermoso arco iris que cruza los cielos cuando se dan las condiciones propicias, primero lluvia y luego el sol. Ya hace mucho tiempo que tenemos las condiciones propicias para la convivencia en paz. Ya hace mucho tiempo que no se señala con el dedo a nadie por tener una condición sexual diferente. Ni siquiera hace falta organizar macrofestejos de alcance mundial para tratar de demostrar que la cuadratura del círculo tiene solución, que no la tiene pero ya lo hemos aceptado y podemos vivir con eso tranquilamente.

Hemos aceptado que haya mujeres con pene, hombres con vulva, parejas de un mismo sexo y hasta gente haciendo el ridículo por la calle tratando de imponernos estas cosas, que ya las hemos aceptado y no se quieren ustedes enterar, que ya lo hemos aceptado, no hace falta que hagan obscenidades por la calle, insisto, lo hemos aceptado, ¿lo repito?

Los poderes públicos no están para sumarse al esperpento y hacer el ridículo, pero si me apuran, menos aún los que están representando a una parte del electorado más tradicional o conservadora.

Alguien tendrá que trabajar, pagar impuestos y formar una familia que asegure el relevo generacional, mientras ustedes hacen obscenidades en la calle y blasfeman. Alguien tendrá que pagarles una pensión cuando pasen unos años. Ya está bien de insultar y despreciar a las personas que están construyendo la nación y dándole la posibilidad de que tenga futuro.

Ver a todos los representantes políticos sumándose al esperpento del arco iris me provoca náuseas. A algunos, por su propia inclinación casi que podríamos decir que lo llevan en los genes, otros lo llevan en las neuronas. Pero los hay que se han prestado a esto por un miserable interés electoralista, renovando el pasaje bíblico del plato de lentejas.

Con tanto gps moderno han olvidado como funciona una brújula y han perdido ustedes el norte. Para ganar unos miserables votos han mordido la manzana que una serpiente multicolor les ha dado a probar. Se alinean con los que insultan y blasfeman pero luego vendrán reclamando el voto de los insultados, el mío no lo han tenido nunca ni lo tendrán. Las imprudencias se pagan, ¿no dice eso el conocido slogan de tráfico?, apriétense los machos que vienen curvas.